domingo, 15 de enero de 2012

SANATIO: Capítulo XIII


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El esclavo masajeaba la espalda de Marcelo con aceite de almendras. El cuestor se encontraba desnudo tumbado en un lecho boca abajo, con las manos cruzadas bajo la barbilla. En la casa que ocupaba desde su llegada a Hispalis existían baños privados perfectamente dotados, pero una vez a la semana le gustaba ir a las termas de la ciudad y conversar con otros notables ciudadanos. Había reservado una sala para uso privado en la que, junto a Marcelo, disfrutaban de los placeres del agua y los masajes, Marco Galerio, el legado de la legión, Tito Fabio Buteo y el tribuno laticlavio, Cayo Albio Severo. Marco y Fabio Buteo estaban en la piscina de agua caliente y Albio Severo tomaba una copa de vino sentado en un banco.
      —El tribuno fue a tu casa porque yo le indiqué que así lo hiciera –afirmó con severidad Fabio Buteo—. Creí que era una buena ocasión para que limara asperezas en vuestra tensa relación de una vez por todas. De todos modos, su comportamiento no tuvo nada de anormal. Era tu invitado.
      —Como tal lo traté –afirmó Galerio.
      —Pues se ha quejado de tu proceder. Afirma que, en todo momento, mostraste tu desagrado por su presencia en tu casa. No sólo le debías todo tu respeto como invitado tuyo, sino como tu superior. Te falta tacto, Galerio Celer. En próximas fechas habréis de luchar en el campo de batalla y se hará necesaria una confianza mutua absoluta. Él te tendió su mano y su buena voluntad y tú le trataste como a un perro.
      —Marco Galerio se comportó como un anfitrión sin tacha, legado Fabio Buteo –la voz grave del tribuno Albio Severo contrastaba en gran medida con su aspecto casi adolescente—. Todos los allí presentes, entre los que me incluyo, podrán dar fe de ello.
      —Pues ni siquiera sus esclavos estuvieron muy dispuestos a satisfacer sus necesidades. Según me ha relatado el propio Atilio fue bochornoso el comportamiento de esa esclava tuya.
      Marco hizo un gesto al tribuno invitándole a guardar silencio. De nada serviría más explicaciones. El legado Fabio Buteo consideraba como única válida la versión de Atilio Varo. Y no se podía negar que la esclava le había golpeado al defenderse de sus pretensiones. Las marcas moradas de su rostro y la brecha sobre una ceja eran la más clara evidencia.
      —¡Un tribuno golpeado por una esclava! ¡Eso, Galerio, es inconcebible y más aún que tú no reprendieras a esa puta como era tu obligación! –Fabio tomó aire. Se encontraba acalorado, más por la indignación que por los vapores cálidos de la sala—. Y eso ha pasado en tu casa. ¡En tu casa y bajo tu techo! Es por todos conocida tu mojigatería con los esclavos, pero tu obligación como oficial del ejército de Roma y como ciudadano romano es que recibas a tus insignes invitados como establece y ordena el honor y la cortesía, máximas que nos hacen lo que somos y no un hatajo de salvajes.
      —¡Venga, venga, Tito Fabio! –Terció con voz meliflua Marcelo— Prefiero abstenerme de mostrar mi parecer en esta desagradable cuestión, aunque es sabido que Atilio Varo puede llegar a ser un completo animal en las reuniones más nobles. Es un buen soldado, sin duda alguna, pero sus modales son los de un cerdo. Estoy convencido de que la esclava recibirá hoy su más que merecido castigo.
      Tito Fabio Buteo, enfadado, se sumergió en el agua y nadó de lado a lado repetidas veces.
      El silencio en la sala de baños fue absoluto, sólo roto por el chapoteo del agua.
      El esclavo recogió sus aceites y esencias. Tapó discretamente al cuestor con un lienzo y, en silencio, se marchó. Otro esclavo, de piel oscura como la noche, entró portando una bandeja llena de dulces que dejó en la mesa cercana a Marcelo, tras lo que se acercó a Galerio y le invitó con un gesto a que le acompañara fuera del agua. Tomó un strigile y comenzó a rascarle la piel con movimientos cortos y seguros. Marco recordó entonces la noche anterior, el asco que le embargó cuando Atilio Varo tomó a Ana, llevándosela por la fuerza y la impotencia que sintió. Jamás había sucedido algo igual en su casa. Nunca había consentido que se lastimara a un esclavo de su servicio. La cena continuó tensa y desagradable. Menos de dos horas después todos los invitados se habían marchado, demasiado temprano para lo que tenía dispuesto, que no era otra cosa que una placentera velada de conversación entre amigos hasta la madrugada. No dejaba de preguntarse cual fue el motivo que impulsó al tribuno a ir a su casa y no le convencía demasiado la versión del legado.
