jueves, 20 de octubre de 2011

SANATIO: Capítulo III

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Capítulo III



Crito se incorporó y se enjugó las manos en el paño que le tendía Hipia. El joven médico tenía unos treinta años, aunque a veces aparentaba menos, de complexión fuerte, cabello claro y tez morena, resaltaban en su cara como dos soles sus hermosos ojos color miel, claros y transparentes. Sus manos de dedos largos y delicados dejaban a las claras que sabían buscar y palpar bultos, tumores y costras y los introducía con decisión en cualquier herida para valorar su profundidad y dirección. Urso le había visto trabajar en innumerables ocasiones y a él le había cosido más de un tajo durante la pasada guerra o en las incontables refriegas en las que acompañaba al amo.
      —Es evidente que tiene el cuerpo muy magullado, pero no creo que sea sólo por una paliza —dijo el médico con tono grave.
      Urso le miró como si estuviera loco. Crito sería médico y de los mejores, sin embargo estaba claro que esta vez se equivocaba.
      —¿Pero es que todos esos golpes y magulladuras no son bastante claros, no evidencian que la han maltratado?
      La mujer seguía inconsciente. La habían lavado y cambiado de ropa. También se habían visto en la necesidad de cortarle el pelo por completo, hasta el cuero cabelludo, ya que estaba infestada de piojos; el enorme costurón a un lado de su cabeza parecía sonreír con malicia mostrando unos negros y afilados dientes. La pobre esclava presentaba un estado lamentable, pero por fin estaba en buenas y afectuosas manos que harían lo imposible para que sobreviviera. Urso se había tomado la libertad de ir a buscar al médico de confianza de Marco Galerio, Crito, al que siempre avisaban cuando el amo o uno de ellos enfermaban.
       —Tiene dislocados el tobillo derecho y la muñeca izquierda, fracturadas por lo menos tres costillas y fuertemente dañadas, por lo menos, otras cuatro. Los cardenales que tiene repartidos por todo el cuerpo son extensos y ocupan mucha piel. Aparte del golpe de la cabeza, bastante considerable y grave por sí mismo, presenta una enorme magulladura en el cuello que ha debido ser hecha con algo amplio, duro y me pregunto cómo, sólo por ese golpe, no ha perdido la vida. Su aspecto me hace pensar que ha sido aplastada por algo, como si se le hubiera caído encima un muro o un techo. Tiene cientos de arañazos repartidos por el cuerpo, aunque sólo por la parte delantera, no en la trasera.
      Hipia no podía salir de su asombro. Bastante alarmada se había quedado esa mañana cuando vio aparecer a Urso con una mujer en los brazos, en un estado tan lamentable que parecía un despojo. Su amo, Marco Galerio, nunca había manifestado ningún interés en adquirir más esclavos, pero que hubiera comprado una mujer tan enferma… Entonces Urso le había explicado lo sucedido y se quedó más confusa que al principio. No podía dar crédito: el amo había comprado otra esclava porque Urso se lo había pedido y sospechaba que la mujer no era esclava, que era libre.
      Sentía un afecto sincero por su amo y lo respetaba, pero por Urso lo que sentía era un amor tan intenso que le dolían las entrañas sólo de pensar que él se hubiera fijado en una mujer que no fuera ella, por muy moribunda que estuviera. Al comprobar que la preocupación de Urso era más fruto de la lástima y la caridad que un interés carnal, se relajó lo justo para tomar las riendas de la situación. Cuando observó la envergadura de las lesiones en el cuerpo ajado de la nueva esclava, calentó varias marmitas de agua y lavaron a la mujer retirando todos los restos de sangre y arena de sus heridas, la raparon y le cortaron las uñas que estaban negras de sangre y tierra. La mujer se quejaba por lo bajo y movía los labios aunque no salía de ellos ningún sonido. Entonces la acomodaron en el cuarto de la leña, al lado de la cocina. Hipia consideraba que ya habían hecho todo lo que estaba en sus manos por la pobre mujer, sin embargo, Urso salió a toda velocidad en dirección a la calle mientras indicaba que iba a buscar al médico.
