domingo, 8 de enero de 2012

SANATIO: Capítulo XII


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Los acontecimientos en la provincia Ulterior llevaban un ritmo cadencioso y reposado. Esto era posible gracias al nivel de romanización de dicha zona que se fomentó en gran medida tras la finalización de la guerra civil y por impulso de Julio César que, antes de morir, había convertido decenas de ciudades peregrinas en colonias o municipios de jurisdicción romana. Este hecho atraía a importantes masas de población a estas tierras y contribuía, a su vez, a descongestionar las ciudades italianas y, sobre todo, la propia ciudad de Roma. En la Ulterior las ciudades más importantes como Hispalis, Gades, Corduba, Carmo, Astigi, Itálica, Colonia Genetiva Julia y muchas otras, eran un trocito de Roma en Hispania, con su misma organización, servicios, espectáculos y con una legislación muy homogénea. Esto no era así en la Citerior. En esta provincia más de la mitad del territorio estaba sin urbanizar y el proceso romanizador era un fenómeno básicamente urbano. Muchas tribus no estaban sometidas ni eran amigables al conquistador, antes al contrario, deseaban resistirse a su presencia y a la explotación de importantes medios naturales como las minas de metales valiosos. Reivindicaban estos amplios territorios como propios y su cultura y costumbres como preciadas joyas que había que preservar frente a la homogeneización que establecía el conquistador romano allí donde se imponía. Los ataques de las tribus astures y cántabras, cuyas regiones permanecían aún sin romanizar, se sucedían sin pausa. Utilizaban la táctica de guerrillas que consistía en múltiples incursiones con pocos hombres, muy rápidas, en varios puntos al mismo tiempo. Resultaban muy nocivas porque ante tales ataques la defensa requería repartir la fuerza disponible en una zona tan inhóspita y, en muchos casos, agreste, terrenos desconocidos e imposibles en los que sus moradores llevaban siempre la ventaja.
      Los ataques sufridos por las tropas de Cayo Ulpio y Marco Galerio en territorio vetón y vacceo habían sido sólo la punta de una astilla que estaría firmemente clavada en la carne romana durante mucho tiempo. Los mensajeros que el tribuno Cayo envió a Corduba para informar a Cneo Domicio Calvino se sumaron a los recibidos desde Tarraco y Osca informando de las incursiones y ataques de los cerretanos, indígenas íbero montañeses, cuyas tierras se ubicaban en la zona del Pirineo central. Así, a principios del mes de diciembre, en contra de todo lo adecuado y considerado como prudente para estas fechas, Domicio Calvino debió ponerse en camino hacia el norte con las cohortes de la legión XXVIII que estaban asentadas en Corduba para hacer frente a estas incursiones que ponían en peligro la seguridad de la zona. Se hablaba con insistencia, y las noticias que llegaban desde Roma así lo confirmaban, que al territorio hispano se le iba a adscribir una nueva legión para afrontar estas y futuras incursiones beligerantes, tal como se sospechaba que sucedería en el sur procedente de Mauritania. Pero dichas fuerzas no terminaban de definirse ni materializarse. Por supuesto, los enfrentamientos en tierras del Mediterráneo oriental entre Marco Antonio y los partos, por un lado, y Octaviano contra Sexto Pompeyo en el Mediterráneo occidental, por otro, ralentizaban la distracción de tropas siempre precisas para aniquilar al opositor.
      Con Domicio Calvino marchaban dos bazas importantes para Marcelo: por un lado, Artemidoro que, como centurión de dicha unidad, debía incorporarse a las fuerzas de ataque, y, por otro, la oportunidad de llevar a cabo sus proyectos de promoción tal y como tenía pensado. El hecho de que el gobernador abandonara Corduba tiraba por el suelo los planes que tan meticulosamente había tejido, lo que le obligaba a empezar nuevamente por el principio y, ahora, desde una considerable distancia. Ello le llevaba a tener que confiar en la fidelidad de terceros, algo siempre complicado para ciertas cuestiones de gran envergadura.
      Tumbado en un lectus observaba la puesta de sol en la terraza que daba a la galería del atrio de la planta superior de la casa en la que moraba. Desde tan inmejorable grada Marcelo observaba la belleza del sol en el ocaso del día mientras saboreaba unos dulces de miel. La luz se tamizaba entre las copas de los árboles semejando un complicado tapiz de dorados brillos. Marco Galerio, tumbado a su lado, miraba el paisaje sin verlo con el pensamiento perdido en otras cosas, arrebujado en su toga. Hacía bastante frío y corría una húmeda brisa procedente del no tan lejano mar.
      —No has tocado tu copa de vino.
      Marco movió ligeramente la cabeza.
      —No me apetece. El vino no me permite pensar.
      Marcelo se sentó en su lecho y tomó su copa, una bella pieza de vidrio azulado.
      —Sé que vuestra misión por tierras lusitanas y vetonas fue un éxito –sonrió con malicia—. Espero que no tuvieras ningún problema con Cayo Ulpio ¿No se le ha subido el cargo a la cabeza?
      —Él no es de esos.
      —Tu fidelidad hacia los que consideras tus amigos es encomiable, pero después de lo que pasó entre vosotros me parece ser demasiado generoso hacer como que no pasó nada.
      —Es mi amigo. Somos amigos.
      —Ahora es tu inmediato superior y en las jerarquías no siempre cuentan los afectos.
      —A mí no me importa que sea mi superior.
      —Puede que llegue el momento en que sí te importe.
      Marco se puso en pie. Como siempre Marcelo llevaba la conversación por caminos que a él no le gustaban. Podía llegar a ser tan hiriente.
      —Hablando de todo un poco, Marcelo. No creo equivocarme al afirmar que tú fuiste el responsable de nuestro regreso y el de nuestros hombres desde Vicus Caecilius.
      —Cierto. Creí conveniente hacerle entender a nuestro gober- nador que vuestra capacidad de ataque sería mucho más productiva ante la amenaza mauri que con los pueblos de los Montes Pirineos.
      —Querido Marcelo, eso es una estupidez.
      Marcelo arrugó el ceño en un primer momento simulando enfado por la salida de tono de su hijo, pero el brillo burlón de sus ojos evidenciaba que se trataba de una pose. Galerio lo conocía muy bien.
      —Tu objetivo fue retirarnos de esas tierras, quizá alejarnos de Domicio Calvino, de su entorno. Creo que tu intención es que no estemos cerca de él en ciertos momentos delicados que aún están por venir.
      Marcelo mantuvo el gesto impertérrito.
      —Tus palabras están a punto de ofenderme, hijo, y no te lo consiento.
      —Marcelo, me molesta que interfieras en mi carrera. Hoy día lo único que deseo es estar en el campo de batalla, en el campamento con mis hombres, luchando. No soy otra cosa que un soldado y eso es lo que deseo hacer. Me ofende que te entrometas como lo haces. Si tanto te preocupa mi cursus déjame hacer lo que mejor sé, lo único que sé. Ascender hoy día me trae sin cuidado, sólo quiero luchar.
      —Cuando Marcia se acostaba con Ulpio no te molestó que yo interfiriera para que le destinaran lejos.
      Marco no se esperaba un golpe semejante. Las palabras de su padre adoptivo tuvieron el efecto de un bofetón en pleno rostro. Consciente del daño hecho, Marcelo palmeó afectuosamente los hombros de su hijo, con el deseo de que el fresco viento que procedía de la oscura noche se llevara el dolor que sus palabras habían ocasionado.
      —Venga, Marco, entremos en la casa que aquí ya hace demasiado frío.
      Galerio se tragó el orgullo que le oprimía el pecho y, obediente, entró en la casa. En el triclinio varios esclavos pululaban alrededor de las mesas dispuestas para la cena. Una joven de rubios cabellos y piel rosada le ofreció una copa de vino que él aceptó con una media sonrisa. Marcelo se había recostado ya, dispuesto a comer; con un gesto le indicó un puesto a su lado que él ocupó sin mediar palabra. Apuró su copa de vino y un esclavo se la llenó nuevamente.
      —Me ha contado Crito que tu nueva esclava es un portento de sabiduría.
      El hijo asintió con un escueto gesto.
      —Come, Marco. Este esturión está exquisito con la salsa de miel que me preparan –le sirvió una porción con gesto solícito—. Parece ser que esa mujer está llevando tu buen nombre como amo benévolo más allá de los muros de esta ciudad.
      —Eso parece.
      —Crito me ha contado que salvó a tu tío Cayo Galerio de morir ahogado con un dátil. No me dio muchos detalles, pero parece ser que actuó de una forma un tanto… brusca.
      Marco sonrió con desgana al recordar la escena.
      —Así es. Agarró a Cayo Galerio por detrás y con los puños le golpeó en la tripa.
      Marcelo se incorporó rápidamente en su lecho. El rostro se le demudó como si hubiera visto una aparición. Su hijo masticaba a dos carrillos y, pendiente de su comida, no reparó en él ni en el pasmo que sus palabras le habían ocasionado.
      —¿Cómo lo hizo?
      Le costó un esfuerzo enorme evitar que la voz no le temblara, que Marco no notara su turbación.
      —No lo sé muy bien, el caso es que cerró las manos formando algo así como un puño y le apretó varias veces la barriga más o menos aquí –Marco se señaló justo debajo de la confluencia de las costillas e imitó el movimiento—. Al poco el dátil salía por su boca como lanzado por una honda. Fue increíble: faltaban unos instantes para que muriera ahogado y, tras algo tan sencillo, volvía a respirar nuevamente, recuperando el color. Ninguno de los presentes se lo explicó, pero así fue. Crito se quedó muy afectado, porque como médico consideraba que él debía de haber hecho algo más que mirar. Cayo Galerio se llevó un susto impr…
      —¿Sabéis de dónde procede esa mujer? –cortó con brusquedad Marcelo; la voz le salió demasiado aguda. Carraspeó, incómodo.
      —Recibió varios golpes en la cabeza y no recuerda de dónde es. Hasta hace poco ni recordaba su nombre. Sin embargo, hace gala de unos conocimientos que pocos poseen.
      —¿Dónde la compraste?
      Galerio iba a beber de su copa, aunque la detuvo al borde de sus labios. Pretendía que el tono le saliera casual, pero Marcelo mostraba demasiado interés en la esclava y eso no dejaba de ser extraño en un hombre de su rango. ¿Por qué? Observó con más detenimiento el apreciado rostro de su padre adoptivo. La frente le brillaba por el sudor y un tenue temblor hacía oscilar sus labios, su mirada vagaba intranquila por la sala.
      —La compré en Gades.
      —En Gades…
      Marco se esforzó en disimular la extrañeza que le producía el comportamiento de su padre.
      Marcelo se sentía indispuesto y rezaba para que su hijo no hubiera notado lo mucho que le había afectado todo lo que le había contado de la esclava. Apresuradamente tomó su copa y apuró el vino de un trago. «Demasiada casualidad, demasiada sin duda… Gades está demasiado lejos de aquí», pensó Marcelo, disimulando su angustia. Se pasó una temblorosa mano por el rostro; se recompuso lo mejor que pudo dadas las circunstancias y lo difícil que era sustraerse a la atenta mirada de Marco.
      —Perdona, hijo, –se llevó una mano al pecho—, pero se me ha clavado un intenso dolor aquí que me está indisponiendo.
      Marco se puso en pie alarmado y se acercó a su padre.
      —¿Quieres que mande llamar a Crito?
      —¡No, no, por favor, no te preocupes! –Sonrió a duras penas intentando tranquilizar a su hijo—. Creo que sólo ha sido que he tragado demasiado deprisa o el vino que no me ha sentado bien. Ya se me pasa, ya me encuentro mejor.
      —¿Estás seguro?
      La sonrisa de Marcelo volvió a dibujarse en su rostro como era habitual.
      —Claro que sí, hijo. Aunque yo me siento mejor que nunca, no hay que negar que los años pasan y las carnes no son las mismas que cuando tenía veinte años menos. ¡Qué digo veinte, cinco años menos que los que tengo ahora! –suspiró con alivio, sin dejar de sonreír afable—. Sí, ya me encuentro mejor. Espero que este penoso episodio no amargue nuestra cena, Marco.
      —Por supuesto que no, padre.
      —Porque para los postres te tengo preparado un dulce muy especial –hizo un discreto gesto con la mano dirigido hacia los sirvientes.
      La esclava de rubios cabellos y piel rosada se adelantó y, situándose a los pies de Marco, empezó a acariciarle los pies con sensualidad. Él sintió cómo se le erizaba la piel al contacto de sus manos y un intenso calor lo recorría palmo a palmo. Las manos se movían lentas, provocadoramente, mientras la mujer dejaba que sus pechos rozaran sus pantorrillas. Marco los sintió duros y plenos a través de la tela de su fina túnica.
      —Últimamente muestras un aspecto demasiado apesadumbra- do. Creo que con ciertos cuidados tus preocupaciones pueden parecer menos importantes durante unas horas.
      La joven siguió acariciándole los pies, las piernas y fue ascendiendo hasta llegar a los muslos; sus manos eran suaves y frescas, pero resultaban de fuego en contacto con su piel. Marco suspiró excitado y cerró los ojos. Al abrirlos de nuevo encontró la sugerente sonrisa de la esclava a un palmo escaso de su boca.
      —Quizá no sea preciso esperar hasta después de la cena para comer este dulce –Se puso en pie y tomó la mano de la esclava—. Si me disculpas.
       Marcelo hizo un gesto de mudo asentimiento; no perdió la sonrisa hasta que Galerio desapareció tras las cortinas de la sala, siempre acompañado de la risa juguetona de la esclava.
      Una vez que su hijo le dejó solo, demasiado pronto para lo que en principio tenía planeado, dado que debía tratar con él importantes cuestiones de gran trascendencia durante lo que iba a ser una prolongada cena, Marcelo se abandonó a su estupefacción. Se levantó apresuradamente y salió del comedor entrando en su tablinum. Rebuscó en el arcón que siempre llevaba consigo, levantó el panel del suelo de madera que disimulaba un doble fondo y encontró una pequeña caja de madera tallada, con varias iniciales grabadas en letras doradas. Con temblorosos dedos la tomó y la llevó a su mesa. Desabrochó el cierre realizado en oro y la abrió. Allí en el fondo, cubierto por un pequeño lienzo de seda descansaba su más valioso y, al mismo tiempo, secreto tesoro.
      «Una vez más –se repetía Marcelo mientras lo observaba—, una vez más ha pasado».