      Cerró los ojos y vio de nuevo el rostro arrebatado por el miedo de la esclava.
      Recordó el gesto de reproche de Crito y el odio contenido de Ulpio.
      Sí, Ana era sólo una esclava y como tal se la debía de tener en cuenta. Entonces, ¿por qué se sentía tan miserable? Cuando Urso entró en la sala y le explicó en un aparte que Ana había intentado quitarse la vida sumergiéndose en el arroyo helado, el dolor que tal noticia le ocasionó lo desconcertó. Esa difícil y extraña mujer se había clavado en su cabeza y le retaba a sacarla de allí por las malas, con su soberbia y sus desairadas miradas. Intentaba odiarla, pero no podía. Sentía una amarga admiración por el valor de esa mujer que luchaba todos los días por recuperar su pasado, su identidad y su supuesta libertad en un sitio extraño, con un idioma nuevo, con gentes no siempre amistosas y que, sin embargo, era capaz de enfrentarse al que se le pusiera por delante por ayudar a los que estaban en peor situación que ella.
      No, Ana no era una esclava más. Era distinta. Pero no se notaba en su carne o en sus huesos o en su cara. Había algo en esa mujer de carácter imposible que no le dejaba vivir. Marco quería luchar con uñas y dientes por arrancarla de sus pensamientos, recuperar el sosiego que había perdido desde que había llegado a su casa.
      El esclavo terminó de rascarle el cuerpo y Marco se dirigió al lecho para recibir el masaje que tonificaría sus músculos con aceites y esencias. Fabio Buteo se disculpó con su anfitrión en los baños. Debía atender con un allegado ciertas cuestiones de su familia en Roma. Se inclinó ante Marcelo y lanzó una mirada de severo reproche a Marco Galerio. Éste saludó a Fabio tal y como su rango requería. Cuando el legado se marchó, el joven tribuno Albio Severo se retiró a un aparte para que un esclavo tonsor pudiera depilarle y recortarle el cabello.
      Marcelo se sentó en los escalones de la pequeña piscina con una copa de vino en la mano. Marco observó las muchas marcas y cicatrices que recorrían su piel. Y se volvió a fijar en el extraño tatuaje que coronaba su hombro derecho y del que jamás había consentido en rebelarle su significado. A sus años aún seguía en buena forma, fuerte, musculoso y sin apenas gordura a la altura de la cintura. Con esa luz su cabello parecía más rojizo y sus ojos más fríos.
      —Tu esclava parece que, además de desobediente y rebelde, posee prodigiosas cualidades como sanadora. Crito me ha explicado que ha curado enfermedades que algunos de sus colegas médicos han sido incapaces, como la de Claudia y sus hijos. Es la comidilla de la ciudad. Es algo que va más allá de la insólita forma en la que salvó a tu tío.
      Marco Galerio sonrió con desgana.
      —No se puede negar que es una extraña mujer y que igual de extraña es su ciencia.
      Marcelo suspiró profundamente y dio un sorbo a su vino.
      —Supongo que tales conocimientos pueden ser beneficiosos para una mayoría y no sólo para cuatro esclavos sarnosos.
      —No sé a qué te refieres, padre.
      —He redactado un documento en el que se establece que tú le vendes esa esclava al erario público de la provincia, rubricado por mi mano como cuestor propretor de Hispania. Así, esta mujer servirá a los ciudadanos romanos optimo iure, y su ciencia será beneficiosa para todos. Concretamente, he pensado que podrá ejercer sus dotes en el ejército al igual que hace Crito y otros destacados médicos más. Si tanto sabe y tan buenas dotes tiene, salvará vidas donde debe salvarlas: en el campo de batalla…
      Galerio permaneció con la cabeza apoyada en sus manos para que Marcelo no notara lo que para él suponía esa noticia.
      —…Como mantenerla con dinero público es un gasto y una molestia, mientras que sea plenamente útil permanecerá en tu casa. Tú tendrás el operae servorum de esa mujer, el usufructo de su trabajo, mientras que su arte no sea necesario en tiempos de paz. Así podrá calentar tu cama y aliviarte como supongo que estará haciendo ahora. Aunque me han dicho que, a pesar de que está ya un poco seca, no arde demasiado bien…
      Marcelo se carcajeó divertido por su propia ocurrencia aunque por el rabillo del ojo agradecía que Galerio permaneciera con la cara pegada al lecho y no pudiera leer la inquietud que de verdad mostraban sus ojos. Suspiró con impaciencia.
