viernes, 23 de diciembre de 2011

SANATIO: Capítulo XI


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Hispalis
     
Un poco menos de mes y medio habían estado Galerio y Ulpio fuera de Hispalis. El regreso fue mucho más fácil que la ida y más rápido. Los auxilia lusitanos volvieron a sus montes y a Aeminium con su tribu. Su trabajo había sido ejemplar y su colaboración muy valiosa. Ambos tribunos tuvieron motivos más que suficientes para descartar sus sospechas sobre la fidelidad de Césaro y sus hombres. A principios de año se reunirían para iniciar la más que probable campaña contra los mauri y el rey Bogud, si las informaciones proporcionadas por Lucio Naevio, duunviro de Gades, no eran erradas y efectivamente se decidía esta vez a atacar la Ulterior.
      A su llegada a Hispalis el legado de su legión, Tito Fabio Buteo, les recibió como si regresaran de Farsalia. Él tampoco podía esconder su decepción al ver que sus hombres y él eran relegados de la ocasión que las salvajes tierras del norte peninsular les brindaban. Pero la obediencia y la jerarquía eran máximas inviolables en el ejército de Roma y ningún gesto podía dejar entrever la rabia que su corazón escondía.
      Un par de días pasó Marco Galerio en su campamento haciéndose cargo del acomodo de sus hombres y sus monturas, reuniéndose con sus superiores, ocupándose de tareas menores, pero necesarias para el buen funcionamiento de la unidad, embe- biéndose de una rutina que ni deseaba ni le satisfacía. Prefería seguir con sus hombres en algún campamento lejano, organizando estrategias de lucha o asedio. Ante todo era un soldado y la inacción lo devoraba por dentro. Para él la ciudad era un medio inútil donde sentía cómo su fuerza se marchitaba.
      Los rumores le llegaron tan rápido como el viento es capaz de hacer llegar el olor a descomposición de los muertos en el campo de batalla. Al principio no sabía muy bien a quién hacían referencia, dado que todos en el campamento evitaban decirle a la cara lo que se murmuraba a sus espaldas. Fue Ulpio el que le trajo las nuevas con todo su significado. Marco Galerio y Cayo Ulpio se encontraban en el campo de entrenamiento, fuera del campamento, viendo entrenar a los nuevos reclutas. El sol de la mañana por fin se había decidido a hacer algo más que permanecer colgado en el cielo y un agradable calorcillo les envolvía. Cayo le explicó que en la ciudad de Hispalis había una nueva sanadora, una esclava que, en el patio de la casa de su amo, atendía a todo el que se lo solicitaba. Estaba alcanzando una fama notable porque sabía más que los mejores médicos de Roma y curaba lo que muchos habían sido incapaces de curar jamás. Su sabiduría estaba llegando a ser legendaria y su fama flotaba en el aire de la ciudad como si se tratara de un regalo de los dioses.
      Las palabras le llegaron a Marco Galerio al tiempo que una ira incontrolable le hacía estallar el corazón y le nublaba la razón.
      Ana. La esclava.
      No tenía la más mínima duda, y Cayo Ulpio tampoco, que los rumores hacían referencia a su nueva esclava y su misterioso don de sanar y de arrancar a los hombres de las garras de la Parca. Ahora entendía la ausencia de Urso en el campamento. Siempre que Galerio regresaba de alguna misión, Urso acudía a facilitarle la labor de acomodo y se hacía cargo de sus armas, su loriga y demás enseres de su uniforme. Esta vez no había sido así. Inicialmente pensó en la posibilidad de que estuviera enfermo, como aquella vez que se había roto una pierna al caer de lo alto de un muro que estaba reparando, o que se hubiera ausentado para realizar alguna gestión en algunas de las poblaciones vecinas. No. Estaba convencido de que Urso no había venido porque algo tenía que ver en todo esto y así debía ser sin lugar a dudas, dado que en su casa no se hacía nada en su ausencia sin que su esclavo lo permitiera.
      —Marco, no vayas a enfadarte ni a matar a nadie a latigazos hasta que sepas cómo son los hechos.
      A Galerio lo que más le irritaba, más aún que lo que en su casa pudiera estar sucediendo, era el tono condescendiente de su amigo. En el rostro de Ulpio se dibujaba una estúpida sonrisa que lo único que le indicaba era que se estaba divirtiendo sobremanera con sus problemas domésticos. No podía evitarlo pero la ira le hacía cerrar las manos en férreos puños que casi poseían vida propia. Era un esfuerzo sobrehumano el controlarlos.
