miércoles, 26 de octubre de 2011

SANATIO: Capítulo IV y Capítulo V (1ª parte)

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Capítulo IV


Cneo Domicio Calvino, era el gobernador de toda Hispania, tanto de la Citerior como de la Ulterior, desde el inicio de ese mismo año 714[1] AVC. Había luchado en el bando cesa- riano durante la Guerra Civil, en el frente oriental, y había partici- pado en la batalla de Farsalia. Tras esta victoria permaneció en la zona y se le adjudicó el cargo de gobernador de Asia. No estaba demasiado orgulloso de sus errores militares, que le llevaron a la aplastante derrota de la batalla de Nicópolis en la que hubo de intervenir el propio César para evitar un irremediable desastre, pero ello no supuso que se le retirara la confianza que en él había depositado el gran militar y estratega. Tras el asesinato de Julio César volvió a ocuparse de importantes cargos. Luchó en la batalla de Filipos contra los asesinos del dictador y volvió a sufrir varios desastres más, incluso la pérdida de dos legiones en el transcurso de una travesía por mar. Ante las desavenencias entre los triunviros permaneció en el bando de Octaviano; aunque fue responsable de varios fiascos estratégicos, se le volvió a premiar con un consulado y después fue enviado a Hispania por el heredero de César para ocuparse del gobierno de tan importante provincia.
      Por todas estas razones el quaestor propretore e inmediato subor- dinado suyo en el gobierno, Sexto Ulpio Marcelo, lo despreciaba sobremanera y lo consideraba un inútil como militar y como político, que había conseguido mantenerse en la cumbre del poder gracias a sus buenas relaciones en Roma y a las influencias de su noble y renombrada familia. Marcelo, a su vez, era un notable militar que había hecho su cursus honorum de forma muy brillante, pero no había llegado a pasar de cuestor y a su edad sabía con certeza que no lo conseguiría. Su ascendiente en Roma le había permitido destacar frente a otros candidatos en diversas responsabilidades en las provincias, pero había tocado techo; esta certeza le llenaba de indignación. Sobre todo al tener como superior a un individuo tan mediocre, según su particular punto de vista, como el que le había tocado en este destino.
      Marcelo llevaba en Hispania bastantes años ya. Desde su última cuestura en la Galia, había desempeñado su cargo en la Citerior durante la guerra civil, y se ocupó de la pretura de la Tarraconense cuando César venció en Munda. Por aquellos días, el gobernador fue llamado a Roma y, entonces, Marcelo ocupó el cargo de forma interina. En su fuero interno estaba convencido de que había llegado su momento, de que tras varios cargos militares en varias legiones como legado, sus cuesturas y su último cargo de pretor se le adjudicaría, por fin, el de gobernador, dado que estaba preparado como el que más. Pero no; a principios de este año enviaron a Cn. Domicio Calvino como procónsul y él volvía a un segundo plano como cuestor. Esto desencadenó que, de forma desesperada y como último recurso, sus filias políticas orbitaran alrededor del herrum- broso espectro de Marco Antonio. Este hecho nunca lo había mani- festado de una forma abierta, aunque era un rumor de importante peso que serpenteaba por los foros hispanos. Marcelo conocía lo que de él se comentaba y no hizo nada por desmentirlo, aunque en sus actividades cotidianas y políticas su seriedad a nadie podía indicar que estuviera más que harto de la gestión en Hispania de Octaviano: era correcto y eficiente, aunque dejaba que germinara esta semilla de duda que le permitiría medrar con algo más de éxito si al final el que descollaba en el tira y afloja era Marco Antonio y no Octaviano. Esta ambigüedad política era un arma peligrosa de manejar, pero para Marcelo merecía la pena el esfuerzo y los frutos podrían superar en gran medida tantos desvelos. Era un hombre paciente y sacrificaría lo que fuera preciso para obtener sus metas.
