domingo, 11 de diciembre de 2011

SANATIO: Capítulo X


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Tierras de lusitanos y vetones

El campamento de los lusitanos se encontraba a algo menos de media milla del que los romanos se habían construido cerca del río Zêzere. Desde que Marco Galerio y sus turmas se habían reunido con Cayo Ulpio y sus tropas esa misma tarde, no habían vuelto a encontrar rastros o indicios de los hombres y jinetes que les habían seguido desde Civitas Igaeditanorum; se habían disipado como la niebla. Marco le refirió a Ulpio sus dudas y la posibilidad de que se tratara, no sólo de astures, sino de hombres de Césaro cuya misión fuera vigilar sus pasos hasta el punto de encuentro.
      —No me preocupa demasiado que puedan ser lusitanos –afirmó con gravedad Ulpio—, me preocupa que se trate de astures. Estas tierras no son las suyas y que se alejen tanto de su territorio sólo puede significar una cosa: que se están preparando, que están revisando la zona por la que tienen intenciones de atacar, que es justo la más débil de esta provincia. Con apenas destacamentos y casi ninguna ciudad de importancia que pueda cerrarles el paso, estas tierras son prácticamente un coladero.
      —Daré órdenes de que parta un mensajero hacia Cordura con una carta tuya para el gobernador.
      Ulpio asintió, serio y se dispuso a redactar el escrito en un papiro. Le gustaba que Marco Galerio y él volvieran a estar juntos de servicio. Ambos sabían a la perfección qué pensaba el otro en todo momento; eso hacía innecesarias muchas órdenes banales y las reiteraciones. A lo que no se acostumbraba ninguno de los dos era a la diferencia de rango. Siempre habían tenido el mismo grado, pero ahora no. El cargo de tribuno angusticlavio de Ulpio lo convertía en inmediato superior de Marco y oraba a diario a los dioses que pudieran escucharle para que eso no les enfrentara jamás, cosa poco probable dado el carácter respetuoso de Galerio con la jerarquía, pero en absoluto imposible, si recordaba los enfrentamientos pasados años atrás entre los dos, de los que no habían hablado jamás y que, por lo tanto, aún no habían solventado. Se habían limitado a coser la herida y no le habían extraído antes la ponzoña que la había envenenado. Los dos pretendían retomar su amistad en el punto donde la habían dejado cuatro años atrás, antes de que todo empezara a complicarse como lo hizo.
      Marco Galerio se levantó y salió de la tienda. Mantuvo unas palabras con el jefe de su guardia que esperaba a la puerta, mientras Ulpio escribía.
      —Tengo entendido que Roma le ha concedido a Cneo Domicio una legión más, para afrontar estas tierras y la de los astures y cántabros –afirmó Ulpio cuando Galerio regresó.
      —Sería lo más adecuado. Con sólo dos legiones no se puede defender y batir un territorio tan basto.
      Un decurión pidió permiso para entrar. Ulpio se lo dio con un gesto de su mano sin levantar la vista de su cálamo y sin dejar de escribir. El hombre hizo el saludo de rigor y habló:
      —Nobles tribunos, he avisado a los centuriones para que se reúnan con vosotros, tal como habéis ordenado y dos jinetes estarán prestos para partir hacia Corduba una hora antes de amanecer.
      —Muy bien, decurión –dijo Marco—. Puedes retirarte.
      El hombre saludó con el brazo y se dispuso a salir.
      —Apio Póstumo –el decurión se giró de nuevo ante la llamada de Ulpio—. Que los centinelas informen cada hora de los movimientos del campamento lusitano.
      —Como ordenes, tribuno.
      Nuevo saludo y el decurión se perdió, ya sí, en la oscura noche.
      Ulpio terminó de escribir en la tablilla, la cerró y la selló. Marco se sentó en una silla frente a él, dejando caer todo el peso de golpe en tan minúsculo mueble y poniendo a prueba su resistencia. La silla crujió a modo de protesta.
      Ulpio se recostó en el escueto respaldo de la suya.