En la casa, la vuelta a la rutina tras el regreso de Marco Galerio fue un bálsamo en el ánimo de Ana. Se había preocupado en inicio por su presencia, pero como ella no tenía obligaciones en las partes principales de la enorme casa, apenas lo veía. Sus jornadas transcurrían con una rapidez increíble entre tantos quehaceres domésticos y las visitas a los esclavos. Durante varios días se abstuvo de acudir a casa alguna, pero tras una semana sin ningún problema con el amo, se atrevió a atender a un anciano esclavo que padecía unas espantosas úlceras en las piernas y que le impedían todo movimiento. Nunca salía sola; por el día Hipia se ocupaba de hacer coincidir sus salidas al mercado con las visitas de la que ya consideraba como su amiga. La dejaba antes de realizar sus compras y la recogía cuando volvía a la casa. Ningún problema se planteó con esta organización. Si alguien buscaba a Ana durante la noche y era preciso que acudiera a la casa de algún esclavo, era Urso el que no se separaba de ella fuera a donde fuera, aunque desde la vuelta de Galerio esto no se había repetido, dado que nadie había requerido sus servicios durante las horas nocturnas. Casi todas las visitas eran durante la mañana y algunas, las menos, por la tarde.
      Hipia y Urso la dejaban sola en la casa durante varias horas. Confiaban en ella y sabían que no se atrevería a hacer ninguna locura que comprometiera una buena relación con el amo. Ana deseaba seguir haciendo lo que mejor sabía hacer y mientras tanto eso era bastante para su dolido espíritu. Sus deseos de fuga hacía tiempo que los había desterrado. Urso se había ocupado, con sus palabras y sus amenazas, de hacerle considerar como inútil todo plan de escapar. Hasta que no supiera valerse mejor por sí misma en la ciudad, era una estupidez lanzarse a un proyecto fracasado de antemano.
      —¿Puedo pasar?
      Ana estaba cortando verduras para añadirlas al guiso de cordero que borboteaba al fuego. Levantó la mirada de la mesa en la que trabajaba y vio aparecer por la puerta del patio una cabeza de negros cabellos y un pálido rostro de mujer. Dejó el cuchillo en la mesa y se limpió las manos.
      —¡Claro que puedes pasar!
      Se trataba de una mujer de unos treinta años, muy delgada. En su afilado rostro los ojos parecían enormes ventanas negras, enmarcadas por unas profundas ojeras, que le daba el aspecto de un extraño animal.
      —Eres la sanadora de la que todos hablan ¿verdad?
      La mujer bosquejó en su rostro un remedo de sonrisa, dejando al descubierto unos dientes desgastados por el roce constante entre ellos.
      —Sí, soy yo. Siéntate –le señaló un banco cercano a mesa— y cuéntame qué te pasa. Mi nombre es Ana –sonrió.
      La mujer tomó asiento y ella se sentó a su lado, a una prudente distancia.
      —Mi nombre es Claudia… bueno es el de mi ama, pero yo me hago llamar igual que ella.
      La mujer soltó una ridícula risita. Su nerviosismo era más que evidente. Ana se fijó en sus ropas, demasiado buenas y bien cosidas; observó sus manos que apenas presentaban durezas o marcas de trabajo, en su pálida piel que no estaba habituada a estar al sol o la intemperie, en su porte, demasiado sofisticado para una esclava o para el tipo de personas que ella estaba habituada a tratar. Algo en su interior le hizo reaccionar y desconfiar.
      —Claudia –Ana frunció el ceño; su tono de voz se tornó grave—, no me está permitido atender a personas libres, sólo esclavos. Eso lo saben todos en esta ciudad. Quizá seas de fuera de Hispalis y no lo sepas, pero si eres libre debes acudir a otro médico. Esas son mis condiciones y no son negociables.
      —¡Soy esclava desde mi nacimiento!
      La cuidada dicción de la mujer hizo reaccionar a Ana que se puso en pie.
      —Lo siento. No me está permitido ver a personas libres. Mi amo me castigaría severamente si se entera. Debo pedirte que te vayas.
      La mujer se levantó y se miró las manos, la ropa. Entonces tomó a Ana por los brazos y suplicó:
      —¡Por favor, debes creer en mis palabras! Soy tan esclava como tú. Mi ama me tiene como compañía para recitarle poemas y cantar, ayudarla en los baños y en su tocador, a vestirse y a acompañarla cuando sale de visita. No trabajo en las cocinas ni lavo, cierto, pero la cuido a ella. Por eso mi aspecto es tan refinado y te confunde. ¡Ayúdame, te lo suplico, me encuentro muy mal y si no me ayudas creo que voy a morir pronto!
      Ana seguía desconfiando. Una vocecilla le gritaba que no acep- tara. Sin embargo, razonó que quizá era cierto y se trataba de una esclava de mejor categoría, la compañera de una rica mujer que necesitaba que sus sirvientes personales fueran más refinados que los demás. Decidió creerla, pero no se le ocurrió pedir alguna muestra material de su condición: una marca o quemadura como la suya o una pulsera o argolla que indicara a quién pertenecía. Nada de esto hizo y lo llegaría a lamentar.
      La mujer, que decía llamarse Claudia, sufría de fuertes dolores en el abdomen, afirmaba que hasta hace poco tenía ganas de comer a todas horas, pero que ya no, al contrario, estaba inapetente; padecía de calambres en las piernas, mareos, el corazón le palpitaba muchas veces como loco en el pecho, había perdido mucho peso en pocos meses, tenía mucho sueño aunque no podía dormir y no eliminaba las heces aunque tenía muchas ganas de ello varias veces al día; cuando al final lo conseguía, echaba una sustancia pringosa, como un pellejo, y unas bolitas muy pequeñas, como semillas. Ana le hizo varias preguntas sobre sus costumbres, alimentación e higiene. Le preguntó si le gustaba comer carne, qué tipo y cómo la preparaba. Entonces le exploró la cabeza, el cuello, el pecho, el abdomen y las extremidades. Ana observaba en silencio y murmuraba por lo bajo valorando las diversas posibilidades.
      —¿Alguien en la casa está como tú?
      —Mis dos hijos están empezando a sufrir como yo y eliminan los mismos pellejos que yo en las heces.
      Ana suspiró, cansada.
      —Creo que ya sé lo que tienes.
      La respuesta de la mujer debió hacerle sospechar, pero se encontraba tan enfrascada en su valoración del padecimiento de la mujer que no reparó en el detalle que desvelaban sus palabras.
      —¿Estás segura? Hasta ahora los médicos a los que he consultado no han dado con lo que sufro.
      —Pues lo que tienes y lo que probablemente tienen tus hijos, es un gusano en las tripas que se llama tenia, aunque se la suele llamar solitaria, por lo menos yo la conozco con ese nombre.
      —¡No puede ser, eso es asqueroso!
      —Sueles comer mucha carne, que si no está bien guisada y tiene la larva de la tenia dentro, puede haber sido el medio por el que el gusano se te ha metido en las tripas.
      La mujer se puso en pie nerviosa.
      —¡Lo que me dices es imposible!
      —No tienes por qué creerme. Es asqueroso, cierto, pero no es grave y además es muy fácil de eliminar y por tanto de curarte, tú y tus hijos.
      Los ojos de la mujer se abrieron más aún semejando bolas a punto de salirse de las cuencas.
      —Hay dos recetas: una con corteza de raíz de granado y otra con aceite de nogal. Las dos matarán al gusano y harán que salga por donde hasta ahora han salido los huevos. Elige la que mejor te venga o utiliza las dos.
      Ana le detalló qué debía hacer para preparar y tomar ambos remedios y cuantas veces al día. Le aseguró que si lo hacía correctamente en dos días, tres a lo sumo, el gusano saldría, pero debía asegurarse de que salía la cabeza completa, si no el bicho podría permanecer aún dentro y seguir reproduciéndose. Le aconsejó hervir toda la ropa de cama y de vestir, lavarse bien las manos con agua hervida y vinagre antes de comer y después de evacuar, cortarse bien las uñas, guisar adecuadamente todo tipo de carne y hervir el agua de lavar las verduras y hortalizas que se comían crudas.
      La mujer se abrió el manto y extrajo un saquito de piel del que sacó dos monedas.
      —Supongo que con dos ases pago tus servicios.
      —Me está prohibido cobrar por mis servicios, te puedes guardar tu dinero.
      A estas alturas Ana estaba deseando que la mujer se fuera lo antes posible. Algo en ella no le gustaba y no era su aspecto, era otra cosa que no podía definir: su actitud, su porte… ¡quién sabe!
      —¡No me puedo creer que seas tan sabia y no cobres por tus conocimientos!
      Las palabras de la mujer estaban emborronadas por la ironía.
      —Mi amo me ha ordenado que no cobre nada. Si deseo seguir atendiendo esclavos debo cumplir con sus órdenes.
      Claudia hizo un mohín que Ana no supo interpretar; se ajustó el manto y se lo cerró dispuesta a marcharse. La saludó con la cabeza y se marchó sin mediar más comentario.
      «¡Qué mujer más falsa! Decía que se estaba muriendo sólo para darme lástima, pero no tiene el aspecto de sufrir mucho». Algo en su interior le gritaba que había cometido un error. Decidió volver a sus cosas y olvidar el episodio. Eso sí, antes de volver a hacer nada se lavó las manos con jabón y lejía. La higiene de esa buena mujer dejaba bastante que desear y no tenía ganas de ser el nido de un gusano.