      —Según me han contado, tu esclava visita sólo a otros esclavos, ésos que no tienen la suerte de tenerte a ti como amo y que cuando enferman sólo les queda la opción de morirse sin ensuciar demasiado y sin molestar a sus aristocráticos señores.
      —Prefiero ignorar esos rumores que me haces llegar impelido, supongo, por tu amistad hacia mí y no porque te haga una gracia enorme y te diviertas con todo esto. Esperaré a regresar a mi casa y, entonces, sabré con certeza lo que sucede.
      La sonrisa socarrona de Ulpio no desapareció con sus palabras y Marco sólo consiguió perderla de vista cuando su amigo se mezcló entre los legionarios novatos que hacían la instrucción, mientras les gritaba y les insultaba poniendo en duda su habilidad y valor.
      Esa misma tarde Urso se presentó ante él. Con la misma falta de efusividad de siempre y con el gesto contenido habitual, le dio la bienvenida. Afirmó que se alegraba de su regreso y de que no hubiera sufrido ningún percance; Galerio no dudó ni un instante de su sinceridad. El esclavo le ayudó a recoger sus pertenencias; esa tarde se marchaba a su domus. No tenía misión alguna que cumplir por ahora, excepto supervisar el entrenamiento de sus jinetes, pero ello no le obligaba a permanecer en el campamento más tiempo. No existía nada anómalo en el comportamiento de Urso salvo que eludía su mirada. Marco lo conocía a la perfección. Eso indicaba que algo le incomodaba, pero que prefería no hablar de ello.
      —Me he enterado de todo lo que está haciendo la nueva esclava en mi casa —dijo Galerio sin dejar mostrar su enojo—. Nada más regresar a la ciudad los malditos chismorreos se han ocupado de ponerme al corriente de los hechos.
      —Lo sé. Me he encontrado con Cayo Ulpio.
      Urso miraba, ya por fin, a Galerio a los ojos con una mirada desprovista de miedo o desafío alguno. Lo único que reflejaba era la aceptación de algo inevitable; mostraba resignación. Marco intentó manifestar una actitud severa en todo momento. Se abstuvo de preguntar a Urso sobre lo que estaba pasando porque dio por supuesto que la responsable de lo que pudiera estar aconteciendo era única y exclusivamente la nueva esclava, que desde su llegada a la casa había conseguido revolver la paz de la que tanto se vanagloriaba.
      Cuando sus cosas estuvieron recogidas se pusieron en camino hacia su casa en la ciudad.
      En cuanto entró por la puerta indicó a Urso que quería hablar con Ana en el tablinum. Allí había sido en el último lugar donde la había visto y donde la había reñido por el desagradable episodio con su tío. «Últimamente se está volviendo una incómoda costumbre –pensó Marco intentando controlar la ira—. Esta estúpida esclava se cree que puede hacer lo que le apetezca en mi casa y no se lo voy a consentir».

—El amo quiere hablar contigo. Ahora.
      Hipia y Ana estaban limpiando dos gallinas para la cena. Ambas se encontraban de espaldas, sentadas en un banco junto al hogar, echando en una saca las plumas que más tarde limpiarían y aprovecharían para rellenar cojines y almohadas. Hablaban de sus cosas y reían divertidas, cuando Urso irrumpió sin previo aviso. Giraron la cabeza al mismo tiempo, sorprendidas. Hipia se puso en pie como impelida por un resorte y se acercó al esclavo, preocupada.
      —¿Con quién quiere hablar el amo? –su voz mostraba angustia.
      —Con ella.
      El esclavo señaló a Ana con un movimiento de barbilla.
      Hipia miró a la mujer con aprensión. Urso tenía clavados sus ojos en Ana como dos puñales. Ella seguía sentada; había girado la cabeza en un primer momento ante la entrada de Urso, pero nuevamente volvió sus ojos a su labor y continuó retirando plumas del animal muerto con dedos temblorosos y torpes.
      —Ahora mismo. Te espera en el tablinum.
      Sin mediar palabra, Ana se puso en pie. Se acercó a una artesa con agua y se lavó las manos. Se secó con un lienzo y sin mirar a nadie ni decir nada salió de la cocina con paso raudo camino de la sala en la que le esperaba el amo. No se preocupó de que Urso o Hipia le acompañaran. No hacía falta que le indicaran dónde estaba la sala, a esas alturas se conocía la casa como la palma de su mano. De hecho su pequeño mundo se reducía exclusivamente a esa casa.