      —Eso sí, hijo mío, considéralo un regalo filial. Mis cuentas se resentirían un tanto si debo abonarte la suma que tal documento refleja y no desearía que se me reprendiera en Roma cuando finalice mi cuestura por mis finanzas. En los próximos días te harán llegar el documento que establece que esa mujer es ya una esclava pública, copia del que se archivará en el tabularium[1] de la ciudad.
      Dejó la copa de vino a un lado, se levantó simulando un cansancio que no sentía y, tras palmear la robusta espalda de Galerio con afecto, se marchó no sin antes murmurar unas palabras de despedida.
      Galerio le hizo un gesto al esclavo que dejó de masajearlo y se retiró en silencio. Una vez solo, se levantó y se pasó las manos por la cara. En estas semanas no se había planteado darle la libertad a la esclava, dado que aún no existían pruebas de que antes de su desgracia fuera una persona libre y de que llegara a su actual condición porque un tratante la robara o la forzara, pero ahora, con la decisión de Marcelo de convertirla en una esclava pública, sus posibilidades se habían esfumado casi definitivamente.
      Se puso de pie, enojado. «¡¿Por qué tengo que sentirme así, por qué, si sólo es una esclava?! »
      Un murmullo de voces que se iba convirtiendo poco a poco en griterío, se extendió por las salas comunes de las termas. Se cubrió con un lienzo limpio y salió a ver qué sucedía. De algún rincón del frigidarium surgió Emilio Paullo. Traía el rostro desencajado; miró a su alrededor y tras verlo, se acercó para informarle de las nuevas que acababan de llegar de la Citerior y que habían agitado la calma de los baños y de la ciudad entera:
      —¡Cneo Domicio Calvino ha sido asesinado!

Le costaba moverse con soltura. Le dolía el cuello y la cabeza le latía con furia. Las piernas le temblaban ante el más mínimo esfuerzo y su espalda estaba más tiesa que una lápida. Aunque habría agradecido una tranquila jornada de reposo, quizá acostada en su jergón como le ofreció Hipia con gesto angustiado, prefería ignorar empecinadamente su malestar y trabajar como lo hacía a diario. Además, no podía soportar el llanto de su amiga, que cuando veía su rostro amoratado y sus heridas en el cuello, rompía a gemir como una condenada. Tampoco quería darle vueltas a la idea desgraciada de quedarse preñada tras un episodio tan repugnante. Así que, esa mañana aciaga, mantuvo sus manos y su cabeza ocupadas, lavó la ropa, amasó y horneó el pan, ayudó a Hipia con la comida, recogió leña que, tras quemarla hasta conseguir cenizas, utilizaría para obtener su lejía y jabón. A media tarde atendió a un esclavo que se había roto un dedo del pie al caerle una enorme artesa encima y al declinar la tarde se dirigió a los corrales para encerrar al ganado.
      Cuando se acercaba al cercado donde las ovejas y las cabras pastaban aburridas, lo vio sentado en el tocón de un árbol. Nada más verla caminar hacia donde él se encontraba, Ulpio se puso en pie. Ana no se detuvo cuando llegó a su lado ni redujo su paso. Se limitó a hacer como si no estuviera.
      —¡Ana!
      Ella se acercó al vallado y abrió una pequeña portezuela que lo comunicaba con los corrales.
      —Ana, escúchame.
      La mujer se volvió hacia él y lo miró directamente a los ojos.
      Cayo se quedó impresionado, mucho más que cuando la vio postrada en el jergón de la leñera los primeros días de su llegada a la casa, cuando su rostro se encontraba deformado por los golpes y su cabello rapado le daba el aspecto de una leprosa. Lo de aquellos días no tenía nada que ver con lo que veía en ese momento: la cara de Ana presentaba varios moratones en la barbilla, los labios y la mejilla derecha, algunos arañazos, pero lo que sin duda más le descompuso el corazón fueron los mordiscos, tres en el cuello y uno en la mejilla izquierda. Supo, sin necesidad de preguntar al respecto, que el resto de su piel presentaría marcas similares. Sintió cómo la sangre abandonaba su rostro y el aire se negaba a entrar en su agarrotada garganta.
