viernes, 14 de octubre de 2011

SANATIO. Capítulo II (cont.) Hispalis

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El desembarco en el puerto de Hispalis se llevó a cabo sin ningún tipo de incidente. Los caballos enfermos seguían algo débiles pero se recuperarían. Urso debió salir sin que Marco Galerio lo viera. Esa mañana, al alba, habían intercambiado unas pocas palabras. El esclavo le indicó que la mujer seguía viva, aunque su situación no había cambiado prácticamente; le aseguró que se ocuparía de su traslado y que la acomodaría en la casa de Galerio. Urso se perdió nuevamente en las profundidades del barco e instantes después Marco apenas recordaba la conversación, enfrascado como estaba en la supervisión de los caballos y su desembarco. 
El campamento permanente de la Legión XXX se encontraba en la zona norte, cercano al río Betis. Marco Galerio y sus hombres debían, por tanto, rodear parte de la ciudad para llegar a su destino, porque estaba prohibido transitar a caballo o mediante otro tipo de montura por sus calles. Esto no supondría mayor problema dado que el legado de su campamento, a través del praefectus castrorum, había enviado a varios auxiliares, caballistas expertos, que se ocuparían de tan engorrosa tarea.

      Marco Galerio se entretuvo casi una hora en las oficinas del puerto resolviendo ciertas tareas administrativas mientras tomaba un sencillo refrigerio, compuesto por un poco de pan, aceitunas y vino, acompañado por el capitán de la nave que los había transportado y por el funcionario encargado del puerto. El refrigerio consiguió devolver a su cuerpo las fuerzas, pero no ayudó a que su mente recobrara el sosiego. Quizá necesitaría muchos vasos de vino para que pudiera dejar de pensar y de darle vueltas a sus necios presentimientos. Por supuesto, la vuelta a la rutina del campamento sería el bálsamo más idóneo para que se le pasaran sus angustias y se liberara de la losa de sospechas que las palabras del duunviro Naevio Balbo habían cargado sobre sus hombros.

      Terminó sus gestiones y salió de las oficinas. Emilio Paullo y sus hombres le esperaban con su caballo ya listo. Los auxiliares del campamento se habían ocupado de hacerles traer a cada uno de ellos su montura habitual. Los nuevos caballos, de exquisita y escogida raza, sin duda magníficos, irían destinados al legado, al tribuno laticlavio y a los cinco tribunos angusticlavios de su legión; él, como tribuno de la caballería, precisaba una montura no sólo rápida, sino fuerte y resistente, requisitos que los animales que había traído de Gades no cumplían. La mañana había amanecido cubierta de un manto grisáceo de nubes y un frío húmedo que calaba los huesos hasta llegar a doler. Miró al cielo: por lo menos no llovía. Galerio se ajustó el manto, se colocó el yelmo y tomó las riendas que uno de sus legionarios le alargaba. Se disponía a montar cuando una voz le detuvo.

      —¡Marco Galerio Celer! ¡Qué casualidad!

      Marco se giró sorprendido al reconocer la estruendosa voz. Conteniendo su alegría hizo un gesto a sus hombres, mientras les indicaba que se adelantaran sin él. Un mudo asentimiento conjunto de sus hombres, el saludo de rigor y los soldados salieron a un trote ligero en sus monturas, alejándose del arenal del puerto.

      Un hombre de cerca de cuarenta años, un palmo más bajo que él y de cabello castaño claro, casi rojizo, se acercaba sonriendo de oreja a oreja a Marco. Iba vestido con una túnica sencilla de color verde claro y manto de color crudo, ropas de civil aunque el calzado que portaba era igual que el suyo, unas calcei del ejército. Marco Galerio le devolvió la sonrisa. Se alegraba de verlo aunque su ceño se frunció levemente ante la sorpresa de encontrarlo justo donde no esperaba.

      —¡Cayo Ulpio, qué sorpresa verte aquí! Te hacía en la Narbonense.

      Se dieron un discreto y breve abrazo y seguidamente se tomaron por las muñecas con ímpetu, sin perder ni por un instante sus respectivas sonrisas de alegría.

      —Llegué la pasada noche. Vengo de Roma, pero desembarqué en Carteia y me he tomado unos días hasta llegar.