Cayo Ulpio empezó a frecuentar la casa de Marco casi a diario. Con una excusa o con otra pasaba al patio trasero y buscaba la ocasión de hablar con Ana. Hipia estaba acostumbrada a su presencia por la casa y no se extrañó demasiado. No en balde, años atrás, antes de morir el ama Marcia, era bastante común encontrar a Ulpio por la cocina conversando con Urso o con ella, esperando probar alguno de sus guisos o dulces. Por ello la joven esclava no encontraba raro que, otra vez en la ciudad, Cayo retornara a sus costumbres. Debía reconocer que le agradaba verlo por allí, disfrutar con su conversación amable e ingeniosa.
      Urso era otra cuestión. Desde que lo vio por allí los primeros días y buscar la conversación de Ana, no dejaba de murmurar por lo bajo manifestando una desaprobación que, por el contrario, su estoico rostro no dejaba entrever jamás. Tan pronto Ulpio salía por el patio trasero buscando a Ana, Urso seguía sus pasos con alguna excusa boba. Hipia sabía que espiaba lo que hacía la otra esclava. Consideraba como una más de sus obligaciones evitar que se metiera en algún nuevo lío y por ello no tenía ningún reparo en curiosear sus conversaciones con Ulpio. Por otro lado, aunque el amigo del amo disfrutaba con estos encuentros, no se podía considerar algo muy común y pocos lo entenderían o aceptarían. Era muy consciente de que, si Marco Galerio descubría que Cayo Ulpio se pasaba más de una hora diaria conversando con Ana mientras que ésta hacía sus labores domésticas, no le haría ninguna gracia. Así que lo mejor era vigilar tales encuentros y cortarlos en cuanto adquirieran tintes inadecuados.
      Por supuesto, aparte de Hipia, ni Ulpio ni Ana estaban enterados del asedio silencioso al que les sometía Urso o eso suponía él.
      Llevaban ya una semana encontrándose junto al arroyo casi a diario. Ana, en su fuero interno, agradecía las visitas aunque desconfiaba de sus verdaderas intenciones. Él afirmaba que deseaba ser su amigo, pero ella sabía que eso era una estupidez. Después del trato recibido por las personas libres que le rodeaban no se creía que ella tuviera nada que pudiera atraer a un hombre como él. Ulpio había afirmado la primera vez que la vio, cuando aún estaba postrada por sus heridas en el jergón de la leñera, que era fea y ella llegó a la misma conclusión cuando se observó en el espejo aquella tarde en el cubículo del amo. Su físico no era como el de Hipia y a su lado era un gato greñudo. 
      Ana tendía las sábanas en las cuerdas que había extendido entre los árboles cercanos al arroyo. Consideraba que éste era el mejor sistema para que la ropa una vez lavada se secara por efecto del aire y del sol sin que se le pegaran hojitas o polvo procedentes de los arbustos en los que Hipia le indicó los primeros días que pusiera la ropa a secar. Escuchó los resueltos pasos a sus espaldas y supo, mucho antes de verlo, que Ulpio se había sentado en las rocas a las que ya consideraba el pedestal de su escultura.
       —Desde luego no se puede negar que eres ingeniosa en todo lo que haces, hasta en cuidar la ropa.
      Ana contuvo una sonrisa. No deseaba darle a entender que le agradaba su compañía; más aún, se esforzaba en ser desagradable y estúpida con él, tirante y parca en palabras. No quería que se sintiera invitado por su actitud.
      Se volvió. Tenía que coger otra sábana. Al hacerlo su rostro era una máscara de indiferencia. Le lanzó una mirada tensa y no dijo nada. Cogió la prenda y le dio nuevamente la espalda.
      —Supongo que, como hombre de rango que eres, debes tener obligaciones que no sean congelarte las posaderas en una fría y dura piedra.
      La risa franca y espontánea de Ulpio la obligó a contener nuevamente la sonrisa.
      —¡Desde luego, Ana, que dices lo que piensas!
      Ella se entretuvo más de lo necesario estirando la tela de la sábana. Deseaba que se fuera. Sí, le gustaba hablar con él, pero era consciente de que estos encuentros no serían bien recibidos por Marco Galerio. No deseaba más líos. Guardó silencio; pensó que si no le daba réplica, terminaría aburriéndose y se marcharía.
      Como ella no decía nada, Ulpio continuó.
      —Supongo que no tengo que darte cuenta de mis actos, pero estos días no tengo obligaciones y me apetece estar aquí para que me lances piedras en forma de palabras. Insisto, no hay muchas personas como tú.
      Ana se giró nuevamente para tomar otra prenda de la cesta y se llevó un susto. Ulpio se encontraba a un paso de ella; no le había escuchado acercarse. Se giró sin decir nada y, simulando indife- rencia, siguió con su trabajo. Él permaneció donde estaba.
      —¿Por qué no quieres hablar conmigo, Ana? –por el tono de su voz, ella dedujo que ya no sonreía—. Sólo quiero que seamos amigos.
      Por detrás, él le tomó de las manos, sorprendiéndola.
      —¡Suéltame!
      Ella forcejeó; Ulpio decidió no insistir y la soltó. Ana permaneció de espaldas.
      —Si Marco se entera de que vienes aquí a diario me castigará. Tú no tienes nada que perder y yo vivo a diario con la amenaza de la furia de ese hombre que me odia tanto. Estos días apenas lo veo y eso significa que no hago nada que le moleste –se volvió y se enfrentó a Ulpio— y me gustaría que las cosas siguieran tan plácidas para mí como están desde la última vez.
      —Quizá tengas razón salvo en una cosa: Marco Galerio no te odia.
      Ana miró fijamente el rostro de Ulpio. Sabía que no debía hacerlo, podría ser malinterpretado, sin embargo, no pudo evitar explorar sus rasgos ahora que lo tenía tan cerca. No era especialmente guapo, pero tenía un fuerte atractivo, sobre todo en sus ojos, tan transparentes y de un indefinido color, y en su enorme sonrisa, de dientes blancos y grandes, que dibujaban dos hoyuelos en sus mejillas. Bajó la vista, nerviosa. Se había entretenido demasiado tiempo mirándole. Dio un paso atrás y tropezó con el tronco del árbol del que colgaba una de las cuerdas que sostenían su colada. Ulpio avanzó hacia ella nuevamente, acorralándola. Sonreía a medias y la incomodaba con su mirada. De repente, él la tomó otra vez de las manos y la sujetó con fuerza. Ana creyó morir. Cayo se encorvó un tanto y acercó su rostro al de ella, los labios rozando los suyos. Ella forcejeó, pero él la sujetó más fuerte.
      —¿Esto es lo que tú entiendes por ser mi amigo? –susurró Ana con dificultad.
      Ulpio le acarició el rostro con su mejilla, con su nariz. Un calor intenso arrasó el rostro de Ana; se había ruborizado. No recordaba haber tenido nunca a un hombre tan cerca, sin embargo, su cuerpo sí. Sentía el corazón como loco en la cara, en el pecho, en el vientre. Él pasó entonces sus labios muy suavemente por los labios de ella, por su barbilla. Ella no le correspondió y apartó la cara.
      Ana sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta y se le llenaban los ojos de lágrimas.
      —Suéltame, por favor… por favor —susurró a duras penas.
      Ulpio hundió su rostro en los cabellos de Ana, sólo un instante, y la soltó.
      Ana se cubrió la cara con las manos. Había tenido que hacer un enorme esfuerzo para no corresponder a su boca y sabía que él lo había notado.
      —¿Por qué me haces esto?
      —Porque me gustas.
      Ella le miró con furia.
      —¡Que te gusto! ¡A Urso e Hipia les dijiste cuando estaba enferma que soy muy fea y Marco Galerio y tú os reísteis de mí diciendo que era poco más que un bicho!
      Ulpio no pudo evitar una sonrisa irónica.
      —Disimulabas muy bien que no te enterabas de nada.
      Ana no replicó nada. Su turbación se había transformado en enfado. Ulpio recuperó su semblante socarrón. Dijo:
      —No debo defenderme de nada de lo que en su día afirmé, pero te diré que por esos días tu aspecto no era el que tienes hoy.
      —Me da igual mi aspecto. No quiero que vengas aquí más.
      —¿Me lo ordenas? –el tono de Ulpio era irónico e hiriente.
      —Yo no ordeno nada. Sólo te digo que no quiero verte por aquí. Urso me vigila algunos días.
      Ulpio soltó una nueva carcajada que retumbó por todo el valle. Ana le odió.
