viernes, 2 de diciembre de 2011

SANATIO: Capítulo IX


Hispalis

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Ana supo desde la mañana siguiente de la accidentada velada que algo en la casa había cambiado y lo notó por las actitudes de Urso e Hipia para con ella. Estaban muy serios pero no eran condescendientes ni ofensivos, antes al contrario, se mostraban con ella respetuosos y cordiales. La llamaban por su nombre y le explicaban sus tareas con paciencia, que no eran otras que ocuparse de la ropa sucia, alimentar y cuidar de los animales y ocuparse de que siempre hubiera agua fresca y leña suficiente en la casa. Urso apenas le hablaba y le veía sólo en las comidas que compartían en la cocina. Siempre tenía cosas que hacer fuera de la casa y gestiones que realizar. Al amo no volvió a verlo y, sin necesidad de preguntar, le informaron que Marco Galerio había salido de Hispalis y que estaría fuera unas semanas.
      Se sintió muy satisfecha cuando utilizó su lejía, obtenida a partir de cenizas, y su jabón, fabricado con grasas, aceites y lejía; comprobó que dejaban la ropa muy limpia con la mitad de esfuerzo. La mayor parte de la ropa de la casa era clara o de tejidos sin teñir y soportaban a la perfección su ingenio sin decolorarse demasiado ni estropearse. El único problema era el olor, pero pensó que podría añadirle flores o hierbas aromáticas para atajar este inconveniente. Cuando Hipia pudo comprobar con sus propios ojos los resultados de su jabón en la ropa lavada mostró una enorme y sincera sonrisa que la embellecía y rejuvenecía su agradable rostro, haciéndolo aparecer infantil.
      —El amo Marco se pondrá muy contento cuando sepa que ya no tendremos que enviar la ropa buena a la lavandería. Es demasiado costosa y no la deja tan bien como tú.
      Ana correspondió a su entusiasmo con una contenida sonrisa que mostraba más tristeza que otra cosa. «El amo Marco –pensó abatida—, así supongo que deberé referirme a él desde hoy y hasta siempre». Eso si no le ponía solución antes. Siempre podría plantearse la posibilidad de escaparse y alejarse de un destino que, estaba convencida, no le correspondía. Intentó elaborar un plan y hacerse con los recursos necesarios para que su fuga fuera un éxito, aunque existía un problema o, más bien, dos: no tenía dinero ni sabía dónde se guardaba en la casa y no conocía la ciudad, pero quizá no serían cuestiones tan difíciles de solventar. El caso era recuperar la libertad que se le negaba por otros medios.
      Dos días más tarde Hipia la sorprendió mirando a través de la puerta principal hacia la calle. La domus de Marco se encontraba en una zona aún no muy habitada de la ciudad, cerca de la muralla, por lo que la calle no tenía un tránsito demasiado importante de personas. Ana calculó que podría salir sin que la viera apenas nadie, con la ventaja de que como las casas no tenían ventanas a la calle, a la que sólo daban muros lisos, no tendría el problema de toparse con miradas no esperadas que más tarde dieran cuenta de ella y de sus pasos. Una vez en la ciudad, le beneficiaría el hecho de que no la conocía nadie. Sólo el médico, Crito, y el amigo de Marco Galerio, aparte del anciano matrimonio, habían visto su rostro y estos últimos vivían en Itálica. Calculaba sus posibilidades cuando Hipia la vio en el dintel de la puerta principal. En el momento en que se supo sorprendida, Ana cerró la puerta y se perdió en el interior de la casa sin decir palabra, pero esa noche Urso la abordó sin previo aviso.
       —Espero, Ana, que no se te esté pasando por la cabeza escaparte.
      Estaban cenando una sopa de verduras y pan con aceite. Ana tenía su escudilla de madera en los labios y miró fijamente al esclavo por encima del borde del recipiente. Él sostuvo impertérrito sus fieros ojos. Ella no dijo nada y bajó, por fin, la mirada que posó en su comida.