      —Te veo muy cansado, Marco.
      Galerio suspiró y se masajeó el puente de la nariz con los dedos.
      —No duermo bien, eso es todo.
      —Nos quedan aún largas jornadas de trabajo.
      Marco le fulminó con la mirada.
      —No te preocupes, tribuno, cumpliré con lo que se espera de mí.
      —No pongo en duda, ni por un momento, tu capacidad –Ulpio sonrió conciliador—. Quiero que trabajemos juntos como antes. Que seamos un solo cuerpo con dos inteligencias.
      Marco observó detenidamente a su amigo. Ulpio no supo interpretar su intensa mirada. Agradeció que tan tenso momento se viera interrumpido por la entrada de los centuriones de ambas unidades, que tras los saludos de rigor, se pusieron con los tribunos a delimitar su estrategia de los próximos días y a definir la asamblea que al día siguiente sostendrían con los jefes lusitanos. La reunión terminó un poco antes de medianoche. Tras irse a descansar a su tienda, Galerio consiguió arrancarle a la noche algunas horas de sueño, aunque plagadas de pesadillas desconcertantes que, lejos de proporcionarle descanso, contribuyeron a dejar su cuerpo como si hubiera sido pisoteado por una manada de caballos salvajes. El humor con que afrontó la mañana era acorde con el aspecto del cielo, que les recibió de amanecida plagado de negras, espesas nubes y un gélido viento que escocía en la piel.
      Mediante el intercambio de mensajeros, ambos grupos acordaron reunirse en el campamento romano. Pasaban dos horas desde el amanecer cuando, por la ladera, los centinelas vieron acercarse una comitiva formada por unos cincuenta jinetes, dirigida por el que abría la marcha y que controlaba el paso de los demás a base de gestos con sus manos y silbidos. Los caballos avanzaban en un ligero trote que denotaba la aparente despreocupación de quienes los montaban, importante carta de presentación a la hora de ser recibidos por la representación en aquellas tierras del imponente poder militar de Roma.
      A las puertas del campamento les esperaban, desde que habían sido avistados por los centinelas, el tribuno angusticlavio, Cayo Ulpio y el tribuno de caballería, Marco Galerio, ambos escoltados por todos los centuriones de ambos cuerpos y sus correspondientes portaestandartes, aparte de una guardia de diez hombres por cada cuerpo. Marco había insistido en que debían recibir a los lusitanos a caballo, pero Ulpio se negó en rotundo; afirmó que los gestos en este tipo de situaciones son fundamentales. Al recibir a Césaro y sus gentes a pie mostraban una actitud amistosa, no beligerante y se les reconocía su autoridad dentro de su tribu para negociar asuntos tan vitales. En definitiva se les reconocía su valía y su importancia para Roma. Sin embargo, ello no era óbice para que, dentro del recinto del campamento, casi todos los legionarios y la mayoría de la caballería, permanecieran alertas con sus armas en la mano dispuestos a actuar rápidamente ante cualquier movimiento de ataque inesperado por parte de los lusitanos. Era necesario mostrar confianza en un posible aliado, pero nunca era aceptable el exceso de dicha virtud ni bajar la guardia. La propia vida y la de muchos hombres estaban en juego.
      Césaro hizo un gesto con la mano a sus hombres y todos se detuvieron a la vez, a unos veinte pasos de la representación romana. De un simple vistazo se reconocía quién mandaba entre esos hombres aunque todos mostraban una vestimenta similar formada por túnicas cortas hasta las rodillas, petos de cuero o metal, abrigados con sagum, con trapos enrollados en las pantorrillas, la mayoría descalzos. Portaban un escudo redondeado colgado a la espalda y una espada corta y recta que sujetaban a un lado de su montura; ningún emblema adornaba sus ropas o yelmos que los diferenciara unos de otros, mostrando alguna jerarquía. La majestuosidad del jefe lusitano, que se presentaba algo más avanzado con respecto al resto, estaba en su porte, en su semblante atento y grave, en su mirada suspicaz, inteligente. De tez morena, cabello negro y largo que le enmarcaba un rostro duro, con largo bigote y barba de igual tono que daba a su cara un aspecto más maduro de lo que era en realidad. Los ojos de los romanos se posaron todos a una en este hombre singular como se haría con un gato salvaje a punto de saltar sobre sus rostros. El silencio era sólo roto por el trinar lejano y vibrante de los pájaros en las riveras del río, el piafar inquieto de alguna de las monturas y el golpe sordo de sus cascos en la tierra húmeda. Ambos bandos se observaban con detenimiento.