      —Urso está rondando a nuestro alrededor todos y cada uno de los días que yo aparezco por aquí y nos vigila desde que llego hasta que me voy –disimuló una mirada a su alrededor—. De hecho ahora mismo está entre aquellos árboles de allí.
      Ana no dirigió la vista hacia donde Ulpio le indicaba. Prefería que Urso siguiera pensando que ambos ignoraban su presencia.
      —Ulpio, no quiero hablar más contigo.
      —Pues lo siento. Vendré cuando me plazca. Quiero ser tu amigo y lo seré.
      —No te pienso consentir que me vuelvas a poner la mano encima. Haré lo que sea.
      Ana fue incapaz de interpretar la sonrisa de Ulpio.
      —Estoy convencido de ello.
      Ulpio se giró y se marchó camino de la casa. Ana cogió la cesta de la ropa y se entretuvo unos instantes ensimismada; la voz de Hipia le hizo volver la cabeza. Debía de haber pasado más rato del que creía porque ya no se veía a Cayo por ningún lado. La joven agitaba la mano con nerviosismo mientras se dirigía con rapidez hacia ella.
      —¡Ana, ven a la casa, rápido, el amo quiere verte!
      No pudo evitar que se le encogiera el estómago. Cada vez que Marco quería verla con tanta premura era por algo malo. Se levantó un poco la túnica para poder caminar más rápido y se dirigió a la casa, no sin antes echar un rápido vistazo hacia los árboles del otro lado del arroyo. No había ni rastro de Urso. «No creo que le haya dado tiempo de ir a contarle al amo lo que ha pasado con Ulpio».
      Cuando llegó al patio tenía el corazón en la garganta, más por el nerviosismo que la embargaba que por el esfuerzo realizado. Tomó aire pero no le dio tiempo a entrar en la cocina. Marco Galerio salía en ese momento como una tromba agarrándola por el brazo con extremada violencia, haciéndola tambalear.
      —¡Te dije que no podías visitar a ninguna persona libre!
      Estaba hecho una fiera. Ana tardó unos instantes en entender a qué se refería. Tras el amo vio el rostro de una llorosa Hipia.
      —¡Yo no he visitado a ninguna persona libre, sólo esclavos!
      —¡Mentirosa! ¡Te crees que soy estúpido y que yo no me voy a enterar de nada!
      Se acercó a ella con el puño cerrado. Ana estaba segura de que le golpearía. No pudo evitarlo y le gritó:
      —¡Sólo he visto esclavos! ¡No me puedes acusar de nada! ¡Hipia te lo puede decir!
      Marco no se volvió a mirar a la joven para que corroborara las palabras de Ana.
      —Claudia, la esposa de Décimo Aurelio Cotta, asegura a todo el que quiere escucharla que acudió a ti y, en una mañana, le curaste lo que los médicos se han pasado meses sin poder resolver…
      Una lucecita se encendió en algún lugar de la memoria de Ana. Claudia, de la que había sospechado desde el principio; esa mujer la había engañado. La esclava sintió cómo la sangre le abandonaba el rostro y un frío intenso la paralizaba por dentro.
      —Esa familia es enemiga de la mía y se regodea de que tú, mi esclava, la has curado a mis espaldas, que me han burlado y que encima no han tenido que pagar nada.
      —Esa mujer vino vestida de esclava y me hizo creer que era una esclava –la voz de Ana era apenas un susurro.
      —¡No me cuentes más excusas! Se te olvida con mucha frecuencia el lugar que ocupas en esta casa y yo me voy a encargar de recordártelo.
      En ese momento apareció Urso que se colocó junto a Hipia. Marco se volvió y lo vio.
      —Urso, en la cena de mañana esta esclava servirá junto a ti y los esclavos de mis invitados –Urso asintió. Marco se volvió a Ana—. Estoy seguro de que mañana entenderás el lugar que te corresponde en esta ciudad y en mi casa. ¡Te lo juro!
      El silencio fue sólo roto por el llanto, ya sin control de Hipia. Ana no entendía las repercusiones de su castigo, pero estaba claro que su joven compañera, sí. Una enorme rabia le cortó la respiración.
      Marco Galerio se giró y entró en la cocina. Ana corrió tras él y con todas sus fuerzas le gritó:
      —¡Hipia y Urso me han asegurado desde el primer día que pisé esta casa que eras un amo bueno y justo, que tenía suerte de haber parado en esta casa y no en otra!
      Galerio se detuvo, aunque no se giró.
      —Pero eso sólo es cierto con ellos dos, que son sumisos y obedientes y que se adelantan a tus deseos. ¡Por eso te crees tan bueno: porque ellos no te dan motivos para lo contrario! Pero cuando se te plantean cuestiones en las que tienes que pensar y demostrar lo justo que se supone que eres, inmediatamente aflora tu soberbia de amo y no dudas en aplastar al que se te pone por delante. No dudas en poner tu estúpido criterio por encima de la verdad, aunque eso suponga aplastarme como a un bicho.
      Las palabras de Ana dieron de pleno en su objetivo. Marco, temblando de furia, se volvió y se acercó a ella con los puños cerrados. Sus ojos se clavaron en los suyos. La mano se estampó contra su cara en una sonora bofetada sin que ella pudiera esquivarlo. Hipia gritó. Él volvió a levantar la mano para golpearla otra vez; muerta de miedo, Ana bajó la cabeza y se protegió con los brazos. El segundo no llegó nunca.
      El silencio en la cocina sólo fue roto por la entrecortada respiración de Marco. Se esforzada por controlarse. Al final dijo:
      —Urso, explícale a esta esclava cuales son sus obligaciones en la cena de mañana –respiró profundo y prosiguió—. Te aseguro, mujer, que como me dejes en evidencia delante de mis invitados te arranco la piel a tiras con mis propias manos.
      La esclava no movió ni un músculo. Estaba aterrorizada. Cerró los ojos. El bofetón le escocía en la cara y le hacía latir la piel.
      Cuando volvió a abrir los ojos, Galerio se había perdido en el interior de la casa.
      —Eres una estúpida, Ana –ella miró a Urso, que la hablaba con voz grave—. Cada vez que tienes ocasión te enfrentas a él y le provocas. Tú no sabes los esfuerzos que hace para no arrancarte la cabeza con sus propias manos. ¡Y tú dudas de su bondad!
      Ana fue consciente de que Urso tenía razón. Las lágrimas corrían por sus mejillas y un incontrolable temblor dominaba su cuerpo. Sabía que había acabado con las pocas posibilidades de convencer a Galerio de su inocencia. Su soberbia, su estúpida soberbia, le había llevado a donde se encontraba. Tendría que haber intentado conversar con él, explicarle el engaño al que aquella desagradable mujer le había sometido. Recordó las palabras de Ulpio indicándole que con Marco Galerio conseguiría más cosas si no se enfrentaba de mala manera con él. Pero no lo podía evitar. Algo en ese hombre le revolucionaba el corazón, algo le impelía a provocarlo, a ponerlo al límite. Y bien que lo conseguía.
      —Marco Galerio nunca ha puesto a servir en cenas como la de mañana a ninguna esclava. Sus invitados son todos hombres, soldados en su mayoría. Vienen a divertirse y cuando el vino enturbia sus ojos no dudan en hacer partícipe al servicio en su búsqueda de placeres –dijo Urso con voz grave.
      A Ana se le hizo un nudo en la boca del estómago. Hipia sollozaba quedo y la miraba con pesar.
      —Mañana deberás tener más presente que nunca que eres una esclava y tu comportamiento repercutirá para bien o para mal en el honor del amo –continuó Urso—. Todo el mundo en Hispalis sabe que le has desobedecido sanando a esa mujer y el amo está en boca de toda la ciudad. Mañana será la prueba pública de que en esta casa todos le obedecen. Debes dar gracias a tus dioses, si los tienes, que las personas invitadas por el amo en esta cena son hombres que no se suelen dejar llevar en demasía por los excesos y que tampoco suelen forzar a los esclavos para satisfacer sus lascivos deseos. Como mucho te gastarán bromas, te abrazarán o te pellizcarán y te tocarán, poco más. Pero supongo que eso será bastante castigo para esa soberbia que rezuma a tu alrededor como un pestilente halo.
      Ana no se veía capaz de decir nada. Hipia ya no lloraba. Urso dijo con frialdad:
      —Cada día pido perdón a los dioses por haberte traído a esta casa. Cuando te vi en aquella jaula una voz en mi interior me decía que estaba haciendo algo bueno al convencer al amo para que te comprara. Si hoy te volviera a ver allí metida, te juro que miraría hacia otro lado. No has traído nada más que pesar a esta casa.