      Ana entró en la sala al mismo tiempo que Ulpio entraba en la misma por el acceso que daba al peristilo; en el último momento, había decidido pasarse por la domus de Marco a ver cómo resolvía el percance doméstico. La esclava se situó frente a Marco que estaba sentado en una de las sillas con las piernas estiradas mientras saboreaba algo que bebía de una copa de terracota. Dedujo que sería vino, el mismo que se encontraba en una jarra que Ana había colocado en una mesita baja junto a la pared una hora antes y que en ese momento se servía Cayo Ulpio sin apartar ojo de ella.
      Cuando Marco Galerio la vio entrar le costó un titánico esfuerzo no dejar entrever su sorpresa ante la apariencia de la esclava; pero aparecer turbado era lo último que deseaba, necesitaba presentar un aspecto severo y duro frente a ella. Había estado ausente sólo unas semanas, muy pocas para lo que era su deseo, y la mujer había sufrido un cambio espectacular en su apariencia en ese mes y medio escaso. El cabello, que siempre había parecido moreno, se mostraba ondulado y rubio oscuro, le había crecido casi un palmo; se lo cubría a duras penas con un paño, aunque varias ondas rebeldes se salían de donde se esperaba que permanecieran y enmarcaban su cara. Sus enormes ojos, entre verde y marrón, no mostraban ni el más mínimo atisbo de temor… ni de prudencia, dado que volvían a mirar retadores a su alrededor. A Marco seguía sin parecerle guapa, la boca, ya sin restos de heridas ni moratones, le parecía demasiado grande, los labios gruesos, su rostro excesivamente anguloso. Pero irradiaba una seguridad que le proporcionaba un digno porte que la embellecía, sin lugar a dudas. Galerio apenas prestó atención a Ulpio que acercó una silla a la suya y se sentó con lentos movimientos mientras observaba, analizaba más bien, los cambios operados en el aspecto y la actitud de la esclava. Su gesto evidenciaba su sorpresa.
      Si Ana percibió la tensión que se había generado en la sala con su presencia, no lo dejó entrever. Por el rabillo del ojo vio cómo entraban en el tablinum Hipia y Urso y se situaban un paso detrás de ella. «Ya estamos todos, puede empezar la fiesta», estuvo a punto de decir Ana, con una mezcla de amargura y enfado por su mala suerte. Hiciera lo que hiciera siempre volvía a tener que comparecer ante este hombre de gesto adusto y fiero, que no parecía en absoluto el dechado de virtudes que día a día Hipia le dibujaba, describiéndole como un amo bueno y paciente, que se desvivía por el bienestar de sus sirvientes. Una vez más se preguntó si sería verdad que él fue su salvador en aquél mercado de Gades y una vez más se negó a creer que el altruismo fuera el motivo que impulsó tan buenas acciones hacia su persona. En el fondo de su corazón sentía cómo el amo destilaba hacia ella un desprecio que no llegaba a entender y que le revolvía las entrañas, obligándola a rebelarse contra su suerte. Esa actitud altanera y prepotente por parte de Marco Galerio, que dirigía directamente hacia ella y hacia nadie más, la impulsaba a la desobediencia y a mostrar un orgullo nada oportuno dado su situación, según le gritaba una vocecilla en algún rincón de su cabeza. Sin el más mínimo atisbo de prudencia, se dedicó a devolver a Marco la mirada que en ella depositaba.
      El silencio en la sala era atronador.
      —En Hispalis todo el mundo habla de ti.
      El esfuerzo que Galerio realizaba por contener su ira era evidente en el temblor de su voz y su ronco tono. Los nudillos de su mano aparecían blancos al cerrarse sobre la copa.
      Ana no dijo ni hizo nada. Sus ojos seguían clavados en los de él.
      —Mi casa está en boca de todos y se habla de la esclava que sana lo que nadie más puede.
      Silencio.
      Marco suspiró enfurecido. La esclava, entendiendo que el hilo estaba a punto de romperse, bajó la vista por primera vez. Su soberbia había sido desplazada por el temor que ese hombre le inspiraba. Tenía muy claro que lo que hacía en el patio estaba bien, que ayudaba a muchos esclavos enfermos, incluso moribundos, que a nadie importaban. Pero no sabía cómo defenderse sin acusar a Hipia o al mudo consentimiento de Urso.
      Marco dejó la copa y se puso en pie tan rápidamente que los tres esclavos dieron un paso atrás. En dos zancadas se colocó a un palmo escaso de Ana y acercó su rostro al de ella, amenazante. Ana sintió cómo le temblaban las piernas, las manos, la cabeza. El amo era mucho más alto que ella y dos veces más corpulento, pero no era eso lo que más la acongojaba: se había encorvado en parte para llegar a la altura de su cara y la actitud era de violencia contenida, como la de un animal. Consciente de que no podía enfrentarse a quien siempre tendría las de ganar, Ana bajó la cabeza, esperando el golpe que no tardaría en llegar.