      Ulpio se adelantó un par de pasos, levantó su brazo a modo de saludo y les habló en su lengua:
      — Os damos la bienvenida en nombre de Roma y su pueblo. Os recibimos en paz en nuestro campamento y os agradecemos vuestra comparecencia.
      Césaro contuvo una sonrisa; un brillo burlón iluminó sus oscuros ojos que semejaron jades. Levantó su brazo imitando el gesto del oficial romano y luego cerró su mano en un puño al tiempo que cruzaba el brazo sobre su pecho. Sin mediar aún palabra alguna hizo otro gesto con su mano y, al tiempo que él y seis de sus hombres descabalgaban, el resto tomaron las vacías monturas por sus riendas y se retiraron varios pies más allá; nunca demasiado lejos de su jefe.
      —Sed bienvenidos, romanos –Césaro hablaba en un aceptable latín—. Siempre es agradable ser recibido por extranjeros que se toman la molestia de hablar en nuestra lengua, pero las vicisitudes de los últimos años nos han hecho entender que también es preciso dominar el idioma del conquistador; así es más fácil saber cuales pueden ser sus pensamientos, sus intenciones.
      El semblante de Césaro se iluminó en una enorme y radiante sonrisa de autocomplacencia. A Cayo Ulpio le costó contener un gesto de sorpresa, no así a Marco Galerio que permaneció impertérrito.
      —Bueno es que ambos pueblos se entiendan, sin duda. Siempre es más fácil si se conoce la lengua del otro –Ulpio hizo un gesto de bienvenida con el brazo—. Hemos venido para negociar nuestra alianza y es mejor hacerlo en buen ambiente. Entrad en nuestro campamento y hablemos en mi tienda cómodamente.
      Césaro dudó un instante aunque no perdió ni por un instante su sonrisa, ya cínica. Susurró unas pocas palabras a sus hombres y con semblante decidido y serio se dirigieron hacia donde se encontraban los oficiales romanos. Césaro se plantó ante Ulpio y éste le dirigió unas palabras de cortesía en su lengua. Las tropas romanas se abrieron en dos grupos homogéneos delimitando un pasillo y la legación lusitana entró en el campamento, seguida de cerca por Cayo Ulpio,  Marco Galerio y los centuriones.
      Las negociaciones se realizaron en la amplia tienda de Ulpio y se desarrollaron durante cerca de cuatro horas. Al final ambas partes salieron satisfechas de los acuerdos alcanzados que establecían que los lusitanos colaborarían con la legión XXX como auxilia de caballería, aportando entre quinientos y seiscientos jinetes, es decir, unas dieciséis turmas, cuyo mando recaería en Ausa, nombrado jefe del ejército lusitano por los ancianos de su tribu y por Césaro, como su sucesor y lugarteniente, aunque el mando romano sería responsabilidad de Marco Galerio y a él directamente estarían supeditados en la jerarquía de dicha legión. A cambio, saldrían beneficiados en los repartos de los futuros botines tal como estableciera el legado propretor o en su defecto, de un salario. La vigencia de ese acuerdo sería por un año, transcurrido el cual los jinetes lusitanos que lo desearan podrían enrolarse en la legión. En el acuerdo se incluía que Césaro y sus hombres les acompañarían en su misión de exploración en tierra de vacceos y vetones, en los alrededores de Salmantica, para posibilitar la construcción de una calzada romana desde Vicus Caecilius
      Césaro partió del campamento romano para reunirse con el resto de sus hombres e, inmediatamente, un mensajero partió hacia Aeminium, para informar a Ausa y al consejo de la tribu del acuerdo alcanzado. Ulpio y Marco Galerio observaron las idas y venidas de los lusitanos desde el parapeto de su campamento. Esperaban que la confianza que habían depositado en los nuevos auxiliares lusitanos mereciera la pena. Cayo soltó al gélido viento las palabras que se agolpaban en la cabeza de su compañero, como si le hubiera leído la mente:
      —Nuestra suerte a partir de mañana está en las manos de ese gato salvaje que maúlla en latín.