      Los ojos verdes, casi azules, de Ulpio brillaban contenidos. Marco lo conocía de sobra y sabía qué suponía cuando le miraba de esa manera, pero estaba muy contento de volver a verlo y prefería no hacer más conjeturas.

      —Por supuesto no estás de visita.

      Ulpio rió a carcajadas.

      —Por supuesto, Marco, por supuesto que no.

      —¿Has sido destinado aquí?

      —Esta zona está costando un poco más de esfuerzo del esperado para su control —Marco asintió—. Desde que Octaviano se hizo cargo de Hispania no ha perdido la esperanza de llegar a dominar todo su territorio, por lo que está reforzando las legiones que tiene destacadas y no descarta reclutar alguna nueva para hacerla llegar a estas tierras. Como hablo algunas lenguas de los indígenas y chapurreo otras pues era el hombre indicado para venir aquí e incorporarme. Vengo a tu legión.

      Galerio palmeó los hombros de su amigo y lo zarandeó con cariño mientras reía lleno de satisfacción.

      —¡Ulpio, como en los viejos tiempos!

      —Claro, con unos cuantos años más y con el cuero roto por varios sitios nuevos —apuntó socarrón, Ulpio.

      Ambos, casi de la misma edad, se habían alistado en la legión al mismo tiempo. Hicieron juntos la instrucción y su primer destino fue Hispania, en las tropas del ya mítico Julio César, al que los eruditos e historiadores equiparaban con el mejor general de todos los tiempos, Alejandro Magno. Posteriormente su legión fue destinada en la Galia, hasta el inicio de la guerra civil contra el gran Pompeyo, en que fueron trasladados nuevamente a Hispania, a la Citerior, primero y a la Ulterior, más tarde. La guerra finalizó en el 708 AVC y, un par de años después, su legión fue disuelta; entonces ambos fueron destinados a distintos destacamentos. Ninguno de los dos se planteó jamás volver a la vida civil y medrar en política, lo que hacían casi todos los que estaban en su misma posición social. La condición de aristócrata de Cayo Ulpio le había permitido ascender algo más deprisa que Marco, aunque era dos años menor, y por ello, se incorporaba al destacamento de Hispalis con el grado de tribuno angusticlavio, un escalón por encima del tribuno sexmenstris de caballería, cargo que detentaba Marco Galerio. El mando de dos cohortes de legionarios de infantería era un grado más en la jerarquía militar, en el cual la caballería tenía la condición casi como de un cuerpo auxiliar.

      —Llegué la pasada noche pero no debo presentarme hasta hoy, por lo que he decidido abrir mi casa e irme instalando, que los inviernos por aquí son peores de lo que podrían hacer pensar sus calurosos estíos.

      —Me alegro mucho de tenerte por aquí cerca, amigo —dijo Galerio.

      Marco, aún sonriente, tomó las riendas de su caballo y Ulpio entendió al instante.

      —Ambos tenemos cosas que hacer y tú estás de servicio.

      —Yo también acabo de llegar de viaje, de Gades, y aún debo presentarme ante el legado. Nos vemos allí.

      Se tomaron nuevamente de las muñecas. Marco Galerio se subió a su montura y, tras dirigir un mudo saludo a su amigo, partió con un trote ligero.

      Ulpio vio alejarse a su amigo con gesto grave. Sí, muchas cosas habían sucedido en todos esos años. Aún recordaba el día en que se separaron por última vez. Hoy las apariencias indicaban que todo había quedado atrás, que el dolor estaba enterrado. Se giró y se dirigió hacia donde se encontraba su esclavo, Chiprio. En cuatro años él no había conseguido cerrar la herida que le corroía las entrañas. Esperaba que Marco Galerio hubiera tenido más éxito.