—Debes permanecer todo el tiempo con la vista baja. Sólo mira a Urso, que te irá indicando lo que debes hacer y cómo. Algunos invitados traerán su propio esclavo o sea que sólo te moverás entre dos o tres comensales.
      Hipia ayudaba a Ana a vestirse. Como la nueva esclava no tenía nada adecuado que ponerse, de su arcón sacó una bonita túnica blanca y larga, con un sencillo bordado en tonos marrones en los bordes que se ceñía a la cintura con un cordón del mismo color y dejaba los brazos al descubierto. El escote, en forma de pico, insinuaba escasamente el nacimiento de los pechos. El resultado fue sugerente pero no provocativo. El vestido le sentaba muy bien.
      —Has engordado desde que llegaste –Hipia sonrió. Quería dar a su conversación un tono desenfadado que restara gravedad a la situación—. Y eso te favorece. Da a tu rostro un aire más juvenil. Y con esos ojos que tienes y esa boca… —rió. Ana no le siguió la conversación. Se encontraba mal y lo que menos deseaba esa noche era saber que había recuperado atractivo.
      Habían trabajado toda la mañana en la cocina para preparar la cena que se serviría por la noche. Los invitados no echarían nada en falta dado que en sus mesas encontrarían gallinas guisadas, cordero y cerdo con salsa de puerros, venado asado, pescado marinado aderezado con garum, huevos de codorniz, verduras de todo tipo, asadas y cocidas, cuatro tipos de dulces y vino en abundancia. El trabajo había sido febril para los tres esclavos de la casa y Ana se sentía agotada, sobre todo por lo que pensaba que le esperaba. No se veía capaz de superar una prueba similar sin revelarse de alguna forma. No se sentía a gusto cuando alguien que no deseaba se le acercaba en exceso, cuanto más aguantar manos extrañas sobre su cuerpo.
      Suspiró agobiada. Mejor no pensar.
      Era consciente de que si metía la pata, Marco Galerio cumpliría literalmente su amenaza, eso si no la vendía. Un nudo en las tripas le revolvía el cuerpo y otro nudo en la garganta le impedía respirar.
      —No olvides en ningún momento que si miras a los ojos a algún comensal o le sonríes se puede sentir invitado a tocarte. Procura acercarte, servir e irte. Sé invisible. No hables aunque te pregunten. Contesta sí o no, pero con la cabeza. Si dudas algo, díselo a Urso.
      —Urso está muy enfadado conmigo y no creo que esté muy dispuesto a ayudarme.
      —Urso está enfadado contigo porque para él todo lo que le hagas al amo es como si se lo hicieras a él mismo. Se criaron prácticamente juntos, le ha acompañado a cientos de campañas y el amo siempre ha sido generoso con él. Nunca, nunca le ha castigado y a mí tampoco. Le trata casi como a un igual y jamás consentiría que ningún hombre libre le agrediera o le humillara. Sí, Urso quiere al amo más que a sí mismo y está enfadado contigo, pero no te dejará sola, ni dejará que te equivoques con reglas que no conoces. Estará contigo y te ayudará en todo, no te preocupes.
      Un cierto alivio elevó un palmo el ánimo de Ana. Quizá si recordaba todo lo que le habían indicado la cena pasaría rápido y pronto estaría en su jergón rezando de agradecimiento.
      —Ahora veamos qué hacemos con tu cabello.