      Marco Galerio no pudo contener una sardónica sonrisa que no consiguió proporcionar ningún brillo a sus apagados ojos.
      —Todas las dudas que nos mortifican serán disipadas en los próximos días –añadió Marco—. Mientras tanto, deberemos evitar dormir sin tener nuestra espada en la mano.
      Dos días más tarde partieron rumbo al norte. Los campamentos fueron desmantelados. Césaro y sus hombres empezaron a aceptar las órdenes de ambos tribunos de tal forma que acataron la distribución de su caballería como vanguardia, alas y retaguardia, de tal forma que sus jinetes envolvían a los legionarios de a pie, más vulnerables, en el avance. Un par de exploradores romanos y otro lusitano se adelantaron varias millas para reconocer los terrenos y poder marcar a los demás el camino más seguro y adecuado a seguir. Al día hacían una media de veinte a veinticinco millas, limitados por el avance a pie de los legionarios, y acampaban por separado, siempre en la cercanía de algún río o arroyo y en zonas despejadas o altozanos que facilitara su defensa. Los días eran muy fríos lo que empeoraba al caer la noche. El sol les acompañó todas las jornadas durante las horas diurnas, pero no calentaba, era sólo un disco pálido colgado de un cielo grisáceo. El suelo estaba tan helado que crujía bajo sus pies y los cascos de los caballos. Los prados y montes aparecían cubiertos de una capa blanquecina a todas horas del día, por efecto del rocío congelado.
      Fue durante la segunda jornada de avance cuando los exploradores indicaron, sin lugar a dudas, que les estaban siguiendo. Césaro expuso a Marco Galerio la necesidad de modificar el rumbo para evitar las zonas más escarpadas cercanas a la sierra y disminuir así la posibilidad de una emboscada en un terreno en el que la defensa fuera difícil. El avanzar en terrenos abiertos posibilitaba que el efecto sorpresa fuera menor y que la respuesta a un ataque fuera rápida y efectiva. Así se hizo. El cambio de rumbo aumentaría la distancia que debían recorrer hasta Vicus Caecilius, pero debía primar la seguridad de la expedición. Los exploradores avanzaron hasta la población vetona-lusitana de Capara [1].
      Ulpio consideró conveniente que todos los hombres marcharan preparados para reaccionar de inmediato ante un posible ataque; así los hombres cargaban con su impedimenta, pero los escudos iban al descubierto y sus espadas al cinto.