Tito Fabio Buteo, legado propretor de la Legión XXX, había sido siempre conocido como Craso, dado el exceso de peso que había arrastrado desde su más tierna infancia. Nadie le había retirado el apodo más de quince años después de su primer destino, cuando su aspecto era ya huesudo más que musculoso, aunque su fuerza no tenía nada que envidiar a la de otros hombres de más envergadura. Procedente de una familia del orden ecuestre, había luchado en la guerra en el bando cesariano, pero no había estado destinado en Hispania, sino en el frente oriental, combatiendo contra las tropas que dirigía personalmente Pompeyo Magno. Seguidamente, estuvo destinado en Egipto junto a Julio César. Llevaba en la Península dos años, el tiempo que hacía que Octaviano se había repartido el poder con Marco Antonio, reservándose el poder de las provincias hispanas, descartando a Emilio Lépido de cualquier acuerdo con los otros dos triunviros y dejándole apenas las sobras en el reparto territorial. El cargo de Fabio Buteo había sido respetado por Octaviano y era de los pocos legados que habían llegado a este puesto escalando en la jerarquía y no nombrados directamente entre la clase senatorial, como se estaba llevando a cabo en los tres últimos años. Eso le llenaba especialmente de orgullo, dado que suponía que las altas jerarquías de Roma reconocían la fidelidad y el respeto que recibía de sus tropas por una carrera llena de triunfos y valor.

      Sentado en una cómoda silla de piel y sobre unos cálidos cojines, el aspecto de Fabio Buteo era más regio que castrense y así lo reflejaba la decoración de su habitáculo en la que abundaban los enseres dirigidos a facilitar la vida cotidiana. Observaba con ojos de halcón a Marco Galerio al que había enviado a Gades a una misión mucho más importante que el intrascendental traslado a Hispalis de una recua de caballos mauritanos. La amistad personal del tribuno de caballería con uno de los duunviros de la ciudad, el mejor relacionado de la zona, hacía imprescindible que se entrevistara con él con el objeto de recabar parte de la valiosa información que los espías, que Lucio Naevio Balbo tenía repartidos a ambos lados del Estrecho, le iban suministrando con regular frecuencia. Las dificultades por las que atravesaba el gobierno de Roma afectaban el devenir político y militar de todas y cada una de sus provincias y, desde los seis años que habían transcurrido tras el reciente conflicto civil, Hispania, como territorio de gran trascendencia económica y estratégica, había alcanzado un papel de suma importancia política que ninguna de las otras provincias que orbitaban alrededor de la metrópoli había alcanzado aún; incluso, su grado de romanización estaba a tales niveles que sus ciudades más grandes e importantes la hacían casi tan romana como la propia Roma.

      En la residencia del legado, aparte de éste y Marco Galerio, sólo había otras dos personas de la más absoluta confianza y fidelidad hacia su persona: uno de los duunviros de Hispalis, Lucio Horatio Victor y uno de los tribunos angusticlavios a las órdenes de Fabio Buteo, concretamente el de más edad, Mario Atilio Varo, cuñado del legado y su mejor amigo, tras haberle salvado la vida cargándolo en sus hombros al ser herido en una emboscada; lo rescató y caminó unas diez millas con él, a cuestas, hasta que le pudo facilitar ayuda de un médico, en el transcurso de la batalla de Farsalia. Desde entonces, formaba parte de su cuadro de mando y le era absolutamente fiel. Los otros altos cargos de la legión, es decir, el prefecto del campamento, el primus pilus o primipilo[1], el tribuno laticlavio y los otros tres tribunos angusticlavios no estaban convocados ni conocían tal reunión. Los dos primeros, Cneo Decio Aquila y Decimo Junio Silano, estaban ausentes, en una misión de exploración en tierras del Algarve y organizando la inminente llegada del Gobernador, respectivamente. El último tribuno, Sexto Poncio Silano, no estaba porque sencillamente no era de la confianza del legado y no había sido avisado. Se podía considerar ésta una reunión oficiosa y la información que Marco Galerio debía transmitir en el transcurso de la misma, confidencial y, como tal, de suma importancia. No era una actitud muy ortodoxa, cierto, pero Fabio Buteo entendía que la seguridad primaba por encima de todo.

      Fabio Buteo comía uvas y los otros dos bebían vino sentados alrededor de la mesa de los mapas, mientras Marco Galerio permanecía de pie frente a ellos; algún observador externo podría entender desde fuera que se trataba de una reunión casi informal. Un esclavo le ofreció vino, pero él lo rechazó con un escueto gesto. Al legado no le gustaba que los oficiales de menor rango, como era su caso, se sintieran cómodos en su tienda y Marco sabía que, aunque se lo ofrecieran por cortesía, debía rechazarlo. Estaba de servicio y cuando se estaba de servicio ni se bebía ni se comía; por supuesto, él no formaba parte de la reunión de amigos de Buteo.