      Ulpio se puso en pie con gesto preocupado. La escena ya no era tan divertida como pintaba en un primer momento; Marco estaba más enojado de lo que se había pensado y podría salir por cualquier lado.
      —¿Quién te crees que eres para convertir mi casa en un mercado? ¡¿Quién?! –gritó Galerio.
      Ana encogió los hombros a modo de protección ante los gritos y siguió callada. Ulpio se acercó a su amigo.
      —¿A qué derecho te acoges para hacer lo que haces sin mi permiso? –A Marco le faltaba el aire para respirar, estaba rojo de ira— ¿Quién te ha dicho…?
      —¡Yo!
      Era Hipia la que había gritado más que hablado.
      Hipia dio un paso adelante con el gesto demudado por el temor. Todos los ojos, menos los de Ana, se dirigieron a ella.
      —Yo le pedí que ayudara a los esclavos enfermos –su voz tem- blaba penosamente, las lágrimas corrían por sus arreboladas meji- llas—. Ella sabe mucho, se podría decir que los dioses le han dado un don. Se corrió la voz por la ciudad cuando salvó al noble Cayo Galerio y muchos me pidieron que le preguntara si ella… si ella podría ayudarlos.
      Los sollozos a duras penas contenidos se transformaron en llanto y en hipo, aunque Hipia no dejó que esto la detuviera.
      —Tú eres un buen amo, generoso. Un amo bueno. No todos tienen esa suerte y yo creí que no te… Cuando se lo pedí a Ana, ella se negó porque pensó que no te gustaría, que te enfadarías una vez más con ella, que era preciso tu permiso, pero yo la convencí... Le expliqué la penosa situación de muchos de ellos. Y ella accedió.
      El gesto de Marco era de estupor. Miraba a Hipia como si la viera por vez primera. Ana, tan cerca de él que podía sentir su calor, su olor, permanecía con la cabeza baja, los ojos cerrados, las lágrimas corriendo por sus mejillas. Galerio entendió la situación; lanzó una intensa mirada a Urso que recibió el fuego de sus ojos con gesto sereno. Sin pronunciar sonido alguno, Marco preguntó a su apreciado esclavo y él asintió con un escueto movimiento de cabeza. Ya estaba todo explicado y Ana aún no había dicho una sola palabra.
      Galerio bajó los ojos hacia la mujer. Ella sentía su agitada respiración, su lucha por controlar la ira y, aterrorizada, permaneció aún con la cabeza baja.
      —Parece que ya está todo aclarado.
      El agradable tono de voz de Ulpio sirvió de bálsamo apaciguador, que rebajó en gran medida la tensión que se respiraba en esa sala. Marco aprovechó el punto de ruptura que su amigo le había brindado y retrocedió un par de pasos, pero no apartó la mirada de la esclava.
      —¡Mírame, mujer!
      Ana levantó el rostro, aunque mantuvo los ojos bajos. Le humi- llaba sentirse tratada como una cosa. Ni siquiera se dignaba a llamarla por su nombre que ya conocía de sobra.
      —¿Cuántos esclavos recibes al día?
      El tono, ahora más relajado, de Marco animó a Ana a volver a mirarlo. Él no pudo evitar un escalofrío cuando sus bonitos ojos se posaron en los suyos. Ya no eran retadores, buscaban conciliación y paz. Brillantes por las lágrimas le parecieron hermosísimos.
      —De ocho a diez, depende del día —contestó Ana en un susurro.
      Aunque intentó con todas sus fuerzas proporcionarle a su voz la fuerza que poco a poco volvía a fluir por sus venas, no pudo evitar que le temblara. Ulpio apareció nuevamente en su campo de visión, tras Galerio, y su penetrante mirada ayudó a robarle el escaso aplomo que había recuperado. Ese hombre la miraba de una forma que la desarmaba, la aniquilaba con esa extraña mezcla de curiosidad y bravuconería.
      —¿Cobras por tus servicios? –preguntó nuevamente Marco.
      —Nada en absoluto, aunque algunos me han hecho algún pequeño obsequio de agradecimiento. Cosas sin valor.
      —¿Cumples con las obligaciones que te corresponden en la casa?
      —Se levanta antes que nadie para que le dé tiempo a todo. Nunca ha dejado nada por hacer.
      A todos les sorprendió la intervención de Urso con su voz tranquila, grave, pausada.
      Marco avanzó, una vez más, un paso hacia Ana que hizo grandes esfuerzos por permanecer serena, inmutable.