      Urso continuó en tono sereno, como era frecuente cada vez que se decidía a tomar la palabra:
      —Si se te ocurriera escaparte, yo te encontraría. De eso no puedes ni debes tener ninguna duda, dado que me conozco la ciudad tan bien que podría recorrerla con los ojos vendados y tú no. Por supuesto, una esclava despistada llamaría mucho la atención y siempre habría algún conocido que me daría cuenta de ti. Y cuando te encontrara te encerraría hasta que regresara el amo y, te aseguro, que el castigo que se te aplicaría te quitaría las ganas de volver a intentarlo y, quien sabe si también una mano y un pie, más unas cincuenta tiras de piel de tu espalda por los azotes.
      Ana volvió a mirarlo. Intentaba inyectar en su mirada la frialdad de quien le importa muy poco lo que está escuchando, pero no lo consiguió. Debía reconocer que las palabras de Urso habían conseguido su objetivo: creía por completo lo que le estaba contando, palabra por palabra. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Intentó disimular volviendo a comer de su escudilla. Tomó dos tragos que le costó lo suyo pasar. Volvió a mirar al esclavo y le preguntó con un tono demasiado suplicante para su propio gusto:
      —Urso, ¿cómo voy a demostrar que soy una persona libre si no puedo salir, si no recuerdo de dónde procedo, si…?
      Hizo un gesto vago con las manos.
      El esclavo no contestó. Se limitó a mirarla con el semblante serio.
      Ana miró a Hipia y a Urso, ambos sentados frente a ella.
      —Me dijisteis que era un buen amo, que podía sentirme satisfecha por estar en su casa y no en otra.
      —Y así es –aseveró Urso.
      Hipia bajó la mirada.
      —Entonces por qué se porta así conmigo.
      No era una pregunta. Urso no contestó, sólo sostuvo su mirada.
      —No he hecho nada malo, solo he querido ayudar.
      Urso tampoco lo entendía, pero no tenía ninguna intención de darle la razón a esta mujer tan extraña. Nunca compartiría con ella las dudas que le habían surgido desde que había entrado en sus vidas, pero no encontraba explicación a que Marco fuera tan severo, sin motivo alguno, con ella. Había salvado a Hipia, había evitado la muerte segura de Cayo Galerio. Sí, cierto, se había abalanzado sobre el anciano de una forma un tanto brusca, pero precisamente esa rapidez en su actuación había evitado una desgracia que ninguno de los que allí se encontraban podría haber solventado como ella hizo.
      Sí, él tampoco entendía por qué esta mujer le gustaba tan poco al amo, sin embargo, así era.
      Suspiró con fuerza.
      —Lo mejor que puedes hacer es ocuparte de tus quehaceres lejos del amo –le dijo por fin Urso—, por lo menos hasta que se acostumbre a ti. Mientras tanto no te acerques, ni hables a las personas libres si no se dirigen a ti y controla esas miradas que lanzas llenas de odio o de desafío: ningún señor te lo tolerará. Hazte invisible y sobrevivirás.
      Ana sintió cómo la garganta se le cerraba por el llanto contenido a duras penas. No añadió nada más, pero no porque no tuviera algo que decir, sino porque no quería echarse a llorar sin control.
      Terminó su comida y con cada bocado se tragó sus lágrimas y su soberbia.
      Tres días más tarde todo cambió.