      El gobernador había partido de Roma por barco y había llegado a Tarraco, la que desde seis años atrás Julio César constituyó como colonia con el incómodo nombre de Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraconenses. Por supuesto, salvo en los documentos legales, nadie se refería a esta importante ciudad de la Citerior con este nombre, sino que todos recurrían al original. Desde allí había recorrido ya varias ciudades y enviado mensajeros a colonia Patricia Corduba, capital aún oficiosa de la Ulterior, y a Hispalis para indicar que se había puesto ya en camino hacia tierras meridionales. Marcelo acompañaba a Domicio Calvino desde su llegada a Ilerda[2] y su actitud solícita a pocos engañaba, aunque en sus maneras y trato nadie podía mostrar queja alguna. Al final de la jornada anterior habían concluido, por fin, el paso de los Mariani Montis y se encontraban cerca ya de Castulo[3]. Se habían visto en la necesidad de conceder una jornada de descanso a los hombres y a los animales que cargaban con los enormes carros, obligados por la desagradable cuestión de que no había cesado de llover en tres días y los caminos estaban casi intransitables. Habían acampado y esperaban que el siguiente día amaneciera algo más benévolo.
      Marcelo estaba recostado en su silla, sobre cómodos cojines, mientras uno de sus esclavos le rasuraba el rostro. De cara redonda y cabello castaño, casi rojizo, tenía unos penetrantes ojos de color verde azulado que no dejaban indiferente a casi nadie. Pasaba holgadamente de los cincuenta y cinco años, pero en su rostro apenas aparecía alguna arruga que la surcara, aunque múltiples cicatrices le proporcionaban un aspecto duro y un poco cruel que él disfrutaba fomentando con su mal carácter y sus explosiones de ira que pocos sabían ver venir. Muchos bulos corrían por ahí con respecto a su persona, como que disfrutaba estrangulando animales domésticos con sus propias manos. Era una leyenda viva, hecho que se veía agigantado porque no permitía a casi nadie que se acercara a él; nadie podía presumir de ser su amigo y Marcelo no dejaba entrever que su persona fuera capaz de ejercer afecto alguno por los que le rodeaban. Por nadie, excepto por Marco Galerio Celer.
      El esclavo finalizó su tarea y le embadurnó el rostro con el aceite perfumado que tomó de un pequeño frasquito. A Marcelo le encantaba que su aroma le precediera y no ahorraba en gastos para obtener los más preciados perfumes que usureros comerciantes le proporcionaban desde lejanas tierras orientales a cambio de pequeñas fortunas.
      Marcelo se levantó y se estiró con pereza. Su imponente musculatura, fruto del constante ejercicio y trabajo, se dejó vislumbrar a través de su delicada túnica de exquisita factura. El esclavo recogió los enseres de aseo y se retiró en silencio. Una vez solo, se sirvió en un vaso un aromático vino de la tierra que le gustaba tomar sin agua y sin especias. Bebió un largo sorbo y lo retuvo unos instantes en la boca, tragándolo después con deleite. Recordó tiempos ya lejanos que siempre se esforzaba por no traer a la memoria; escasos eran los momentos en que se permitía volver a su infancia y a su juventud… No, prefería no recordar. Esos días estaban definitivamente pasados y era muy consciente de que jamás podría volver a ellos; sin embargo, este hecho, lejos de apenarle, le alegraba. Durante su infancia y sus primeros años de juventud pensó que jamás llegaría a destacar en nada, pero un pequeño giro en su destino le proporcionó la posibilidad de llegar a cotas que nunca se podría haber imaginado. Aún así, tras un cursus militar y político impecable, los puestos de más relumbre se le resistían. Sabía, siempre había sido consciente de ello, que con su esfuerzo y con unos dados bien lanzados la diosa Fortuna podría volver a sonreírle. Y bien podían saber los dioses que él no cejaría jamás en su empeño. Jamás.
      Dejó el vaso en la mesa y se sentó. Tomó dos pliegos de papiro y un cálamo y redactó unas pocas palabras en uno y un pequeño texto en el otro. Seguidamente llamó a su esclavo y le pidió que avisara a uno de sus hombres, un centurión de la legión XXVIII, de origen griego, al que llamaban Artemidoro, el único que era de su total y absoluta confianza en un maremágnum de imbéciles y aduladores, alrededor del idiota mayor, que no era otro que el gobernador. El centurión debía de estar cerca de la tienda del cuestor porque tardó apenas un instante en entrar. Marcelo observó cómo el hombre se sacudía el manto y pateaba en el suelo intentando escurrir la lluvia de sus ropas mientras le sonreía. Seguidamente le hizo el saludo de rigor con el brazo. De tez aceitunada, ojos negros y blanquísimos aunque perrunos dientes en una boca enorme de gruesos y lascivos labios rojos, más propios de una hetaira que de un curtido soldado, sonreía seguro de dónde se encontraba y ante quién. Tenía el grado de centurión, un suboficial, pero era el hombre al que Marcelo recurría cuando tenía alguna delicada labor que llevar a cabo. Y ésta lo era sin lugar a dudas.