      —Jamás te acercarás a persona libre alguna, sea ciudadano romano o no. Jamás cobrarás por tus servicios. Jamás postergarás tus obligaciones para atender a nadie. Tendrás que hacerlo de tal forma que, mientras yo esté en esta casa, ni me entere de trasiego alguno de esclavos ni de sus chácharas ni de sus ruidos. ¿Está suficientemente claro?
      —Sí, lo está.
      Marco observó el sutil cambio que había sufrido la expresión de Ana. Su rostro brillaba con una contenida alegría que se apreciaba por el brillo de miel y musgo de sus ojos. Se sorprendió observando un mechón de ondulados cabellos que se le había quedado enganchando en las pestañas y que se movía al ritmo de su pausado parpadeo. Contuvo el necio impulso de apartarlo. Galerio cerró los ojos; se sentía cansado, abatido, y sólo se le pasaban por la cabeza ideas estúpidas. Se giró y dio la espalda a los esclavos. No se le escapó el gesto de preocupación de Ulpio y la intensa mirada que dirigía a la esclava.
      —Ahora vete. ¡Idos todos a cumplir con vuestras obligaciones! –chilló Galerio.
      Hipia, Urso y Ana se marcharon en silencio. Nadie pudo ver la mirada de complicidad y la  sonrisa de alegría que compartieron las dos mujeres camino de la cocina. «Sí –pensó Ana—, una vez más he salido bien parada, pero este hombre me odia a muerte y a la primera oportunidad que tenga me hará pagar todas mis pequeñas victorias». Tampoco podía dejar de pensar en cómo se las apañarían a partir de ese día para esconder sus salidas, muchas de ellas nocturnas. Llevaba ya siete u ocho partos difíciles en los que había tenido que acudir a la casa de la parturienta y estar ausente varias horas, sin contar las visitas a los moribundos. Mientras que el amo había estado fuera, la cosa no había sido difícil de solventar, pero ahora que estaba en la casa la cuestión tomaba un cariz distinto. «Estoy metida en un buen lío y no veo cómo voy a poder poner solución a esto. No puedo demostrar que soy una persona libre; sin pruebas ese hombre jamás me dejará libre así como así y, ahora menos que nunca, después de dos partidas ganadas a su soberbia. No hay vuelta atrás y esto sólo puede ir a peor».
      Urso salió al patio sin decir palabra. Hipia se dispuso a preparar la cena. Ana se sentó en el banco y terminó de desplumar las gallinas; suspiró profundamente intentando controlar el miedo que le atenazaba el corazón. Decidió que lo mejor era volver a sus quehaceres. Estar ocupada y no pensar demasiado, porque lo que tuviera que suceder, sucedería.

En el tablinum Marco se llenó hasta arriba la copa con perfumado vino y la vació de un solo trago. Cayo Ulpio, a su espalda, daba pequeños sorbos del suyo.
      —Marco, no entiendo por qué odias tanto a esa mujer.
      —Estás equivocado, no la odio.
      La tensión y el agotamiento transformaron su voz en un ronquido profundo, casi cavernoso. Volvió a llenarse la copa y se sentó junto a su amigo.
      —Esa mujer tan extraña y tan soberbia, me reta constantemente con su actitud, con su porte altanero.
      —Se comporta como lo que ella afirma que es: una persona libre.
      Marco soltó una cínica carcajada.
      —¡Hasta hace poco no recordaba ni su nombre y ahora resulta que recuerda, sin ninguna sombra de duda, que es una persona libre!
      —Urso me contó que todos los indicios…
      Marco se puso en pie irritado.
      —¡Deja ya de hablar de cuestiones estúpidas, Ulpio! No entiendo qué le ves a esa esclava para que la defiendas tanto.
      Cayo Ulpio se levantó y se acercó a su amigo.
      —¿Por qué no me la vendes?
      Galerio dibujó en sus labios algo parecido a una sonrisa, pero sus ojos permanecieron tan vacíos como un pozo seco.
      —Sí, quizá esa sería la mejor solución: perderla de vista –aún sonriente palmeó afectuosamente el hombro de Ulpio—. Déjame que me lo piense. En unos días hablamos.
      Marco volvió a vaciar de un trago su copa.
      —Supongo que te quedas a cenar conmigo.
      —Por supuesto, amigo –dijo Ulpio con tono desenfadado—, jamás me perdería un guiso de Hipia; los dioses no me lo perdonarían.
      Ambos rieron y se dirigieron al triclinio.