      Ana se encontraba dando de comer a las ovejas y a las cabras. Los ratos que dedicaba a esta labor le parecían de lo más grato, dado que estaba al aire libre y podía dejar su mente vagar sin rumbo. Eso era lo que sentía todos los días menos ése. Llovía torrencialmente y un vendaval sacudía su cuerpo de un lado a otro. Los animales estaban recogidos en un cercado y parcialmente cubiertos con un tejadillo de ramas, pero ella se encontraba a merced de la lluvia y el viento. Apenas podía abrir los ojos. Terminó de llenar los pesebres y se sacó el manto que se colocó estirado sobre la cabeza para poder abrir los ojos y ver por dónde caminaba, aunque iba encorvada y su caminar era muy costoso. Avanzó un buen trecho con enorme dificultad y entonces escuchó una voz; levantó la cabeza. Hipia le hacía gestos con las manos desde la puerta trasera de la casa. Ana intentó acelerar el paso, pero resbaló en dos ocasiones por lo que decidió fijar mejor los pies antes de intentar avanzar, así que caminó más lentamente. Cuando llegó a la casa le dolían enormemente las pantorrillas por el gran esfuerzo realizado al andar y estaba calada hasta los huesos. Hipia le hacía gestos impacientes, indicándole que se diera prisa. Ana no entendía a qué venía tanto aspaviento, no se había retrasado demasiado.
      —¡Estoy empapada y helada de frío!
      Hipia la tomó de un brazo y le susurró un rápido «date prisa, entra».
      Antes de entrar por la puerta lo oyó.
      El llanto de un bebé llenaba todo el espacio de la cocina. Ana se detuvo de golpe y agarró a Hipia de un brazo.
      —Date prisa, Ana, está muy enfermo –dijo Hipia y entró.
      Ana la siguió, dejando el manto empapado en un banco. En la cocina una joven mujer sostenía un menudo paquete de tela que se removía furioso, al tiempo que berreaba con todas sus fuerzas. Ana miró a Hipia asombrada; su gesto debía ser bastante elocuente, porque sin tener que formular la pregunta, la joven le respondió.
      —Se ha corrido la voz por la ciudad. Muchos saben que puedes curar lo que otros no pueden –señaló a la mujer con el niño—. Es una esclava de la familia Escribonia, que viven aquí cerca.
      —Mi hijo está enfermo desde hace una semana –terció la joven madre con lágrimas en los ojos—. No para de llorar y no come. Yo no puedo trabajar y mi ama me castiga. ¡No sé qué hacer! –Contuvo un sollozo, pero las lágrimas corrían como ríos por sus mejillas—. Ayúdale, por favor, o morirá.
      Le tendió el niño con ambos brazos. Ana dudó; miró a Hipia que le hizo un escueto gesto suplicante.
      —¿Y qué pasa con Urso?
      —De él me ocupo yo. Ayúdale —insistió Hipia.
      Sin apartar los ojos de los de Hipia tomó al pequeño que en ningún momento había dejado de llorar y lo posó sobre la mesa de la cocina. Abrió la manta y se encontró a un niñito que aún no tenía dientes y que agitaba manos y pies con intensidad. Su llanto era ya ronco y opresivo. Ana observó su garganta que aparecía intensamente roja, aunque sin otra alteración digna de destacar.
      —¿Cuánto hace que nació?
      —Tres lunas.
      La piel del pequeño ardía y estaba seca. Le dio un pellizquito en la piel de un bracito y el pliegue de la piel permaneció durante unos instantes antes de volver a su lugar. Hizo un gesto a la madre que sujetó al niño para que no se cayera de la mesa mientras ella se arremangaba la mojada túnica y se lavaba las manos con jabón y con vinagre. Se secó con cuidado utilizando un paño limpio y volvió junto al pequeño. Le metió un dedo en la boca y no hizo nada, sólo siguió llorando. Se mojó el dedo en miel y lo volvió a meter en la boquita del niño: al instante el niño cerró la boca y succionó, dejando al instante de llorar. El chasquido de su boquita sobre tan inesperado consuelo llenó el tenso ambiente de la cocina. Con el dedo siempre dentro de la minúscula boquita Ana siguió su exploración; le miró los ojos, que aparecían rojos, palpó los huesos del cráneo que aparecían separados y blandos donde debía ser, sin que la piel de la cabeza estuviera abombada en esos puntos, más bien al contrario: un poco deprimida.