      Desde Tarraco se habían hecho acompañar de parte de la legión XXVIII a la que el centurión estaba adscrito, dejando el resto repartido entre Tarraco y varios campamentos en tierras de los vascones, en las faldas meridionales de los Montes Pirineos. Cuatro cohortes venían con ellos para reforzar la región meridional de la Península, ante los movimientos militares llevados a cabo en la vecina Mauritania por Bogud. El legado propretor Tito Fabio Buteo había enviado un correo urgente en el que explicaba la delicada situación en el Estrecho.  Desde los años en que Asinio Polión había sido gobernador de las provincias hispanas, esta legión, la XXVIII, más la XXX, reclutada en tiempos de César en Italia para ser utilizada en la guerra civil, habían permanecido como retén permanente en estas tierras.  Bastante trabajo había costado que no se fuesen con Marco Antonio, cuatro años atrás, para participar en la guerra de Mutina[4]; Marco Antonio tentó a los legionarios con una cantidad de quinientos denarios a entregar a cada soldado si resultaban vencedores, pero lo escaso del premio desinfló las voluntades y la legiones se quedaron donde estaban, para satisfacción de Asinio Polión, indiscutiblemente. Por lo tanto, cuatro cohortes de la legión XXVIII, el nuevo gobernador de Hispania y su cuestor se dirigían a Corduba para pasar allí el invierno, aunque Marcelo, de forma unilateral, había decidido seguir camino hacia Hispalis para reunirse con la legión XXX y reponerle la cohorte que se había llevado consigo a la Citerior en su inefable misión de bien- venida. Deseaba encontrarse nuevamente con Marco Galerio, sin contar que desde Hispalis le resultaría más sencillo el poder poner en marcha parte de su plan. Era necesario que estuviera lejos del gobernador y de su grupo particular de lameculos, aunque no demasiado.
      —Artemidoro, entrega estas dos misivas personalmente; ésta, al tribuno Marco Galerio –dijo Marcelo mientras enrollaba y sellaba el documento—. Y ésta, a quien tú ya sabes –el centurión tomó ambos rollos—. Encárgate además de que la ciudad me reciba adecuadamente y que se me proporcione una domus acorde a mi cargo y a mi persona. La última más parecía un establo que otra cosa –sonrió—. Que procuren que no me sienta insultado.
      —No te preocupes, noble Marcelo –los dientes de lobo del centurión iluminaron la penumbrosa tienda—. Yo, personalmente, elegiré tu residencia y si debo patear el culo de algún miembro de la curia o de los magistrados lo haré gustosamente.
      Marcelo rió de buena gana. Le encantaba la fanfarronería que un cuerpo tan pequeño como el de Artemidoro era capaz de exhalar. A veces, al mirarlo, se preguntaba cómo habían podido admitirlo en el ejército. Indiscutiblemente, tantos años de guerras habían esquilma- do a la población; debían de estar muy necesitados de ciudadanos en su día para haber enrolado a alguien tan corto de estatura como este centurión[5]. No se le podía negar que lo que le restaba en físico le sobraba en resolución, arrojo, fortaleza… y discreción.
      —Confío plenamente en tu habilidad, Artemidoro, pero espero que no tengas que recurrir a métodos demasiado expeditivos.
      Sin perder por un solo instante la sonrisa, el centurión se cuadró y saludó a Marcelo, tras lo que abandonó la tienda.
      Marcelo se sirvió un nuevo vaso de vino. Debía prepararse para asistir a la cena que se celebraría en la tienda del gobernador. Un gesto de asco transformó sus ojos en dos grietas verde azuladas. Dio un generoso sorbo a su vino que le hinchó peligrosamente los carrillos. Cerró los ojos y tragó. El cálido néctar recorrió su pecho por dentro y rellenó el doloroso hueco que sentía en sus entrañas. Su plan tenía que funcionar, sin duda. Apuró de dos tragos más su vino y llamó a su esclavo.