      En los últimos tiempos a Ulpio ya no le gustaba tanto compartir sus ratos de esparcimiento con Marco Galerio. Se había vuelto huraño, de agrio carácter, desagradable cuando bebía, lo que era cada vez más frecuente. Consideraba la posibilidad de que los acontecimientos de cuatro años atrás hubieran dejado más huella de la que en apariencia se apreciaba. Pero también consideraba como más que probable que la nueva esclava tuviera algo que ver en lo que le sucedía. La mujer le retaba constantemente con su actitud, jugaba con un fuego que podía abrasarle las manos, aunque hoy había comprobado cómo ella se había batido en retirada, con una acertada prudencia, cuando Marco estaba a punto de perder el control. Había sido un episodio desagradable, casi ridículo.
      No. Hoy no era el día que más le apetecía compartir cena con su amigo y, sin embargo, se quedaba. La excusa podrían ser las sabrosas viandas que Hipia preparaba, pero no lo era. Ulpio debía reconocer que en el fondo de su corazón ansiaba volver a ver a Ana, aunque sólo fuera un instante.

Su traje de novia era muy bonito. Sonreía y era feliz. El cabello, recogido en un hermoso peinado, aparecía decorado con flores frescas que llenaban su espíritu con su agradable aroma. Varias mujeres revoloteaban a su alrededor acicalándola y gastándole bromas subidas de tono, mientras sus risas llenaban de ecos cantarines la habitación. Por la ventana el cielo era azul, luminoso. Un relámpago lejano anunció la tormenta que se acercaba. Entonces, negras nubes apagaron el sol, tiñendo la escasa luz de matices grisáceos. Las flores de su cabello se marchitaron. Su bonito vestido se tornó negro y hediondos jirones cubrieron su cuerpo. Sintió un intenso dolor en el vientre. Con las dos manos se palpó el prominente abdomen que se contraía brutalmente en unas insoportables sacudidas. Quiso pedir ayuda a las mujeres que con ella estaban, pero cuando miró a su alrededor todas habían desaparecido. Las piernas le flaquearon haciéndola caer al suelo y el dolor llegó al límite de lo que podía aguantar. Su vientre se rasgó de lado a lado. La sangre manaba a borbotones. «¡Voy a morir y mi pequeño también!». Cerró los ojos y sintió una brutal sacudida. Cuando se atrevió a mirar el fuego lo rodeaba todo, el humo no la dejaba respirar y el cuerpecito de su pequeño descansaba sobre su regazo, inerte y frío. Lloró desesperadamente, sin embargo, de sus ojos no brotó ni una lágrima. Varias voces lejanas la llamaron; decenas de manos aparecieron a su alrededor invitándola a asirlas y a salir de ese infierno, pero ella sólo quería llorar y que su pequeño volviera a abrir los ojos…
     Un grito desgarrador.
      Ana se despertó sobresaltada. Estaba empapada en sudor, temblorosa. Se incorporó y se palpó el rostro que encontró húmedo y pringoso. Esta pesadilla había sido mucho peor que todas las que plagaban sus sueños noche tras noche… ¡Había sentido tanto dolor, tanta angustia, era todo tan real! Se palpó el vientre con la aprensión de encontrarlo desgarrado. Se levantó la camisa y buscó en la piel alguna cicatriz, alguna marca. Apenas había luz y no pudo apreciar nada extraño. Se tumbó, dejándose caer agotada.
      Cerró los ojos esforzándose por recuperar la calma. Las imágenes volvían nuevamente en toda su crudeza, plagadas de detalles, de olores, de sonidos. «Esto no es una pesadilla –pensó horrorizada—, esto lo he vivido de verdad, sea lo que sea lo que representa»
      El sueño esa noche no volvió a buscarla. Tras la oscuridad de sus párpados sólo veía la carita de un precioso niño.
      «Mi hijo»

Gracias al jabón y a la lejía que había elaborado con cenizas, la tarea de lavar la ropa era bastante llevadera. Los primeros días se le llenaron las manos de heridas y grietas y el dolor llegó a ser insoportable porque, aunque el jabón funcionaba, frotar había que frotar para que algunas manchas desaparecieran. Por la noche se las envolvía en lienzos impregnados de aceite de oliva y vinagre, pero al día siguiente, al retomar su tarea, volvían a sangrar y a dolerle. Según fueron pasando los días, la piel se le curtió y ya no era tan frecuente que se le abrieran grietas. El problema entonces fue el frío. Para poder atender a los esclavos que empezaban a aparecer por el patio hacia media mañana, debía iniciar su trabajo nada más salir el sol, por lo que el aire frío de esas horas le cortaba, incluso, la respiración y le convertía las manos en dos trozos de madera insensibles, lo que dificultaba su labor. Eso sí, según iba lavando y frotando entraba en calor y raro era el día que no terminaba sudorosa y arrebolada por el esfuerzo.