      Crito palpó la piel de la mujer apretando a la altura de la garganta. La esclava se revolvió y entreabrió el único ojo que estaba dispuesto para abrirse. El otro estaba increíblemente inflamado y negro. De su garganta brotó un crujido chirriante en forma de grito.
      —Efectivamente —dijo Crito con tono resuelto—, tiene la gar- ganta muy hinchada. Si se recupera no podrá hablar en un tiempo y es mejor que no lo intente bajo ningún concepto. Hay que permitir que baje la inflamación, si no fuera así podría cerrarse la garganta por completo y moriría asfixiada.
      Hipia abrió los ojos desmesuradamente por el temor mientras se imaginaba lo horrible que sería morir así. Crito palpó su pecho y su abdomen.
      —Sigue con fiebre, pero la respiración no es tan mala como me contabas, Urso. Seguid dándole líquidos tibios con frecuencia y arropadla bien, parece algo más despierta y con un poco de suerte tragará —miró a Urso e Hipia—. No sé si os habéis dado cuenta, pero parece una mujer fuerte y bien alimentada. Si no sube más la fiebre y no se complica con nada, puede que salga de ésta.
      —Pero es que no despierta —dijo Urso con tono angustiado.
      Los celos de Hipia resurgieron nuevamente y la golpearon como una vara. Urso mostraba tanta preocupación por esta desconocida que no creía poder soportarlo por más tiempo.
      —El golpe que tiene en la cabeza es muy severo. Los hematomas que tiene en la cara son resultado de ese mismo golpe. Quizá se ha roto el cráneo y por ello sólo queda esperar a ver qué pasa. Si hay fractura habrá que esperar que el hueso se suelde de nuevo. No la mováis mucho.
      El médico se levantó nuevamente y suspiró.
      —Yo he visto golpes en la cabeza más o menos como éste –dijo Urso—. Los hombres que lo sufrieron, cuando se despertaron, no estaban como antes; o no podían mover los brazos o las piernas o estaban como tontos, babeando y meándose encima.
      Hipia hizo un enorme esfuerzo por no salir corriendo de allí. No podía imaginarse lo que sería esa casa con una retrasada a su cuidado; para eso mejor que los dioses la dejaran morir.
      —Sí, Urso, yo también he visto personas como tú cuentas —Crito hablaba casi en un susurro—, aunque no sabremos qué pasará hasta que mejore y se despierte… o quizá, no llegue a hacerlo y se muera.
      «Sí –pensó Hipia—, eso es lo mejor que le puede pasar»
      Crito se marchó y Urso miró a la mujer con pena mientras salía y se sentaba en una banca, en la cocina. No quitaba la vista de la entrada de la leñera. Hipia le siguió y comprobó con ira cómo, su amado Urso, no apartaba los ojos del cuarto en el que descansaba la extraña. El esclavo estaba tan enfrascado en sus pensamientos que no se dio cuenta que Hipia salía con un cesto lleno de ropa camino del arroyo para lavar, al tiempo que se enjugaba unas amargas lágri- mas de rabia e indignación.

Sintió cómo emergía de una especie de profundo pozo, aunque todo seguía siendo oscuridad. Un enorme dolor le cortó de golpe toda posibilidad de poder respirar; estaba localizado en su pecho. Sintió cómo algo presionaba después sus piernas y brazos. Sí, sin duda eran unas manos, que la tocaban y apretaban como buscando algo, manos cálidas, suaves y firmes. Voces. Creía escuchar voces pero no estaba segura. Tenía la sensación de tener metida la cabeza dentro de un almohadón y los sonidos le llegaban amortiguados, lejanos, como a través del agua. Sí, sin duda eran voces. No entendía lo que decían. Intentó abrir los ojos, pero algo se lo impedía. Quizá ya los tenía abiertos y resulta que estaba ciega. Una mano le apretó la garganta y creyó morir por la punzada que recorrió como un frío cuchillo toda su piel. Un dolor permanente le latía en todo el cuerpo. Intentó moverse, levantar una mano para suplicar que dejaran de torturarla pero no tuvo fuerzas.
      Las manos abandonaron su cuerpo y las voces se alejaron hasta desaparecer.
      Sintió ganas de llorar, aunque cedieron tan rápido como volvió a sumergirse en el profundo pozo tras un efímero instante de vértigo.