      Al amanecer de la cuarta jornada se produjo el ataque. Un enjambre de hombres apareció de la nada y bajó por una empinada pendiente con sus falcatas en la mano, corriendo, chillando enloquecidos, mientras que una hilera de arqueros y honderos disparaban sus proyectiles desde una posición elevada. Los legionarios, oficiales y soldados, se quitaron rápidamente los mantos y adoptaron de inmediato una disposición defensiva en cuña, en perfecta formación, blandiendo en actitud protectora sus escudos y sus pila, esperando a que la lluvia de flechas y piedras cesara. La caballería auxiliar atacó a los indígenas desde los laterales, envolviéndolos, posibilitando así el poder separarlos de su grupo principal y lanzar un ataque por la retaguardia. La caballería legionaria se distribuyó por el frente, separando a los atacantes en grupos y por los laterales, apoyando el ataque auxiliar. Marco observó con satisfacción que Césaro no ponía en duda su autoridad y que se mezclaba con sus hombres dando mandobles con su espada a diestro y siniestro. Galerio se introdujo con su montura en el grupo central de defensa y con su gladius consiguió acabar con varios indígenas, aunque llegó el momento en que se vio obligado a descabalgar, ya que se veía un blanco fácil, atrapado y sin posibilidad de maniobrar. Cerca de él escuchaba a Ulpio gritar órdenes como un loco; había perdido el yelmo y el cobrizo cabello aparecía empapado de sangre procedente de una brecha que tenía a un lado de la cabeza. La sangre de muertos y heridos cubría el suelo, antes helado y crujiente, poco después húmedo y resbaladizo. Los indígenas, cuyo número Marco calculó que serían unos trescientos, luchaban como posesos, pero la estrategia romana fue más acertada. Entendiendo que continuar el ataque era una maniobra suicida, un cuerno en la lejanía indicó el final del mismo y todos los indígenas a una abandonaron el campo de batalla, portando a sus heridos y dejando tras de sí a sus muertos. Los jinetes lusitanos persiguieron a los más rezagados con intención de aniquilarlos, pero Marco Galerio ordenó a Césaro que los hiciera volver, excepto a dos jinetes que debían seguirlos para observar sus movimientos y sus posibles intenciones de volver a atacar. El jefe lusitano obedeció en silencio con un gesto de profesionalidad que decía mucho de su experiencia en el campo de batalla. Inmediatamente transmitió las órdenes a dos de sus hombres que salieron a galope.
      Los vencedores soltaron gritos de júbilo, algunos lanzaron sus yelmos al cielo, exultantes de alegría. Cayo Ulpio, sentado en una enorme roca, era atendido de sus heridas por el médico de sus cohortes; todas sus lesiones eran superficiales aunque no lo pareciera dado el manto de sangre que lo envolvía. Su gesto permitía saber cuales eran sus pensamientos. Marco Galerio se acercó a él y le ofreció agua de su cantimplora.
      —Nuestras bajas han sido seis muertos y sesenta heridos, incluyendo los lusitanos, y una montura muerta. Las suyas, veinte muertos. Ha sido una maniobra rápida.
      Ulpio bebió un largo trago y suspiró. Césaro se acercó aún montado en su caballo el cual, todavía nervioso por la refriega, caracoleaba pateando el suelo; el brioso animal resoplaba lanzando hileras de baba al ensangrentado suelo, el hermoso pelo negro cubierto de una pringosa capa blanca de sudor. El jefe lusitano bajó de su montura con un ágil brinco, le dio las riendas a uno de sus hombres mientras le susurraba cortas órdenes en su lengua. El jinete asintió y se marchó con un ligero trote.
      —Tribuno Cayo Ulpio –dijo Césaro con tono grave— esos indígenas eran astures, probablemente Brigaecinos o Saelenos; yo me inclino por estos últimos, dados sus colores y la enseña del que los guiaba.
      —Están un poco lejos de sus tierras para esta época del año –dijo Ulpio— y no creo que estén buscando víveres.
      —No, no parece ser esa su intención –terció Marco—. Quizá son una avanzadilla para frenar el avance de las tropas romanas. Cuando vuelvan los exploradores, que me informen al momento de sus posiciones y su número.
      —No vamos a permanecer más tiempo aquí –Ulpio se puso en pie—. Ordenad a los hombres que se curen las heridas y que se ocupen de los muertos. En dos horas, a lo sumo tres, emprendemos la marcha hacia nuestro objetivo. Quizá podamos hacer diez o doce millas en lo que resta de jornada; procuraremos que sean más.
      Marco y Césaro se miraron. El tribuno no pudo interpretar lo que los negros ojos del lusitano le decían; quizá era lo mismo que pensaba él. Aunque el ataque había sido menor y de pocas consecuencias, lo más adecuado era descansar y partir al siguiente día. Césaro saludó a los oficiales romanos y se perdió entre sus hombres.