      La noche casi en vela que había pasado después de despertar por las pesadillas le robó la vitalidad de la que disfrutaba cada día. Era eso lo que la tenía tan abatida o quizá el hecho de saber que el amo se quedaría en la casa durante un tiempo indefinido, ya que hasta principios de año no tenía obligaciones con su legión. Varios problemas se arremolinaban en su cabeza y le quitaban la serenidad de la que había gozado varias semanas.
      Dos piezas de ropa le quedaban por aclarar. Como eran blancas, las metería en lejía para que desapareciera el tono amarronado que le daba el uso. Aún de rodillas, las escurrió retorciéndolas para quitar el exceso de agua.
      —Sí que empiezas temprano a trabajar.
      Ana dio un respingo y soltó un exabrupto en su idioma por el susto, al tiempo que se giraba hacia el origen de la inesperada voz y se llevaba una mano al pecho. La risa de Ulpio no tardó en llenar la mañana, un sonido agradable en medio de tantas preocupaciones que abarrotaban su corazón. La mujer se puso en pie y recogió las prendas del agua. Ganas le daban de golpear al hombre con una de ellas en la cara por haber tenido la mala idea de asustarla. Aún sentía el corazón en la garganta por la impresión. Por allí casi nunca iba nadie, ni siquiera Hipia o Urso.
      —No tengo ni idea de lo que ha salido de tu boca, pero por el tono y tu ceño, juraría a que ha sido algo nada digno de una señora.
      Ana notó cómo su enfado crecía al mismo ritmo que la sonrisa aumentaba en esa cara de hombre-libre-rico-satisfecho-de-sí-mismo. 
      —Esta marca en mi brazo –se señaló la marca de esclava— indica que no lo soy, por lo tanto puedo decir lo que me de la gana. Además no creo que ninguna señora tenga que lavar la mierda de otros en un río helado y de rodillas.
      Ulpio se rió nuevamente.
      —Veo que tanto en tu lengua como en la nuestra encuentras siempre la palabra adecuada para cada momento.
      La esclava se dispuso a coger la cesta con la ropa ya lavada, pero Ulpio se interpuso en su camino. Ella le miró. Él aún sonreía, aun- que, lejos de ser un gesto socarrón o cínico, era una sonrisa que pretendía mostrara sus amistosas intenciones. Aún así, Ana desconfió.
      —No quiero burlarme de ti –Cayo dio un paso atrás intentando mostrar una actitud conciliadora—. Siento por ti un respeto que no sentiría jamás por muchas aristocráticas señoras de esta ciudad ni de Roma, créeme.
      Ana ignoró sus palabras y, dando un amplio rodeo alrededor de Ulpio, tomó su cesta del suelo, añadiendo las dos prendas de ropa. Sin volverse hacia él, tomó camino hacia la casa. Cayo la siguió dos, tres pasos.
      —Me pareces una persona muy interesante y estoy convencido de que eres una mujer libre –Ana se detuvo pero no se giró. Cayo se animó—. Sólo hay que verte cómo hablas, con qué aplomo te mueves, con qué confianza miras a los ojos de los demás. Lo haces como alguien habituado a ello.
      Ella seguía de espaldas.
      —¿Y de qué me sirve que tú me creas? No eres mi amo.
      Ulpio se acercó a ella por detrás.
      —Marco Galerio es mi mejor amigo. Habrás visto que cuando le hablo me escucha, que consigo que apacigüe un tanto su enfado.
      Ana se volvió y le miró directamente a los ojos.
      —¿Qué quieres de mí?
      Ulpio le ofreció su mejor sonrisa que a ella se le contagió pero que se esforzó por contener.
      —Sólo me gustaría hablar contigo, quizá ser tu amigo, como lo son Urso o Hipia.
      —El amigo de los esclavos. Seguro que te gusta repetírtelo todos los días cuando el sol se pone y te vas a dormir.
      Por primera vez, Ulpio no supo qué decir. Ella se envalentonó. Dejó la cesta en el suelo sin dejar de mirarlo y tomó aire.
      —Sólo te mueve una morbosa curiosidad, lo veo en tus ojos. Te preguntas qué clase de mujer soy, de dónde vengo, quién soy. Te divierte muchísimo ver cómo me enfrento a… al amo, pero me ves como si fuera un animal extraño; asistes a los juicios a los que tu gran amigo me somete como el que acude al circo. Yo no necesito a alguien como tú. He entendido que estoy sola, no me tengo ni a mí misma. Estoy a la mitad, no me recuerdo, no me reconozco y sufro por ello. Y eso no parece importarle a nadie y menos a ti. Tú sólo buscas en mí diversión.