      —El rey Bogud de Mauritania no se molesta en ocultar su predi- lección por Marco Antonio —Fabio comía y hablaba con la boca llena ignorando la presencia de Marco—. Todos sabemos los teje- manejes que el hermano del noble Marco, Lucio Antonio, se llevó con los colaboradores de Bogud hace dos años para que atacase la Ulterior y a nuestro querido amigo Carrinas, gobernador de Hispania por esos días, para acabar con los intereses de Octaviano en esta provincia.

      Todos asintieron excepto Marco Galerio que permanecía en pie, con las piernas algo separadas, las manos a la espalda y la mirada fija en algún punto del techo de la tienda. Mientras no se dirigieran directamente a él no debía mediar palabra en la conversación. Tenía mucha sed y se le pegaba la lengua al paladar cada vez que escuchaba cómo alguno de los presentes daba un sorbo de su copa.

      —Lucio Naevio tiene destacados varios espías, speculatoris, a ambos lados del Estrecho —dijo Horatio Victor.

      Silencio.

      Marco Galerio bajó la vista del techo y se encontró a los tres hombres mirándolo fijamente. El legado le hizo un gesto con una mano llena de uvas invitándolo a tomar la palabra. Le fastidiaba enormemente esa actitud por parte de sus superiores que lo transformaba de un plumazo en un simple legionario en lugar de en un tribuno. Sin duda su procedencia de una aristocracia rural, menor en relación a los que procedían de la ciudad y del senado, le producía un enorme malestar. Sin ir más lejos a Atilio Varo no le había hecho gracia el ascenso de Marco Galerio, pero las órdenes habían procedido directamente de Roma y ante eso no existía réplica posible. Las lenguas malintencionadas hablaban de que Marcelo había tenido mucho que ver en ello y que su ascenso había sido fruto de una recomendación. Eso no era en sí nada malo ni vergonzante, de hecho era algo bastante común y un recurso al cual muchos no dudaban en hacer uso para facilitar un cursus honorum más brillante, pero a Marco Galerio le avinagraba la sangre que pocos recordaran que sus hombres, sus jinetes, y dos cohortes, las del desaparecido Cn. Claudio Dento, tribuno angusticlavio, le aclamaran tras la batalla que les había enfrentado a indígenas lusitanos la primavera pasada, al norte de Olisipo, en la que él había puesto su vida al filo de una daga por salvar y proteger el avance de los legionarios a pie y de los auxilia.

      Tomó aire procurando que la indignación que le abrasaba por dentro no se evidenciara por el temblor de su voz. Evitó la mirada de Atilio y la fijó en Fabio Buteo el cual, aunque como persona podía llegar a ser un autentico engreído, como soldado y como estratega era de los mejores y un general justo.

      —El duunviro Lucio Naevio Balbo dispone de varios speculatoris infiltrados entre las tropas de ambos soberanos de Mauritania, los hermanos Bogud y Boco II. Las noticias que llegan indican que, efectivamente, Bogud está reforzando su ejército y su armamento, alistando hombres en las fronteras y disponiendo naves rápidas y de transporte en diversos puertos.

      —¿La disposición nos indica desde dónde se puede producir el ataque? —Fabio masticaba a dos carrillos y al hablar se le escapó un poco de jugo de frutas por las comisuras hacia su barbilla—. Qué nos dicen sus hombres a este respecto.

      —No existen datos suficientes para asegurarlo, pero no sería descabellado considerar que se buscará la ruta más rápida. Naevio cree que elegirá una plaza en nuestras costas que le permita desembarcar con facilidad y rapidez y ésta podría ser Onubo, Carteia[2]

      —Y de Boco, ¿qué podemos esperar de él? —Atilio Varo miraba el fondo de su vaso.

      —El rey Boco está deseando unificar nuevamente el reino, tal como lo tuvo su padre, y por ello prefiere apoyar al triunviro a quien considera que va a resultar más beneficiado en la política de Roma…

      Marco supo que su comentario había sido un error, justo en el momento en que empezó a hablar.

      —¿Y quien considera Boco que va a resultar vencedor? —Atilio seguía sin mirarle directamente a la cara.