      «Está falto de líquidos»
      Posó los dedos de su mano libre cerca de la oreja e inmediatamente el niño retomó su llanto con tanta o más intensidad que antes. Sacó el dedo de su boca y con ambas manos exploró el cuello del pequeño, la posible presencia de bultos y la movilidad. El llanto menguó un tanto. Apoyó los dedos a ambos lados de las orejas y el llanto alcanzó tal intensidad que Ana sintió cómo vibraban sus propios oídos. Giró al niño y le miró los oídos. Efectivamente, una supuración verdosa salía de uno de los conductos y se apreciaba al fondo del otro. Mojó nuevamente su dedo en miel y volvió a repetir la operación de antes con idéntico resultado. El bebé dejó de llorar. El silencio en la cocina se volvió agradablemente intenso. La lluvia seguía cayendo con fuerza, repiqueteando en el tejado y en el suelo del patio.
      —Tiene los oídos enfermos –sentenció Ana—. Como le duelen mucho no mama, porque para chupar tiene que hacer mucha fuerza con la boca y eso aumenta el dolor.
      Hipia y la joven madre la miraban como si Ana fuera una aparición. Ella lo interpretó mal.
      —Bueno, da igual que no lo entendáis. El caso es que, mientras que no se le pase el dolor, no comerá y también llora porque tiene hambre. Por eso prueba a ver si te puedes sacar la leche y se la das con una cuchara procurando darle poca cantidad para que no se atragante. Si no lo consigues, hierves leche de cabra y una vez tibia se la das. Dale de comer muchas veces al día, pero poca cantidad y ofrécele aunque no te lo pida. No le arropes tanto. Cúbrelo con algo más ligero o la fiebre no bajará y dale baños con agua tibia, ¡tibia, no caliente ni fría! Espero que lo entiendas…
      La joven asintió.
      Mientras hablaba, Ana seguía palpando diferentes partes del pequeño cuerpo, su tripa, las ingles, los genitales, las piernas.
      —Corta una cebolla y escurre el jugo en ambos oídos. Eso lo repites varias veces al día. Verás como le calma un poco. Prepararé un… brebaje con enebro o ajo o tomillo o lo que encuentre. Te lo daré más tarde y te diré cómo se lo das. Cuando los oídos le duelan menos volverá a mamar. Ahora –cogió al niño con mucho cuidado manteniéndolo destapado— vamos a darle algo de beber que está falto de agua.
      Se lo pasó a la madre que lo tomó entre sus brazos como si se tratara de un objeto sagrado, mientras que ella tomó leche de cabra, le añadió agua hervida y una cucharada de miel. Durante la siguiente media hora las tres se esforzaron para que el pequeño ingiriera parte de la mezcla; el pequeño al principio se resistió, quizá extrañado por la cuchara, pero al final la relamía y se tomó una buena cantidad, tras lo que se quedó dormido, posiblemente agotado. Ana explicó a la madre cómo limpiarle la supuración de los oídos y aprovechó para administrarle la primera tanda de jugo de cebollas.
      Cuando madre e hijo se fueron, Ana se sintió embargada de una placentera sensación por haber podido ayudar. Sonreía para sí misma mientras recogía los cuatro cacharros que se habían quedado fuera de su sitio en la cocina. Entonces se topó con la mirada de Hipia.
      —Cuando los esclavos enferman casi nadie les ayuda. Ese niño lleva enfermo varios días y sus amos ni se han enterado. Ella debe hacer su trabajo, no puede cuidar de su hijo. Si no cumple con sus obligaciones la castigan.
      —No sé por qué me dices eso.
      —Varios me han preguntado si tú podrías…
      Ana estaba limpiando la mesa con unos paños. Las palabras inconclusas de Hipia le aceleraron el corazón.
      —Si yo podría, qué.
      —Si tú podrías, tal como has hecho hace un momento, verlos y decirles cómo pueden curar sus males.
      Ana suspiró simulando un fastidio que no sentía. Se dirigió a la leñera e Hipia la siguió; tomó una túnica limpia y comenzó a cambiarse mientras hablaba:
      —No me apetecería que Urso…
      —A Urso ya te he dicho que me lo dejes a mí –cortó nerviosa Hipia.