Hipia aseaba a la extraña una vez más. Había pasado una semana desde su llegada. Las heridas cicatrizaban bien y ninguna se le había infectado. Su piel aparecía menos caliente y todo indicaba que la fiebre iba remitiendo. Pero poco más.
      La esclava era una carga inmensa en la casa. No se la podía dejar sola, por lo menos Urso no lo permitía porque decía que podría necesitar algo o decir algo en cualquier momento. Menos mal que por esos días el amo pasaba casi todo su tiempo en el campamento; incluso se había tenido que ausentar unos cuatro días en una misión de exploración de rutina. El resto del tiempo iba y venía, sin permanecer demasiado en la casa. Esa era la ventaja de estar acuartelado cerca de su hogar, no como el resto de los legionarios oriundos de Italia que, lejos de sus casas y de sus esposas, incluso se amancebaban con mujeres viudas buscando lo más parecido a un hogar. Cuando sus legiones eran movilizadas y los alejaban definitivamente del campamento y de la ciudad llegaban los problemas. Algunos, incapaces de volver a una vida tan dura y sacrificada, obligados a dejar definitivamente lo que habían construido durante años y teniendo que abandonar a una mujer y a varios hijos no legales a los ojos de la administración romana, desertaban, con el riesgo de pena muerte y deshonra que eso suponía. Sí, sin duda éste no era el problema de Marco Galerio que tenía casa y una parcela de tierra heredada de su padre. Desde entonces había tenido la suerte de que su legión siempre hubiera estado destinada en la Ulterior y, los dos últimos años, en Hispalis.
      Urso no era el mismo desde que habían vuelto de Gades; estaba constantemente pendiente de la extraña y se ocupaba de darle de comer con una paciencia desconocida en él. La mujer no era joven. Hipia estaba segura que habría superado holgadamente los treinta; era una vieja, no como ella, que apenas tendría unos veintiséis y era bastante hermosa, según decían los que la conocían, su piel era blanca y lechosa, sin imperfecciones, aún sometida al duro trabajo diario que estaba obligada a realizar. La de la otra, la extraña, era aceitunada y basta. No entendía por qué Urso estaba tan fascinado con ella.
      Recogió la sábana sucia y el jarro con el que había traído el agua caliente. Había tenido que asear ella sola a la extraña porque Urso estaba realizando unas gestiones para el amo en Astigi[1] y no volvería hasta el día siguiente. Le había venido la menstruación y eso suponía lavarla y cambiarla con más frecuencia. Más trabajo. Empezaba a sentir algo que desde hacía tiempo creía desterrado definitivamente de su sencillo corazón. Odio. Sí, no había tenido un sentimiento tan fuerte desde que perdió de vista definitivamente a su padrastro, el día que la vendió a aquél tratante de Heraclea Lincestis[2] y dejó, por fin, de sufrir sus vejaciones y abusos; él creía que la estaba castigando al venderla, pero le había proporcionado un pasaje hacia una vida mejor y llena de placidez. Los dioses cuidaron de su destino cuando desembarcó en Carteia y, tras un largo viaje, acabó en un mercado de Corduba donde la compró la que, años más tarde, llegaría a ser la segunda esposa de Marco Galerio padre. De eso hacía ya quince años. Desde entonces había recibido un trato justo a cambio de un duro e intenso trabajo; dormía en una cama cómoda y caliente, comía bien, nadie le pegaba sin motivo. Se acostaba sorprendida de no tener que preocuparse por si alguien se metía en su lecho en mitad de la noche. Fue ella, por decisión propia, la que se metió en el lecho de Urso seis meses después de la boda de su señora Marcia y de su llegada a la nueva casa de Hispalis, arrebolada por los ojos de ese enorme esclavo, por su fuerza y su bondad y desde entonces no lo había abandonado. No estaban casados dado que ese era un derecho que a ambos como esclavos les estaba vedado, pero se sentía su esposa y él, su esposo. Nunca había mirado a ninguna otra mujer ni había hecho ningún comentario lascivo referente a otra delante de ella. Lo amaba, se sentía correspondida y había llegado un día en que creía que su vida era plena y tranquila y que así sería hasta el día de su muerte.