      Marco Galerio guardó silencio. La prudencia era un arma de la que se valía en las situaciones más embarazosas, cuando una respuesta podía estar cargada del más ponzoñoso de los venenos; era una de las pocas cosas que su padre había podido enseñarle en los escasos años que pudo estar junto a él, eso y manejar la gladius con mortífera habilidad. Hispania estaba a cargo de Octaviano y éste jugaba muy bien sus bazas, resultado de las cuales ganaba terreno en el control de las diversas provincias dominadas por Roma, pero si en un futuro los dioses ya no le sonreían y Fortuna dejaba de acariciarle el corazón…

      —En la guerra civil Boco apoyó a Pompeyo y Bogud a Julio César  —Marco se sorprendió de la firmeza de su propia voz—. En la situación actual Boco ha modificado su criterio dado que apoya al sucesor legal del dictator, que no es otro que Octaviano, su sobrino e hijo adoptivo. Según los espías de Naevio, ambos han cambiado de bando y las intenciones beligerantes de Bogud están justificadas por su deseo de apartar a su hermano del trono y adueñarse de todo el territorio mauritano. Y éste confía en que Marco Antonio cumpla sus expectativas. Ambos soberanos reniegan del reparto que en su día el padre de ambos, Boco I, hizo del reino mauritano. Ambos buscan el apoyo que creen más adecuado para hacerse con el territorio del otro.

      Marco miró fijamente a Atilio Varo. Éste, que seguía absorto en su bebida, levantó la vista y le dirigió una socarrona mirada que el tribuno interpretó como de satisfacción. Sin poder explicar por qué, tuvo la sensación de que había pasado con éxito algún tipo de prueba. Ya no tuvo ninguna duda cuando el legado y el duunviro le miraron a su vez con idéntico gesto en sus sonrientes semblantes.

      El duunviro de Hispalis, Horatio Víctor, dejó su vaso en la mesa con gesto nuevamente grave y miró a Fabio Buteo. Dijo:

      —Estimado legado, no pongo en duda la información que nos proporcionan los speculatoris del noble Naevio Balbo. Pero si no me equivoco, algo similar se supo cuando Lucio Antonio, hermano de Marco Antonio, instigó desde su puesto de cónsul a Bogud para que dos años atrás atacara esta provincia y al final no pasó nada.

      —Cierto, cierto, Horatio, pero es que dos años atrás Bogud no tenía los recursos que tiene hoy. No pierde la esperanza de que su ataque le traerá el apoyo del bando de los Antonios y que ello le proporcionará el apoyo militar y político necesario para controlar todo el país mauritano y echar de una vez a su hermano —Fabio suspiró con hastío—. Esta vez creo que el ataque sí se va a llevar a cabo. Los indicios así lo muestran y por ello debemos estar preparados.

      —¿Qué haremos con nuestras tropas? —Atilio Varo se puso en pie—. No es descabellado pensar que, si entre los mauritanos hay espías nuestros recabando información, en nuestras tierras pasará algo similar —hizo un gesto con los brazos, abarcando nada en particular—. Seguro que algunos de los que nos rodean les venden información a ellos.

      —Haremos como que no pasa nada y cuando llegue el gober- nador que él decida lo que se puede hacer. Es su responsabilidad —dijo Fabio Buteo.

      —Creo que cuando afirmas que alguien les está vendiendo información, Atilio, estás pensando en alguien en concreto –Horatio se levantó y se acercó a Fabio, que asintió en silencio.

      Atilio Varo se quedó con la palabra varada en sus labios. Dudaba si contar o no sus sospechas. Marco Galerio se dio cuenta de que le echaba un vistazo de reojo, mostrando recelo, antes de mirar abiertamente a Fabio y a Horatio y sintió que ya no podía contener más la furia, la indignación. ¡Era el colmo! Ni siquiera Hércules habría soportado más pruebas. Estaba harto de que se dudara de él por una u otra razón y sabía que ello estaba motivado por su relación personal con el cuestor Marcelo.

       Galerio se cuadró y colocó su brazo derecho sobre el pecho al tiempo que miraba al frente.

      —Legado, con tu permiso, debo atender mis obligaciones…

      —¡Tribuno sexmenstris Marco Galerio Celer, sólo yo te diré cuando debes abandonar esta reunión y cuales son tus obligaciones! —la voz del legado parecía brotar de una roca.