Marco Galerio y Cayo Ulpio esperaban a los invitados sentados en el atrio saboreando una copa de vino.
      Cuando Ulpio se enteró por Urso de la discusión que se había desarrollado en la cocina entre su amigo y la esclava, decidió no hacer ningún comentario. Estaba claro que esa mujer tenía un orgullo incontrolable y no era capaz de llevarse a Marco a su terreno con buenas palabras en espera de tiempos mejores. Su cabezonería le iba a salir muy cara y su trabajo esa noche sirviendo la cena para los invitados era uno de esos primeros pagos que le esperaban si no cambiaba un poco su empecinada actitud.
      Aparte de Cayo Ulpio los invitados a la cena eran Crito el médico; Aulo Emilio Paullo el centurión de su escuadrón de caballería; Cayo Albio Severo el tribuno laticlavio de su legión, que era hijo de un primo suyo por parte de su ya difunta madre, y Cneo Manlio Galeo, edil de Hispalis, al que le unía una muy buena amistad dado que había servido con su padre en la misma legión sus últimos años de vida. Todos eran bastante comedidos en las celebraciones públicas y Cayo jamás les había visto a ninguno de ellos abusar de ningún esclavo en público. Por lo menos Ana no sufriría demasiado.
      «¿Por qué me tengo que preocupar por esa mujer si sólo es una esclava? Ella se ha buscado todo lo que le pase», pensó Galerio con irritación.
      Varias voces y risas se escucharon en la entrada. Marco y Ulpio dejaron su copa y se acercaron a recibir a los invitados. Una voz tronaba entre las demás con una cadencia conocida para ambos.
      Con enorme sorpresa y poco agrado, Marco Galerio vio que uno de los recién llegados no era alguien esperado, dado que no lo había invitado.
      Mario Atilio Varo, el tribuno angusticlavio de su legión y mejor amigo del legado.
      Galerio compuso el gesto intentando plasmar en su semblante un agrado por la inesperada visita que estaba muy lejos de ser sincero. De todos los imbéciles indeseables de Hispalis tenía que ser éste el que se sintiera inclinado a presentarse en su casa sin ser invitado. Era su superior en su destacamento y un personaje notable de toda la provincia Ulterior e, incluso, de Roma. Jamás se podría permitir el desairarlo dejando entrever por su actitud que su presencia en su casa no era bien recibida. La sorpresa que mostrara, si bien lógica, debía ser de bienvenida.
      Ulpio sintió la boca seca y envenenada por un amargo sabor. No soportaba encontrarse tan cerca de Atilio Varo. Su sola presencia le repelía. Desde que había llegado a Hispalis y se había incorporado a su nuevo destino en la legión XXX, no habían cesado los enfrentamientos verbales entre ambos, algunos de los cuales habían tenido que ser dirimidos por el legado, Fabio Buteo.
      —¡Amigo Galerio Celer! Qué alegría ser, por fin, ser recibido en tu casa. No todos tenemos la suerte de tener nuestro hogar tan cerca de nuestro destacamento.
      —Atilio Varo, sé bien recibido en mi casa y considérala tuya.
      Varias miradas de entendimiento se cruzaron entre los presentes de las que sólo Crito estuvo ausente. No era una presencia deseada la de Atilio Varo en aquella cena de amigos. Había tenido la desfachatez de presentarse de aquella manera, pero la cortesía obligaba a recibirlo como si se le esperara. Marco Galerio tomó aire profundamente sin abandonar su amable sonrisa de bienvenida, intentando controlar lo que su corazón le pedía.
      Los esclavos, que habían entrado por la puerta trasera de la casa, se ocuparon de acomodar a los invitados en el comedor, indicándoles los lecti y el puesto que podían ocupar alrededor de las mesas. Marco buscó con los ojos a Urso que acudió de inmediato ante su nerviosa mirada. Le habló en un aparte. Su voz fue apenas un susurro.
      —Procura que Ana se aleje del tribuno Atilio Varo. Dale las instrucciones oportunas para que no meta la pata.
      Urso asintió con la cabeza y se retiró a su puesto.
      Cayo Ulpio vio cómo Marco indicaba algo a su esclavo. Cuando terminó, ambos se miraron y dirigieron la mirada hacia Ana que entraba en la sala con los demás esclavos dispuesta a servir el vino con una pequeña ánfora de barro.
      Ana estaba muy favorecida. Hipia la había vestido con un gusto excelente. El vestido dibujaba sus formas sin excesos y ayudaba a resaltar su singular rostro y sus enormes ojos de hermosos tonos verde y marrón. Al entrar en la sala bajó rápidamente la mirada al suelo y se colocó entre los lecti repartiendo vino entre los comensales con gesto sumiso. Inmediatamente la animada conversación que se había iniciado entre los nobles hombres se interrumpió. Todas las miradas se dirigieron a la mujer, que a esa luz aparecía muy hermosa, casi bella; el silencio duró poco. Algunos miraron a Marco con una sonrisa en los labios que él no correspondió.
      Crito miró a la mujer e inmediatamente miró a Marco. No podía dar crédito a sus ojos. Galerio jamás dejaba que una mujer sirviera en sus cenas. Sabía que no le gustaban las libertades que muchos comensales se tomaban con las esclavas cuando los vapores del vino turbaban su razón. Cierto, que a muchos hombres no les atraían las mujeres y se inclinaban más por los jovencitos o por esclavos no tan tiernos, aunque Urso no despertaba en este tipo de personas ningún apetito lascivo.
      Mario Atilio Varo charlaba animadamente con Crito, pero en ningún momento apartó los ojos de Ana.
      El vino fue servido; los esclavos volvieron a desaparecer y Ana con ellos.
      Camino de la cocina Urso la tomó por un brazo. Ana pensó que la iba a reñir por algo que hubiera hecho mal, de hecho mientras que estaba en la sala se había producido un tenso momento de silencio que ella no supo a qué se debía, dado que apenas separó los ojos de su ánfora y de las copas. La hizo retroceder sobre sus pasos y apartó un poco las cortinas que daban a la sala donde los invitados bebían y comían animadamente. Le señaló a uno de los hombres.
      —No te acerques al hombre que se encuentra a la derecha de Crito, ¿lo ves?
      —Sí.
      Se trataba de un hombre de algo más de cuarenta años, cabello negro y ondulado, grandes cejas, tez oscura y mandíbula cuadrada que reía a carcajadas mientras escuchaba a Manlio.
      —Tú sirve por donde yo me encontraba, entre el amo, el noble Cayo Ulpio y el hombre que hay a su izquierda, el de cabello rubio, el centurión Emilio Paullo. De aquella otra zona me ocupo yo.
      Ana asintió en silencio, pero Urso no la vio.
      —¿Me estás escuchando, mujer?
      —¡Sí, te he escuchado! Que no me…
      —No mires a ese hombre bajo ningún concepto ni te acerques aunque te llame, ¿me oyes? Sirve rápido y abandona la sala. ¿Has entendido?
      El tono de voz de Urso era inusualmente nervioso. Ana lo miró. Algo iba mal.
      —¿Qué pasa, Urso? ¿Qué pasa con ese hombre?
      —Hazme caso y no te acerques a él. En cuanto los invitados estén comiendo te quedarás en la cocina y no entrarás más en la sala. Será cuestión de un rato más. ¿Has comprendido todo lo que te he dicho? 
      La esclava asintió en silencio. Apenas podía respirar. El pellizco que le martirizaba el estómago era ya una bola enorme. Sentía ganas de vomitar. «Algo va a pasar, lo presiento»
      Varios comensales reían a carcajadas.
      —Tu padre tuvo mucha suerte de hacerse con estas tierras. Su esposa debió sentirse muy afortunada de conseguir algo tan bueno tras la ruina de su propia familia –dijo Atilio.
      Marco Galerio perdió la mirada en el fondo de su copa. Prefería no mirar directamente a la cara al tribuno Atilio Varo. No le gustaba que una persona como él nombrara a su familia en su mesa.
      —El padre de la noble Marcia apoyó a Pompeyo en la guerra... –insistió Atilio.
      —Me disculparás, noble tribuno, que te pida que no traigas estos temas en una velada distendida como ésta –cortó con un tono quizá demasiado tenso, Galerio—. De todos es sabido que el padre de la segunda mujer de mi padre luchó en las tropas de Cneo Pompeyo y perdió la vida en Farsalia. Pero no es el momento de recordar hechos luctuosos como aquellos. Han quedado en el pasado.
      La tensa sonrisa de Mario Atilio Varo no pasó desapercibida a ninguno de los presentes. Manlio Galeo carraspeó con delicadeza para intentar cambiar de tema.
      —Nuestro noble gobernador parece que se tiene que enfrentar a una auténtica rebelión con esa tribu de los Montes Pirineos… ¿cómo es el nombre?
      —Los cerretanos –le ayudó Cayo Ulpio.
      —Las cosas pintan mal por el norte. Vosotros también tuvisteis problemas con los astures en vuestra misión por tierras vetonas. ¿No es cierto?
      —Otra cosa no se puede esperar de aquellas gentes hasta que no se conquisten todas las tierras de Hispania.
      —Julio César doblegó a los lusitanos y a los gallaecios.
      Cayo Ulpio bebió un sorbo de su vino antes de responder.
      —El inolvidable Julio César doblegó algunas tribus lusitanas y controló a los gallaecios, cierto, pero aún quedan muchos territorios infestados de tribus que no sienten ningún aprecio por Roma y sus ciudadanos. Son poco menos que salvajes, que aún celebran ritos en forma de sacrificios humanos para apaciguar a sus dioses sedientos de sangre.
      —Además, esas tierras nos interesan por su enorme riqueza en metales de gran valía –añadió el joven Cayo Albio— y si encima cuando los dobleguemos sus guerreros se incorporan a nuestras tropas como auxilia, tal como hacen los lusitanos o los celtiberos, nos podrán ayudar a ser casi invencibles.
      Mario Atilio soltó una socarrona carcajada.
      —¡Cómo se nota imberbe tribuno que aún no sabes ni la mitad de lo que debieras! ¡El ejército de Roma ya es invencible! Medio mundo es nuestro por ese indiscutible motivo.
      En ese momento entraron tres esclavos procedentes de la cocina con platos llenos de viandas. Uno de ellos, Ana. Marco la observaba con disimilada atención. Estaba haciendo una buena tarea y no levantaba los ojos del suelo o de los platos.
      —¡Eh, esclava, sírveme!
      La voz atronadora del ya borracho Atilio Varo llenó el salón. Ana se quedó paralizada. Urso acababa de salir de la estancia. Marco bebió de su copa para disimular la atenta mirada que cruzó con Ulpio. El resto de los invitados comía y charlaba ajeno a todo lo demás. Fue un duro momento de duda que se solventó cuando uno de los esclavos, el del edil de Hispalis, Manlio Galeo, se acercó y le ofreció de la bandeja que portaba. El tribuno se sirvió una tajada de pescado. Ana se perdió a toda velocidad a través de las cortinas.
      —¿Esta es la esclava de la que tanto se habla en la ciudad, Galerio Celer? –inquirió Atilio.
      —Esta es.
      —¿Y el motivo de que la compartas con tus invitados es muestra de tu inigualable hospitalidad?
      Marco no contestó. Ulpio intentó cambiar de tema. Atilio le increpó:
      —¡Cállate, Cayo Ulpio, estoy hablando con nuestro anfitrión!
      Ulpio se levantó para lanzarse contra el tribuno, pero la férrea mano de Galerio le detuvo y le hizo volver a su sitio.
      —No le hagas caso, Cayo. Está bebido —le susurró Galerio, aunque no lo suficientemente bajo.
      —¡Cierto –Mario Atilio se rió a carcajadas— estoy borracho, pero eso no impide que mi cabeza funcione ni que lo que tengo entre las piernas tenga vida propia!
      —Noble Atilio Varo si deseas que mi esclavo Urso te acompañe a tu residencia…
      —¡No, Marco Galerio Celer –pronunció el nombre con gesto de asco—, lo que yo deseo no me lo puedes proporcionar tú ni tu esclavo!
      Aún riéndose a carcajadas el tribuno se puso en pie y se acercó a las cortinas que cubrían una de las puertas de la sala. Dos esclavos aparecieron con nuevas bandejas y tras ellos apareció nuevamente Ana. Mario Atilio la agarró con fuerza por la cintura. La bandeja que portaba se cayó al suelo con gran estruendo.
      —¡Lo que yo necesito ahora sólo me lo puede satisfacer ella!
      Ana dio un contenido grito y con ojos desencajados dirigió la mirada hacia Marco Galerio y Cayo Ulpio. Atilio besuqueaba su cuello y su escote con gestos exagerados. Ella se resistió y le golpeó en la cara. El tribuno no se lo pensó dos veces y le estampó en la cara cuatro bofetones que resonaron en la sala como latigazos. Ulpio se puso en pie, pero Marco lo sujetó nuevamente por el brazo.
      —¡Ni se te ocurra! Es sólo una esclava.
      Ulpio dudó un instante y al final cedió y volvió a su sitio. Atilio Varo arrastró a Ana fuera de la sala. Ella pateaba y se resistía. Él reía satisfecho; parecía gustarle la resistencia que ella mostraba.
      Los gritos de la mujer pidiendo ayuda llegaban con total nitidez.
      Crito miraba incómodo su plato lleno de viandas. El edil y el joven tribuno bebían de sus copas. Ulpio y Emilio Paullo miraban expectantes a Marco Galerio esperando una indicación suya para actuar. Éste volvió a susurrar:
      —Es sólo una esclava y Atilio Varo, mi invitado en esta casa.
      Urso apareció tras la cortina y echó un rápido vistazo a la sala. Los gritos de Ana en algún rincón de la casa le indicaron por qué no cumplía con su labor de servir la cena. Miró al amo y el sitio vacío de Atilio Varo. El casi imperceptible gesto negativo que Galerio le dirigió fue suficiente. Urso recogió la bandeja y los alimentos derramados del suelo y esperó.
      Los gritos de Ana suplicando ayuda llenaban la sala. Era evi- dente que se resistía, pero el tribuno, aún borracho, era mucho más corpulento y fuerte que ella. Los gritos y llamadas, ahora en su idioma, se fueron intercalando con los insultos de Atilio, hasta que las llamadas de auxilio de Ana fueron perdiendo fuerza; algo debía de tapar su cara o presionar su cuello. Tras un rato que a todos se les hizo demasiado largo, el ruido cesó por completo.
      Instantes después, el tribuno Mario Atilio Varo entró en la sala limpiándose las manos en su toga. Los restos que dejaba en la tela eran de sangre. Se tambaleaba por la borrachera o quizá por el golpe que tenía sobre su ceja izquierda y que se hinchaba por momentos. La sonrisa seguía pintada en su rostro.
      —Desde luego tu esclava parece un animal salvaje –se rió—. Está un poco vieja y un poco dura, pero, por lo demás, tiene lo que debe tener entre las piernas.
      Miró a su alrededor. Todos los comensales le miraban incómodos, excepto el anfitrión que lo fulminaba con la mirada, pero él ignoró el sepulcral silencio que se hizo tras su vuelta y se tumbó nuevamente en su lectus con aire satisfecho.
      Urso salió rápidamente por las cortinas de la sala.
      La cena continuó.