      Hasta que Urso regresó de Gades con esa esclava.
      Ya no era el mismo, estaba distraído, ausente. Y se quedaba mirando a esa mujer fijamente como si fuera una diosa durmiente y no una moribunda babeante.
      Hipia contuvo el llanto una vez más. Era humillante sentirse celosa de una mujer como esa, sin embargo, también se sentía mezquina y sucia por sus pensamientos.
      Se dirigió a la cocina. Estaba preparando un guiso a base de cordero y verduras con cuyo caldo daría de comer a la mujer. La estancia estaba deliciosamente impregnada de los aromas del potaje. Cortaba en trozos pequeños una cebolla y varios dientes de ajo cuando un pensamiento se le pasó por la cabeza. Si la nueva esclava moría, y ella sabía muy bien cómo hacerlo sin que se notara que no era por causas propias de su mal, todo volvería a ser como antes. Tomó aire con fuerza. De lo más profundo de su garganta surgió un quejido fruto del llanto que luchaba con todas sus fuerzas por contener. Miró sus manos y vio el cuchillo que sostenía con la derecha. Un arrebato de furia le hizo lanzarlo con todas sus fuerzas contra la chimenea; el impacto al golpear la piedra del hogar hizo saltar chispas.
      Entonces escuchó un gruñido.
      Hipia contuvo el aire en los pulmones. Sí, había escuchado un gruñido animal, pero no estaba segura de su procedencia. Miró hacia la puerta que daba al patio de atrás. Rápidamente se agachó y recuperó el cuchillo del suelo enarbolándolo en actitud defensiva.
      El gruñido volvió a escucharse, esta vez un poco más alto y supo con absoluta certeza de donde procedía. Sin soltar el cuchillo se asomó a la leñera y miró sobre el jergón de paja.
      La mujer se había incorporado un poco y se apoyaba sobre el brazo sano, el derecho, mientras extendía el otro que aún tenía entablillado con gesto suplicante hacia Hipia al tiempo que gemía. El ojo menos malo lo tenía abierto por completo y fijó la vista en su rostro, pero inmediatamente la bajó hacia su mano y hacia su cuchillo. La esclava dejó de gruñir y bajó la mano, echándose instintivamente hacia atrás. La mirada dejó de suplicar y mostró miedo, las lágrimas rodaron por su amoratado rostro. Hipia se dio cuenta de que la mujer hacía verdaderos esfuerzos por huir e inmediatamente fue consciente de que la temía a ella. Soltó el cuchillo, que cayó al suelo, y mostró sus manos desnudas en dirección a la mujer.
      —No temas –le dijo a duras penas, conteniendo su propio llanto—, es un cuchillo para cortar verduras. No te voy a hacer daño, no temas.
      Se agachó y se acercó a ella despacio.
      —¿Me entiendes?
      La mujer miraba a Hipia con gesto inteligente, aunque no parecía entenderla.
      —Mi nombre es Hipia –se puso una mano en el pecho señalán- dose—, Hipia. ¿Comprendes?
      La esclava siguió escudriñando el rostro de Hipia con su ojo sano y el ceño fruncido. «Quizá no comprende mi lengua», pensó. La mujer levantó la mirada y observó el cuarto en el que reposaba, miró el jergón. Entonces examinó sus manos y con la sana se palpó el rostro, la garganta, los vendajes que sujetaban sus costillas rotas. Volvió a mirar a Hipia con gesto suplicante.
      —Tienes varias costillas rotas, la mano dislocada y el tobillo también –era consciente de que probablemente no le entendía, pero de repente tenía la necesidad de hablar y explicar—. No puedes hablar porque algo te golpeó la garganta y te la lastimó. Además, tienes una enorme herida en la cabeza.
      Hipia posó su mano con cuidado en el costurón del cuero cabelludo. La mujer puso también sus dedos en su herida y palpó la sutura con detenimiento. En ningún momento apartó su ojo de los de Hipia. Estaba desconcertada, pero no parecía que se hubiera quedado imbécil por los golpes de la cabeza o por sus heridas. Hipia se levantó y entró rauda en la cocina, apareciendo al poco con un cuenco medio lleno de un aromático caldo de carne y verduras que le ofreció. La mujer negó con un gesto de su cabeza y señaló una jarra que había en el suelo con un vaso de cerámica al lado, mientras se tocaba los labios. Hipia, sin soltar el cuenco, llenó el vaso y se lo acercó a los labios. La mujer dio un sorbo y arrugó el semblante en señal de desagrado.