      Dio un par de pasos hacia ella con las manos tendidas. Ana retrocedió con gesto serio e inmutable.
      —Vete, Ulpio. Por favor, vete y déjame tranquila.
      —Ana, sólo quiero saber cómo estás y…
      —¿Hoy te preocupa cómo estoy, Ulpio? –El tono de Ana mos- traba un enorme desprecio—. ¿No te preocupaba anoche?
      —Por supuesto…
      —Os pedí que me ayudarais y nadie movió un dedo.
      Ulpio bajó las manos. No iba a suplicarle más.
      —Está claro que tú no entiendes lo que eres y lo que eso supone.
      Ana le fulminó con la mirada, furiosa.
      —¡Os pedí que me ayudarais y nadie hizo nada! ¡Nada!
      —Ese hombre era un invitado de Marco Galerio. Tú, una escla- va. No hizo nada contigo que no le estuviera permitido.
      Ella sonrió mostrando un enorme desprecio por quien tenía delante.
      —Hace poco me aseguraste que quieres ser mi amigo. Mi amigo. ¡Eres un embustero despreciable! Ese hombre me… Todo pasó delante de vuestras narices y tú, el que dice que quiere ser mi amigo, no apareciste para quitarme a esa bestia de encima. Si en lugar de ser yo el atacado hubiera sido tu amigo Marco Galerio habrías sido capaz de perder una mano por él.
      —No me insultes, Ana, no te lo voy a consentir.
      Ana buscó por el suelo y encontró lo que necesitaba. Cogió una rama larga y retorcida y se la lanzó a Ulpio a los pies. Sus ojos destilaban un odio infinito.
      —¡Toma, esto te puede servir para azotarme! –se acercó a él y se bajó la túnica por los hombros. Aún con la camisa interior cubriéndola en parte, Cayo observó con un pellizco de aprensión que sus senos también presentaban horribles mordiscos—. ¡Venga, castígame, estás en tu derecho! Recuerda que sólo soy una esclava. No harás nada que no te esté permitido.
      Se miraron a los ojos luchando sin palabras. Ana tenía los suyos arrebatados de lágrimas pero hacía un esfuerzo considerable para retenerlas. El orgullo fluía a su alrededor como si formara parte de su olor.
      Por fin, Ulpio se volvió y se marchó con paso firme. Ana se colocó nuevamente la túnica de lana. Cogió la rama del suelo, la partió en varios trozos y la lanzó lejos con un grito de desesperación y rabia. Las ovejas y cabras se arremolinaron en un rincón, asustadas.

Las noticias eran confusas y el caos que se generó en la ciudad fue absoluto. Varias versiones del mismo hecho se arremolinaron en el foro, en el mercado, en los baños, en el puerto. La curia y los magistrados estuvieron todo el día reunidos desde que se supo la nueva, expectantes ante las noticias que no dejaban de fluir casi con vida propia. Marcelo permanecía con los magistrados y presentaba una actitud grave y contenida. Evitó quedarse sólo y mantuvo constantes contactos con las principales ciudades. La ciudad de Corduba requirió su presencia como cuestor propretor de la provincia, dada la primacía de esta colonia sobre las demás ciudades en la región Ulterior. Preparó su partida para el siguiente día.
      Por fin, una hora después de anochecer llegó un mensajero con noticias fiables desde Osca. Un mensaje escrito por la misma mano del gobernador, Domicio Calvino, informaba que, efectivamente, había sido atacado con una falcata por un hombre disfrazado de cerretano, de lo cual había resultado herido, pero los dioses habían permitido que sus lesiones fueran menores. El hombre se había quitado la vida con la misma arma con la que había atacado al gobernador antes de permitir que le cogieran y le interrogaran. La identidad del asesino no se conocía aún, aunque se sabía, casi con absoluta certeza, que se trataba de un recluta de la legión dado que en fechas recientes se había hecho un tatuaje en el antebrazo izquierdo celebrando su enrolamiento. Alguien lo había embaucado con promesas o conocía algún secreto comprometedor del desgraciado felón y amenazó con rebelarlo, algo suficientemente horrible para que se hubiera lanzado a tal empresa. El caso es que parecía demasiado claro que el muerto no debía de actuar sólo. Era alguien demasiado simple, inexperto e intrascendente. Tras él debía existir una más compleja red de traición dirigida a acabar con la vida del gobernador y esa red tenía los hilos muy largos. El gobernador finalizaba la misiva asegurando que sus investigaciones llevaban buen curso y que en fechas próximas se dilucidaría quien o quienes estaban tras este execrable acto.