Se encontraban en el peristilo.
      Atilio Varo le dio un par de patadas en la tripa antes de bajarse la toga y dirigirse nuevamente hacia el triclinio. Ana se quedó unos momentos sin respiración. El dolor que le atenazó las entrañas no consiguió menguar el que le latía entre las piernas. Con enorme dificultad se incorporó e intentó recuperar el resuello. Una enorme mano la tomó por el brazo y le ayudó a levantarse. Ella volvió un poco la cabeza para ver de quién se trataba. Urso. Como impelida por un resorte y con más agilidad de la que se hubiera creído capaz en una situación como esa, se puso en pie al tiempo que se soltaba de la mano del esclavo con evidente gesto de asco.
      —¡No me toques!
      Hipia apareció corriendo desde la cocina con gesto demudado. Lloraba histérica.
      —¡Ana, Ana, qué te han hecho!
      Los otros tres esclavos que servían en la sala iban y venían por delante de ellos sin detenerse salvo para echarle un vistazo de curiosidad a la esclava. A ellos lo que le pasara les traía sin cuidado y cumplían adecuadamente con su obligación.
      Ana echó a correr antes de dejar que Hipia la tocara.
      —¡Dejadme todos en paz!
      Urso corrió tras ella y la cogió por un brazo. Ana se debatió como un gato.
      —¡Ana, no vayas a hacer ninguna tontería!
      —¡Déjame en paz, Urso! ¡No te preocupes que no me voy a escapar, tu amo puede dormir esta noche tranquilo!
      Ana respiraba con evidente dificultad y su voz sonaba cascada; las lágrimas arrastraban la sangre que manaba de varios cortes en sus mejillas. La túnica estaba hecha jirones dejando al descubierto su morena piel; se veían varios golpes y mordiscos en los pechos, el cuello y las piernas.
      —¡No me ha ayudado nadie! ¡¡Nadie!! ¡Este es el castigo que, según tú, me merezco, verdad Urso!
      —Ana, déjame ayudarte –Hipia no podía contener el llanto—. Calentaré agua y…
      —¡No os necesito, a ninguno!
      Se recogió lo que quedaba de túnica y salió corriendo. Urso la siguió hasta ver a dónde iba. La vio perderse por la puerta de la cocina que daba al patio.
      —Hace frío esta noche…
      —Déjala, Hipia. Por primera desde que llegó a esta casa tiene motivos para comportarse como lo hace –tomó la cara de la joven entre sus manos con extrema ternura. No se le podía ir de la cabeza la idea de que lo que le había sucedido a Ana le hubiera podido suceder a ella—. Se le pasará, ya lo verás. Es una mujer muy fuerte y no es ninguna niña.
      El frío de la noche la recibió como un manto protector. La luna llena iluminó su camino. Ana corrió enloquecida hacia el arroyo que, por efecto de las lluvias de días pasados, estaba algo más crecido. Se quitó la túnica y las prendas interiores rotas y se sumergió en el agua. El agua helada le impedía poder respirar, pero no se arredró. Se sumergió arrodillada hasta la cintura y se frotó el cuerpo con furia cada palmo de su piel, intentando que el agua arrastrara el asco que estaba clavado en su corazón y que amenazaba con hacerla vomitar. Lloraba, aunque las lágrimas eran inútiles, vacías. Se tumbó en el arroyo y se sumergió entera de la cabeza a los pies. Sintió cómo la modesta fuerza del agua arrastraba su cuerpo llevándoselo con ella. Deseó dejar de respirar y fundirse; quizá así dejara de sentir, de sufrir. Si abría la boca y dejaba que el agua helada entrara en sus pulmones sin vuelta atrás dejaría de sentirse tan sucia, tan miserable, tan sola.
      Una benévola oscuridad se la tragaba poco a poco.
      Unas manos la arrancaron de golpe del frío abrazo del arroyo, sacándola con un brusco movimiento.
      —¡¡Vamos!!
      La voz de Urso le llegó amortiguada por el zumbido que sentía en los oídos.
      El esclavo la abrigó con una gruesa manta y frotó su cuerpo con firmeza, con cuidado de no rozarle en los moratones que el tribuno le había hecho con sus golpes y mordiscos. Le dio varios golpecitos en el rostro.
      —¡Venga, Ana, abre los ojos!
      Ella movió un poco los párpados, pero no los pudo abrir porque le pesaban como si fueran lápidas. Urso se dio por satisfecho. La cogió en brazos, la arrebujó en la manta, abrigándola, y se dirigió a la casa con paso tranquilo.
      —¡Quieren los dioses que te tenga que arrancar de las fauces de la muerte más de una vez!
      A Ana las palabras de Urso le sonaron extrañamente cariñosas, casi afectuosas, pero siempre tranquilas.
      —Ayer dijiste –la voz de la mujer era apenas un hilo— que si me volvieras a ver en la jaula… mirarías a otro lado.
      Urso no dijo nada. La abrigó mejor y entró en la cocina.