      Marco permaneció en la misma postura mientras respondía:

      —¡Legado! —se golpeó el pecho.

      Atilio Varo volvió a mirar con recelo a Marco que mantuvo la postura sin pestañear. Fabio Buteo se levantó y se acercó a los otros dos con las manos entrelazadas a su espalda. Indiscutiblemente su aspecto flaco, nervudo, podría poner en duda su capacidad y su fuerza; casi se le podría clasificar como de enclenque, salvo cuando uno se cruzaba con sus ojos. Negros, fuertes, amenazadores.

      —Mario Atilio, habla de una vez —el tono de voz de Fabio Buteo volvía a ser grave pero cordial—. Efectivamente por tus palabras se puede pensar con facilidad que sospechas de alguien cercano a nosotros.

      —No me gusta el centurión Aulo Emilio Paullo –tronó ya sin titubear, Atilio.

      El silencio que se hizo en la tienda fue sepulcral. Marco Galerio odió más aún, si eso era posible, al tribuno. Nada en la actitud del centurión Aulo Emilio podía hacer dudar de su fidelidad a Roma y de su buen hacer, según el parecer de Marco. Hacer pasar a un centurión por espía era acusarle de un delito de traición.

      —¿Ha hecho algo que te haga poner en duda su fidelidad a Roma? —el tono de voz de Fabio dejaba bien claro qué grado de jerarquía existía dentro de esa tienda.

      —No, legado –contestó Atilio sin apartar sus ojos de los pozos negros de Fabio.

      —Entonces no entiendo tu acusación.

      —Es familia indirecta del triunviro Emilio Lepido, al cual Octaviano ha arrebatado el control de Hispania y lo ha convertido en poco más que un mequetrefe en el gobierno de Roma, al contar sólo con Marco Antonio y dejarle a él las migajas. La fidelidad familiar muchas veces es antepuesta a la fidelidad a Roma y no creo que sea muy descabellado suponer que el tener entre nuestras filas a alguien tan cercano y directo al triunviro menospreciado pueda ser un riesgo que no deberíamos correr.

      «Eres mezquino, Mario Atilio», pensó con ira contenida Marco Galerio, procurando que su rostro no reflejara sus pensamientos.

      En ese momento un legionario pidió permiso para entrar, al tiempo que saludaba. El legado le hizo un gesto y el soldado se acercó, hablándole tan próximo a su cara y tan bajo que Galerio no escuchó lo que le decía. Fabio asintió en silencio; el legionario lo saludó levantando el brazo e idéntico gesto hizo dirigido a los demás presentes, como superiores suyos, y se marchó.

      El legado se dirigió al duunviro.

      —Lucio Horatio, nuestras obligaciones cotidianas nos reclaman.

      Marco permaneció en la misma posición mientras el duunviro se despedía de sus dos amigos y se marchaba. Fabio volvió a la mesa y sirvió un vaso de vino, se acercó a Marco y se lo tendió. Eran casi de la misma estatura y sus negros ojos le taladraban a la altura misma de los suyos. Marco dudó.

      —Marco Galerio, he de suponer que debes de estar cansado de tu largo viaje y sediento —le tendió el vino, nuevamente—. Bebe y descansa un momento antes de marcharte.

      Marco dudó un instante y tomó la bebida. Le dio un pequeño sorbo y esperó.

      —Acaba de llegar un nuevo tribuno, alguien a quien tú conoces sobradamente —Atilio le miró fijamente mientras se acercaba y se colocaba a un paso de él, junto a Fabio. Marco le sacaba bastante estatura por lo que debía bajar la cabeza para mirarle de frente—.Para nuestra sorpresa nos han enviado a Cayo Ulpio para ocupar el quinto puesto de tribuno angusticlavio.

      En ese momento el soldado de guardia lo anunció. Ulpio entró vestido de uniforme con el yelmo sobre el antebrazo izquierdo, mientras saludaba con el brazo derecho.

      Cuando vio entrar a su amigo Ulpio, Marco Galerio Celer supo que una puerta de su pasado se abría de par en par dejando salir recuerdos que creía definitivamente enterrados.



[1] El primer centurión de la primera cohorte de una legión. Formaba parte del cuadro de mando de la misma.
[2] Las actuales Huelva y Algeciras, en Cádiz, respectivamente.

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