      Marcelo mostró la misiva a los miembros de la curia y a los magistrados y con ellos se congratuló que la vida del gobernador ya no corriera peligro. Todos respiraron tranquilos. Informó que mantenía en pie su viaje a la Colonia Patricia por motivos administrativos y judiciales. La permanencia del gobernador en Osca durante un periodo de tiempo indefinido hacía necesaria la resolución de ciertos asuntos improrrogables en la persona de su lugarteniente, el cuestor propretor de la provincia.
      Se retiró a toda prisa a su residencia acompañado de su guardia personal. Una vez en las dependencias que conformaban su reducto privado, un esclavo le anunció una visita. Marcelo ordenó que le hicieran pasar y dio instrucciones para que se retiraran todos los que conformaban el servicio. Necesitaba intimidad y que no lo molestaran bajo ningún concepto. El esclavo asintió en silencio, hizo una reverencia y se fue.
      Instantes después un hombre entraba en su sala.
      Marcelo sirvió dos copas de vino y le dio una a su invitado, tras lo que se dejó caer en un lectus invitando al otro a que hiciera lo propio en el que tenía frente a sí. Con un profundo suspiro de irritación, el hombre se tumbó.
      —Tu hombre en Osca nos ha fallado –dijo Marcelo.
      —Eso parece. Pero las cosas no han sucedido tal y como narra la carta de Domicio.
      El cuestor hizo un mohín de fastidio.
      —¡Por supuesto que las cosas no se han desarrollado tal y como refleja la supuesta carta de Domicio! Me han informado nuestros hombres que el gobernador está muy grave, aunque parece que se recuperará de sus heridas. A ese imbécil de la falcata le han traicionado y nuestro hombre está en una situación muy delicada. Creo que alguien está llevando a cabo un doble juego.
      —¿Y?
      Marcelo se incorporó bruscamente, derramando parte de su vino en la tela que tapizaba el lecho.
      —Creo que Cayo Ulpio está detrás de todo esto. Su llegada a la ciudad trastocó todos mis planes y me obligó a rehacerlos sobre la marcha. Nuestro hombre me indica que cree que uno de nuestros fieles no es tal y le está pasando información a Ulpio que actúa en consecuencia. Más aún, estoy convencido de que en el viaje a Complutum se reunió con uno de sus espías.
      —Entonces, me encargaré de que deje de ser una molestia –dijo con voz cavernosa el otro.
      —Ten cuidado. Recuerda que Marco Galerio y él son uña y carne. No quiero que mi hijo adoptivo salga dañado por estar cerca de él.
      —Esperaré un tiempo prudencial para realizar cualquier movimiento, no quiero que nadie llegue a relacionar la muerte de Ulpio con lo de hoy –el invitado de Marcelo carraspeó, nervioso. Éste le fulminó con la mirada—. Sé el afecto que le profesas a tu hijo adoptivo, aunque no sé si te has planteado que pueda estar metido…
      —¡Él no tiene nada que ver en todo esto!
      —Cuando estuvo en Gades recibió información del sodomita Lucio Naevio Balbo sobre los planes que se estaban tejiendo para acabar con la vida del gobernador. Cierto que eran datos muy vagos e indeterminados, pero cuando llegó el momento de informar a sus superiores esta información se la guardó. Ése mismo día Cayo Ulpio se incorporaba como tribuno a la legión acampada en Hispalis. He sobrevivido gracias a mi desconfianza en las casualidades, Marcelo.
      —Quizá sería conveniente separarlos y enviar a Galerio…
      —Yo creo que lo mejor es tenerlos juntos. Si son una amenaza mejor no tener que dividir nuestras fuerzas para tenerlos vigilados.
      Marcelo se puso en pie y se acercó al otro hombre con gesto amenazador.
      —Te lo voy a decir otra vez para que no haya equivocaciones: deja a mi hijo a un lado y procura que no salga afectado de tus medidas contra Ulpio.
      El interpelado se puso en pie y dejó la copa sobre la mesita cercana. Sonrió con afectación.
      —Marcelo, para este tipo de empresas es mejor no tener debilidades. Yo no me la voy a jugar por alguien como él por mucho que tú le valores.
      Dicho esto se giró y, sin mediar palabra, se perdió por los jardines con paso firme.
      Marcelo lanzó, furioso, su copa sobre las huellas del jardín.


[1] Archivo de la ciudad.

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