      —Y si descansamos un poco y partimos mañana…
      —Este ataque me ha parecido demasiado arriesgado para esos salvajes. Eran pocos, no más de trescientos o cuatrocientos, apenas nada si lo comparamos con nuestras fuerzas. Se han dejado ver varios días antes, forzándonos a variar nuestra ruta inicial. Algo me dice que ha sido una maniobra de despiste, que pretendían desviarnos de nuestro camino y entretenernos mientras el grueso de sus fuerzas se dirigía a otro lugar más importante para ellos. Creo que nos han utilizado y que les ha salido bien, de esta forma hemos perdido tres o cuatro jornadas, que serán más si nos paramos ahora.
      —¿Crees que Césaro nos desvió de nuestra ruta para esto?
      —Marco, yo no descarto nada.
      —Si eso es cierto, está compinchado con los astures.
      —Amigo, tú lo has dicho y eso es lo que pienso que puede haber pasado. Y si es así, creo que vamos directos al Hades. Debemos partir cuanto antes.
      Emprendieron camino tan rápido como fue posible pero antes oficiaron un rápido funeral e incineraron y enterraron a sus compañeros muertos. En el improvisado campo de batalla quedaron los cuerpos de los astures muertos en la refriega. Si sus compañeros no los rescataban quedarían a merced de los carroñeros. Varios buitres sobrevolaban ya perezosamente el plomizo cielo.
      Dos jornadas más tarde entraban en Vicus Caecilius. Allí les esperaban malas noticias. Varios oppida vacceos habían sido atacados por los astures y en la jornada previa el vicus había tenido que rechazar otro ataque. Era evidente que las suposiciones de Cayo Ulpio no habían sido exageradas. La ruta hasta Salmantica quedaba cortada y, por lo tanto, las expectativas de alargar la construcción de la calzada hasta allí quedaban comprometidas por el momento. Inmediatamente, Cayo Ulpio decidió enviar mensajeros hacia Hispalis, con la intención de informar al legado Fabio Buteo de las nuevas dificultades de la zona. Esa noche a la plaza arribaron dos jinetes procedentes de Complutum que le informaban que el gobernador había emprendido camino con las cohortes de la legión XXVIII que se encontraban en Corduba hacia Osca[2]. Los ataques indígenas en los Montes Pirineos, concretamente de los cerretanos, eran constantes y había que cortarlos como fuera. Los acontecimientos hacían pensar que las diversas tribus astures y, probablemente, las cántabras se estaban aliando para hacerle la vida imposible a los romanos. Eso no se resolvería con escaramuzas aisladas y había que establecer un programa más organizado que posibilitara resultados. Se les ordenaba permanecer en Vicus Caecilius hasta que fueran relevados por dos cohortes de la XXVIII, tras lo que ellos volverían a Hispalis, con el resto de su legión. Parecía que ya era oficial la concesión de una tercera legión que, aunque aún no tenía fecha de arribada, se establecería en la Península con intención de pacificar y someter los territorios cántabro-astures. Así lo deseaba Octaviano, responsable último de Hispania y dedicaría las fuerzas necesarias para que así fuera. Se tardara lo que se tardase. Lo que era intolerable es que un grupo de salvajes pusiera en peligro los intereses económicos y el potencial minero de una zona tan rica y tan importante para Roma.
      Tanto Cayo Ulpio como Marco Galerio tuvieron la misma sensación ante las nuevas recibidas y ante las órdenes que estaban obligados a acatar. Se les retiraba del principal campo de operaciones de Hispania y se les relegaba a la Ulterior. Eso iba en detrimento de su carrera. Ninguno de los dos se atrevió a expresar en palabras al otro sus suposiciones, pero ambos pensaron en idénticos términos.
      Quizá Marcelo no fuera del todo ajeno a tales maniobras.


[1] Actual ciudad de Cáparra, en la provincia Cáceres, Extremadura. Estaba en la confluencia de la región lusitana con la vetona.
[2]  En esos años la ciudad indígena recibía el nombre de Bolskan. Uno y otro son el nombre antiguo de la actual ciudad de Huesca, en la provincia de Huesca.

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