      —Es vino con agua y especias. Es bueno para reconfortar y para recuperar la sangre perdida –dejó el vaso a un lado.
      La mujer se dejó caer lentamente en el lecho de nuevo y cerró el ojo. Hipia la arropó.
      —Descansa, eso hará que te recuperes más pronto.
      Hipia recogió su cuchillo del suelo y lo limpió en su manga. Miró una vez más a la mujer y salió. Entonces ésta abrió el ojo sano y volvió a examinar el habitáculo con extrañeza, la sábana, sus vendajes. Se palpó el rostro y el pecho. Se observó una extraña herida en forma de quemadura que tenía en el brazo.
      Cerró nuevamente el ojo y tras un breve instante se quedó dormida. El sueño relajó su cuerpo herido, pero no borró el gesto interrogante que fruncía su ceño.

Cayo Ulpio saboreaba el vino mientras miraba a la esclava desde la puerta de la leñera. La mujer parecía dormir plácidamente recostada de lado, aunque la cabeza la tenía vuelta hacia arriba. Urso estaba sentado a la mesa de la cocina cortando queso.
      —Increíble que haya sobrevivido con tales heridas –dijo sonriendo Ulpio.
      —Sí, aunque Crito asegura que si aún vive es porque está bien alimentada y es fuerte, si no estaría ya muerta –Urso levantó la vista de su tarea sin dejar de cortar.
      —Y dices que no sabéis nada de ella ni su nombre.
      —Efectivamente, señor, en los papeles no se indica el nombre o su procedencia. Son falsos y mal elaborados. Si el amo Marco hubiera querido…
      —Marco probablemente ya ha hecho bastante con sacarla de aquella jaula. Todo el dinero que haya pagado por ella siempre será demasiado.
      Ulpio apuró su vino y dejó el vaso sobre la mesa de la cocina. Entró en la leñera y se colocó a los pies del jergón.
      —Su aspecto es lamentable, pero tantas heridas y hematomas no esconde el hecho de que es fea y evidentemente vieja. Esperemos que cuando despierte y se mejore sirva para algo.
      Urso no pudo contener una carcajada. Ulpio le hizo coro al tiempo que se giraba y volvía a la cocina. Se sentó en un banco ante la mesa y con tono amable se dirigió a Hipia:
      —Querida macedonia, ponme ya de comer –Hipia rió de buena gana mientras servía un cuenco de una marmita al fuego del que procedía un delicioso aroma—. No te puedes imaginar lo mucho que he recordado tus guisos allí por donde iba.
      —Señor, ¿no deseas mejor comer en el triclinium? –Urso le servía otro vaso de vino con especias—. Ya sabes lo que opina el amo Marco de que te demos de comer en la cocina.
      —Urso, Marco no está por aquí, ¿no es cierto? Pues yo prefiero comer en la cocina, se está mas a gusto y más calentito. Antes siempre comía aquí. Me gusta. No te preocupes que por mí no se va a enterar.
      Hipia le sirvió un cuenco con una buena ración de guiso de huevos y verduras que Ulpio no tardó en probar humeante como estaba.
      —Delicioso, Hipia, como siempre esto está delicioso.
      La esclava que descansaba en la leñera abrió los ojos; el que tenía peor iba deshinchándose poco a poco y era ya una rendija considerable que le permitía ver con bastante amplitud. El aroma que procedía de la cocina le hizo crujir las tripas. Estaba hambrienta, aunque prefirió no dar señales de que estaba despierta. Ya hacía dos días que había recuperado la conciencia y que había conocido a Hipia, pero desde ese momento fingía su sueño. No podía hablar y estaba muy dolorida, el pecho era una brasa y el pie le latía mortalmente. Sí, su cuerpo estaba maltrecho, sin embargo no era eso lo que más le preocupaba. Lo que más le mortificaba era que no recordaba su nombre; por más vueltas que le daba no conseguía recordarlo. La joven que vio cuando se despertó, se señalo a sí misma y dijo claramente «Hipia», pero no entendía su lengua aunque le resultaba vagamente familiar, un acento conocido. Tampoco sabía dónde estaba. Eso, probablemente, podía resultar algo lógico, pero tenía la extraña sensación de que se encontraba donde no esperaba estar. No podía explicárselo a sí misma con claridad, estaba confundida, mas estaba en un lugar y en un ambiente que no esperaba. No era su sitio.