      —¿Y el amo?
      Ana fijó sus ojos en los de Hipia que dudaba su respuesta. La pausa le resultó muy larga.
      —Esa gente necesita ayuda –dijo Hipia por fin sin responder a su pregunta.
      —Estoy de acuerdo, Hipia, pero yo no me voy a arriesgar…
      —El amo no tiene porqué enterarse. Casi siempre está fuera, como ahora.
      —Y cuando él esté en la casa no ayudo a nadie ¿es ese el plan?
      Hipia negó con la cabeza sin añadir más.
      Unos pasos resonaron en el patio. Ambas volvieron la cabeza al mismo tiempo en dirección a la puerta. Unos tímidos golpecitos en la madera anunciaron la trémula voz de un hombre.
      —¿Hipia? ¿La mujer sanadora me escuchará ahora?
      La esclava miró nerviosa a Ana antes de acercarse a la puerta. Ésta se encontraba en un ángulo de la cocina en que podía observar el escorzo del hombre sin ser vista. Por supuesto, él no había reparado en su presencia.
      — Nicio, lo siento, pero… —empezó a excusarse Hipia con voz trémula.
      —Dile a ese hombre que pase. Lo veré –a Ana le pareció que su propia voz sonaba demasiado estridente.
      Hipia contuvo a duras penas la sonrisa que pugnaba por dibujarse en su rostro, una sonrisa que reflejaba gratitud, alegría y satisfacción a partes iguales.
      Por su parte, Ana suspiró. Aunque se alegraba de poder cumplir con su propósito de ayudar a los demás, no podía evitar cierto desasosiego. Se habría quedado más tranquila si Hipia le hubiera asegurado, como lo había hecho respecto a Urso, que del amo se ocupaba ella. Sabía, con una certeza absoluta, que terminaría enterándose y que llegado ese funesto momento le responsabilizaría a ella y no a Hipia.
      A partir de ese día, Ana, tras cumplir con sus obligaciones domésticas que no se habían reducido en nada, veía unos seis o siete esclavos por jornada, a veces más, pero nunca menos. Todos y cada uno de ellos, hombres, mujeres y niños, entraban convencidos de que la sanadora les solucionaría su problema y casi todos veían cumplidas sus expectativas. A los que no podía curar les ayudaba con diversos paliativos o medidas que les acomodara o que disminuyera su padecer. A todos los trataba con cuidado y les proporcionaba palabras de consuelo. En una semana todos los esclavos de Hispalis sabían de ella, de la sanadora, y hablaban de su persona con la veneración que se le dedicaría a una diosa.
      Hipia cumplió su palabra y Urso no puso ninguna objeción a su nueva actividad, entre otras razones porque el amo estaba fuera y, sobre todo, porque Hipia se lo suplicó. Incluso, pasados unos días, tuvo que ocuparse de buscar para Ana diversas hierbas, hojas y especias en los mercados y en los campos cercanos para que ella pudiera elaborar sus mejunjes y brebajes.
      En la ciudad todos comentaban lo excepcional de esta extraña sanadora de saber casi infinito que podría desbancar a cualquier médico conocido. Crito se hizo eco de los rumores aunque no se sintió en absoluto sorprendido; supuso que eso terminaría sucediendo, porque él había visto con sus propios ojos cómo la nueva esclava de Marco Galerio arrancaba a Cayo Galerio de las zarpas de la Parca con sólo dos sacudidas en su tripa. Esta mujer tenía un conocimiento en materia médica que nadie más poseía y sólo era cuestión de semanas que su fama corriera por toda la provincia Ulterior o incluso, más lejos.
      Esta situación ya no tenía posibilidad de volver sobre sus pasos; ninguno de los tres esclavos del noble Marco Galerio Celer dejaba de preguntarse cada noche, acostado en su jergón y antes de conciliar el sueño, qué pasaría cuando el amo volviera.
  

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