      Sin poder vencer el impulso, Ulpio la cogió por un brazo, enfadado. Apretó demasiado, sin desearlo. Ella se retorció intentando desasirse y evitando con todas sus fuerzas soltar un lamento de dolor; en ningún momento apartó su mirada de los ojos de él. La rabia superaba cualquier otra sensación. El forcejeo sólo duró un instante y, por fin, Ulpio soltó su presa.
      Ana cogió nuevamente su cesta con una rabia contenida. Se moría de ganas de masajearse el dolorido brazo que le latía intensamente, aunque antes prefería caer muerta que mostrar el daño que le había hecho. Sentía la garganta prieta por el llanto, pero respiró hondo. Él la miraba con cierto arrepentimiento que fue rápidamente superado por el orgullo con el que inmediatamente brillaron sus ojos.
      Ella se aclaró la garganta, tomó aire y le espetó con ironía:
      —¿Ves? No te necesito. Si buscara a alguien, que no lo busco, sería una persona que creyera en mí y en mi condición de libre. Tú dices creerme, pero en cuanto te hablo como si lo fuera no dudas en hacerme volver al lugar que todos vosotros me habéis asignado. Y te aseguro que ese no es mi sitio.
      Ulpio avanzó un paso hacia ella.
      —No estoy acostumbrado a que me hablen como lo haces tú. Pocas mujeres se comportan o hablan como tú.
      El tono de voz de Cayo ya no era relajado ni divertido. Sus ojos se habían oscurecido al apagarse en su rostro su sonrisa.
      —Marco Galerio tampoco acepta ese tono. Ninguna persona libre lo aceptará. Eso debes comprenderlo. No sé de donde vienes ni cómo son las costumbres de tu pueblo, pero no está de más que aprendas cómo son las costumbres en Roma. Conseguirías mucho más de Galerio –prosiguió con un tono más suave, una sonrisa nuevamente asomando en sus labios— si no fueras tan altanera ni tan soberbia ni tan contundente. Ponle algo de miel a tus palabras, no invites a la guerra con tus ojos y Marco será más benévolo. Cualquier otro en su lugar ya te habría arrancado la piel a latigazos, no lo dudes.
      —Me dices que me comporte como una esclava…
      —Te digo que te comportes como una mujer romana de buena cuna y exquisita familia.
      Ulpio sonrió. Sus ojos volvieron a brillar entre azul y verde.
      Se miraron durante un instante. Ana sopesó sus palabras y no pudo contener una sonrisa contagiada por la de él. Parecía tan sincero que necesitaba creerle.
      —Quizá tengas razón.
      —La tengo. La tengo, no lo dudes.
      Ana se volvió y caminó varios pasos hacia la casa, creyendo la conversación por finalizada.
      —Es cierto que siento curiosidad por ti –dijo Ulpio; ella detuvo sus pasos una vez más y se giró—, ya has visto que no es muy habitual encontrar a nadie como tú por aquí. Sin embargo, no creo que eso deba ser algo que te produzca rechazo. Yo puedo serte muy útil.
      Ella le miró, aunque no dijo nada. Él avanzó un poco más.
      —Es cierto también que has tenido suerte de encontrar en tu camino a alguien como Marco Galerio. Pocos hay como él. Pero… pero no puedo dejar de pensar qué habría pasado si el que te hubiera encontrado en ese mercado de Gades hubiera sido yo y no él.
      No pudo interpretar su gesto ni la expresión de sus ojos. Ana estaba desconcertada. Quizá estaba jugando con ella y no entendía las reglas.
      Suspiró. Prefirió ser prudente.
      Aseguró la cesta en su cadera, se volvió y continuó su camino hacia la casa sin añadir nada más. Porque nada de lo que se le ocurría sería bien recibido por un hombre como él. Necesitaba un aliado, alguien en el bando de los ganadores que le indicara el camino. Mejor éste que ninguno. Por eso era mejor no añadir nada más.
      Ulpio vio cómo se alejaba Ana hacia la casa. La mujer se había permitido la última desfachatez: la de marcharse sin despedirse con respeto como era esperado, dándole la espalda. Se agachó y tomó unas piedrecillas del suelo que lanzó al arroyo sin dejar de sonreír y sin saber qué pensar de una mujer tan extraña.
      Ni Ana ni Ulpio se dieron cuenta de que alguien los miraba. Desde el otro lado del arroyo, tras un pequeño grupo de árboles, Urso les observaba sin perder detalle.


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