Capítulo V


Era ya noche cerrada cuando Marco Galerio entró en su casa. Urso, que lo acompañaba, entró tras él y se dirigió directamente a la cocina. El tribuno se encaminó con paso lento a su aposento; necesitaba asearse y quitarse la ropa embarrada antes de cenar. Al entrar en su cuarto ya llevaba el manto en la mano, que dejó sobre el lecho. Decidió esperar a Urso para poder quitarse el resto del uniforme ya que él sólo no podía desabrocharse las cinchas de la lóriga. La iluminación era muy pobre, apenas una lucerna, dado que al parecer Hipia aún no había preparado el cuarto, aunque tampoco ayudaba mucho el rojizo resplandor de un brasero colocado a un lado de su lecho. En la esquina del dormitorio más alejada de la puerta Galerio vio a alguien; estaba de espaldas, los codos apoyados en una cómoda, con un espejo en la mano. Marco extrajo su pugio de la funda lentamente mientras se aproximaba al extraño con sigilo. En ese instante Urso bramó por el atrio según se acercaba rápidamente:
      —¡Esclava, dónde demonios te has metido!
      Marco y la persona que permanecía en el rincón del cubículo sin haberse apercibido de su presencia se giraron a un tiempo hacia la puerta en el momento en que Urso entraba como una exhalación. La persona en cuestión no era otra que la esclava que se habían traído de Gades. La mujer, al ver que Marco estaba allí con un puñal en la mano, dejó caer el espejo que chocó contra el suelo con un estruendo metálico y se cubrió el rostro con los brazos en evidente actitud defensiva. El vozarrón de Urso cuando estaba enojado era ya de por sí suficiente motivo de miedo. Éste se dirigía como un venablo hacia la mujer, cuando Galerio le sujetó por un brazo y lo retuvo con firmeza, mientras devolvía el puñal a su funda.
      —Déjala –dijo con un susurro.
      Urso, sorprendido miró a Marco como si fuera una aparición.
      —Amo, ella no debería estar aquí.
      Galerio ignoró sus palabras.
      —No me habías dicho que la mujer había mejorado tanto –el tono de Marco mostraba evidente sorpresa.
      —Has estado fuera algunas semanas y muy ocupado –Urso avanzó un par de pasos hacia la mujer—. Parece que los dioses la protegen porque en este tiempo se ha recuperado mucho y casi está bien del todo; sólo cojea un poco y aún no habla.
      La mujer miró a los hombres a través de sus brazos y poco a poco los retiró de su rostro. Con cuidado se agachó y cogió del suelo el espejo, lo limpió con la manga de su vestido y se giró para depositarlo nuevamente encima del mueble con extrema delicadeza, pero antes volvió a echar un nuevo y raudo vistazo a su imagen.
      —¿Hablará? –Marco preguntó sin quitar ojo a la esclava mien- tras avanzaba un paso hacia ella.
      —No lo sabemos, amo –Urso se adelantó y tomó a la mujer de un brazo tirando al mismo tiempo de ella en dirección a la puerta—. Crito dice que recibió un enorme golpe en la garganta y que por eso la tiene hinchada y no puede hablar; puede que, quizá, cuando mejore…
      —¿Sabéis algo de ella? –cortó Galerio.
      El esclavo negó en silencio.
      —¿Entiende lo que hablamos? –insistió Marco.
      —No lo sé, amo –contestó Urso—, no parece estúpida y obede- ce cuando se le da una orden sencilla. Sin embargo, cuando Hipia y yo conversamos la esclava parece ausente.
      Marco Galerio la observó con detenimiento. Era de pequeña estatura y delgada. El cabello, que empezaba a crecer y cubría a duras penas un rosado costurón en su cuero, era oscuro y abundante. Parecía un muchacho excepto por sus senos, que abultaban su túnica con suficiente generosidad, y por su rostro; marcado aún con varias costras y hematomas, se veía propio de una mujer, ovalado, de piel lisa y aceitunada, ojos enormes de color impreciso y un hoyuelo en su barbilla que le daba un toque travieso, según le pareció al tribuno. No era especialmente hermosa, cierto, pero algo en ella hacía que no pudiera dejar de mirarla.
      Urso tomó a la mujer del brazo que le siguió obediente. Al pasar delante de Marco ella lo miró directamente a los ojos y los fijó en él hasta que abandonó la habitación. Esa impertinencia no pasó desapercibida al tribuno que no pudo evitar una media sonrisa por la desfachatez y atrevimiento de la esclava. Su mirada era franca, curiosa más que osada, inteligente.