Un llanto de niño le arrancó de los brazos del sueño.
      Abrió los ojos e intentó orientarse en la oscuridad de la noche. La luz entraba raudales a través de las ventanas, procedente del exterior. Miró y comprobó que una enorme luna colgaba del cielo. Se levantó del lecho. El suelo era de madera, cálido y suave. Avanzó despacio intentando no golpearse con el canto de alguno de los muebles que abarrotaban la habitación. Salió a un oscuro pasillo. No sabía por donde debía caminar, no conocía el sitio en el que se encontraba ¿o sí? El color de las paredes, le resultaba familiar y el aroma de la casa no le era extraño. El llanto cada vez se escuchaba más cerca. Se paró a la puerta de un cuarto. Asomó la cabeza. En el suelo, sobre una sábana, descansaba un niño pequeño que lloraba sin consuelo agitando brazos y piernas en un frenético movimiento. Entró en el cuarto, se agachó y lo acarició. La piel del niño ardía por la fiebre.
      —No te puedo ayudar –le susurró— yo no te puedo ayudar.
      El pequeño lloraba cada vez con más intensidad. Ella se tapó los oídos con las manos y cerró los ojos.
      El llanto cesó.
      Abrió los ojos otra vez y comprobó que estaba sentada en un extraño y estrechísimo cubículo, rodeada de vidrios rotos; el fuego y el humo entraban por las ventanas y le abrasaban la garganta y la piel. El olor era nauseabundo, iba a vomitar.
      Miró su regazo. El niño reposaba inerte. No respiraba y tenía la carita negra.
      Gritó aterrada…
      Se sentó en el jergón, gritando.
      Se llevó las manos a la boca intentando detener una náusea.
      En un instante todo volvió de golpe a su cabeza: la boca babosa de ese hombre sobre la suya, sus manos grasientas arañándole la piel, hurgando entre sus piernas. Su olor a sudor, el dolor cuando la penetró, el peso de su cuerpo, sus sacudidas y sus gemidos…
      Lloró arrebatada por la angustia, pugnando por meter aire en sus pulmones. Se apretó la cabeza con las manos, quería arrancarse esas imágenes con las uñas, con los dientes si era preciso. El llanto no servía de nada, no consolaba nada.
      Un gallo cantó en la lejanía una vez, dos. Amanecía.
      Ana se puso de pie con gran esfuerzo. El dolor intenso de su cuerpo no era nada comparado con el asco que la asfixiaba. Se lavó con el agua fría que había en una palangana, se vistió y se peinó. Salió a la cocina y encendió la lumbre del hogar. Tomó una pera de un cesto, la lavó y le dio un mordisco. En un rincón de la cocina había un cesto de ropa sucia. Lo tomó y salió al patio. Quizá si regresaba a su rutina diaria, recuperaría lo que le habían robado.

2 comentarios:

  1. Hola,

    He conocido este blog a través de 20 Minutos, y quería felicitarla por la publicación de sus libros :)

    Me gustaría invitarle a entrar al enlace siguiente; contiene algunas reflexiones que, creo, le pueden resultar interesantes (filosofía, historia, psicología...)

    Un saludo, suerte en el 2012 :)

    Jose

    http://josearnedo.blogspot.com/

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  2. Hola, JOSE ANTONIO, encantada. Muchas gracias por tus palabras. Visitaré con interés tu espacio.
    Suerte a ti también en este año recién estrenado!!!
    Besos miles

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