      Escuchó atentamente la conversación de la cocina. Se descubrió entendiendo palabras sueltas. Sí, era una lengua familiar, pero estaba completamente convencida de que no era la suya. Pensaba en su cabeza con su propio idioma y no era el que utilizaban estas gentes. Sus ropas también le resultaban fuera de lugar, aunque no podía comprender por qué.
      Con mucho cuidado se incorporó. Apenas le costó trabajo dado que llevaba haciéndolo desde que despertó y sabía cómo ponerse para que las costillas lastimadas no le dieran un latigazo de dolor. Sintió un leve mareo que cesó al instante. No tenía ni idea de lo que pensaba hacer, pero flexionó la pierna buena y, ya de rodillas, intentó levantarse. Perdió el equilibrio y tuvo que apoyar las dos manos en el suelo para no caer. Para su sorpresa la mano dañada respondió bien y sólo sintió una leve punzada de dolor. Iba mejorando. Al final, consiguió ponerse en pie. Apoyó lentamente el que tenía entablillado y, de inmediato, hubo de levantarlo otra vez. No, este pie tardaría en recuperarse y poder sujetar su peso. Apoyó las manos en la pared y se miró; llevaba una especie de camisa que le llegaba algo por debajo de las rodillas y le dejaba los brazos desnudos; era de tela basta y gruesa, pero se veía que lo habían lavado muchas veces y su tacto era suave y agradable. Suspiró profundamente mientras cerraba los ojos. La sensación de estar fuera de lugar era más fuerte cada vez. Nerviosa, se pasó una mano por la pelada cabeza. Un mareíllo nubló su vista y su pierna sana tembló. No tenía donde agarrarse y trastabilló; sus oídos zumbaron mientras caía de rodillas.
      En la cocina se escuchó un ruido procedente de la leñera. Urso se levantó como una exhalación mientras Ulpio levantaba las cejas en un gesto irónico y divertido.
      —La barca parece ser que está llegando por fin a su puerto –dijo Ulpio sin soltar su cuchara al tiempo que miraba a Hipia, cuyo ceño arrugado indicaba que no estaba tan divertida como él.
      «La compra inesperada de Marco no tiene a todo el mundo contento, sin duda», pensó Ulpio.
      —Debes permanecer acostada hasta que mejores –El tono de Urso era afectuoso—. Estamos aquí al lado. Te pondré algo de comer.
      Urso volvió a aparecer en la cocina y cogió un cuenco de madera de un estante. Hipia le miró con evidente gesto de enojo, se levantó bruscamente y le quitó con un zarpazo el cuenco de las manos. Ulpio siguió comiendo mientras no les quitaba ojo. Era obvio que el enfado que flotaba en el aire era espeso y opresivo, pero a él le divertía. Hipia llenó el cuenco con el potaje de la marmita que estaba al fuego.
      —La mujer tendrá que comer ¿no crees Hipia?
      Ulpio bajó la vista y la fijó en su plato.
      —Este no es el momento más adecuado para discutir, Urso –el tono de voz de Hipia era contenido.
      Urso tomó el cuenco de manos de Hipia y una cuchara y regresó a la leñera. Se escuchó cómo Urso ayudaba a la esclava a incorporarse. Al poco volvió y se sentó nuevamente en el banco, a la mesa.
      —Ha mejorado mucho en poco tiempo –dijo mientras se servía otro vaso de vino—. Está comiendo sola.
      El resto de la comida transcurrió en el más absoluto y tenso de los silencios, pero la sonrisa no se borró de los labios de Ulpio.


[1] La actual Écija, en la provincia de Sevilla.
[2] Antigua Macedonia

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