      Ambos esclavos salieron y se perdieron al fondo de la casa en silencio.
      Marco se sentó en una silla cercana a la lumbre del brasero y se quitó el calzado. Al poco volvió Urso con agua caliente, paños, esponjas y, en silencio, le ayudó a desvestirse. Mientras se aseaba olvidó por completo a la esclava. Un único pensamiento taladraba su cabeza. Ya hacía más de tres semanas que buscaba la forma y manera de informar al legado Fabio Buteo de los rumores que circulaban con respecto a una intriga que se estaba maquinando para acabar con la vida del gobernador. No lo había hecho la jornada de su regreso a Hispalis porque no quería plantear tan delicada cuestión en presencia del duunviro Horatio Víctor. Y menos aún en presencia del tribuno Mario Atilio. No se fiaba de él; no podía explicarse el motivo, pero algo en ese hombre le llevaba a desconfiar totalmente y no era sólo el desagrado que le causaba su persona, sentimiento que, sabía sin lugar a dudas, era mutuo. No. Era algo más y precisamente eso era lo que le impedía plantear tan delicada cuestión delante de él. El problema era que no se separaba ni un instante del legado y no encontraba la forma de abordarlo a solas sin la presencia de tan indeseable testigo. Al no haber informado de todos los datos que traía de Gades como era su obligación, consideraba que no había cumplido correctamente con su misión y que estaba cometiendo una falta, quizá una traición.
      No sabía como solucionarlo y se estaba volviendo loco por la angustia.
      —Puedes retirarte, Urso.
      El esclavo dejó encendida otra lucerna en una mesita de bronce y avivó el picón del brasero, tras lo que salió de la estancia en silencio.
      Marco se sentó en su mullido sillón. Había pertenecido a su padre; aún podía recordarle sentado en ese mueble, sonriendo y saboreando un vaso de vino mientras conversaba alegremente. Sentía que jamás podría llegar a ser como él. Marco Galerio Celer, su padre, siempre sabía lo que era correcto y no habría tenido sus temores ni sus angustias. Habría cumplido con su misión y habría dejado a los altos responsables de su legión que asimilaran la información que su mensaje contenía para que tomaran las medidas oportunas. Jamás se habría dejado llevar por estúpidos recelos originados por una animadversión personal, porque Marco estaba convencido que sus dudas con respecto a Mario Atilio era sólo eso y nada más. A parte, podía estar seguro de que todo lo que le contara a Fabio Buteo terminaría llegando al conocimiento de Mario Atilio, no en balde a sus espaldas le llamaban «la esposa».
      Por otro lado, estaba Marcelo.
      Marco Galerio suspiró con un nudo en la garganta y se pasó ambas manos por el cabello. Las sospechas de Lucio Naevio, sin haberlo dicho a las claras, apuntaban al cuestor Marcelo. Su información no dejaba muchos sospechosos para semejante e infame delito. Algo en su interior le impedía poner en la picota a alguien tan querido para él, su segundo padre. Lo peor de todo, sin embargo, era que Marco le creía capaz de eso y de mucho más. Conocía perfectamente las frustradas aspiraciones políticas de Marcelo y la ira que le poseyó durante semanas cuando fue anunciado el nombramiento de Domicio Calvino para el puesto que él creía que ya le correspondía por derecho. Había visto la crueldad y la violencia que se gastaba cuando consideraba que debía castigar o vengar una afrenta y por ello no le habría extrañado que el asesinato del gobernador pudiera estar entre sus planes. Indiscutiblemente le creía capaz de eso y de más.
        Debía solucionar este asunto y pronto. Ya había dejado pasar demasiado tiempo y eso iba en su contra.
     Escuchó voces en el atrio. Cayo Ulpio ya había llegado para cenar. Se acomodó la túnica y salió a recibirlo con una sonrisa.


[1] Año 39 a.C.
[2] La actual Lérida
[3] Los actuales Sierra Morena y Linares, en la provincia de Jaén, respectivamente.
[4] La actual Módena, Italia.
[5] Se debía tener una estatura mínima de entre 5 pies y 10 pulgadas y 6 pies; traducido a términos actuales, entre 1,70 y 1,77 metros.

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