domingo, 9 de octubre de 2011

SANATIO: Capítulo I (Cont.): Gades y Capítulo II: Híspalis

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La mujer seguía casi en la misma postura que la última vez que la había visto. Habían bajado la jaula del carro y la habían depositado en el suelo, a la entrada del almacén. Quizá alguien debía entrarla y se había olvidado. A esas horas, por efecto del poniente, hacía ya mucho frío y su cuerpo temblaba sin control. Un perro olisqueó a su alrededor y se disponía a levantar una pata trasera para orinar sobre los barrotes de madera, cuando Urso le asestó una patada en un flanco que lo desplazó varios pies de allí. El chucho se alejó gimiendo de dolor. En ese momento aparecieron dos hombres que, sin dignarse a mirar a Marco Galerio ni a Urso, tomaron la jaula, cada uno por un lado y la entraron; la mujer se bamboleaba a uno y otro lado, pero no emitió ni un solo sonido.
      Marco hizo un esfuerzo por no gritar a su esclavo. No entendía para qué le había hecho ir hasta los almacenes del puerto. Estaba perdiendo el tiempo y la poca paciencia con la que los dioses le habían dotado al nacer hacía tiempo ya que se había agotado. Urso entró sin mediar palabra y Marco Galerio, suspirando de fastidio, lo siguió.
      —¿Qué es lo que quieres que vea, Urso? Hace rato ya que has sobrepasado tu límite —susurró con furia.
      Urso, sin mirarle ni contestarle, se acercó a la jaula y se detuvo a un lado. Marco no salía de su asombro.
      —¿Esto?
      —¿En qué puedo ayudarte, noble tribuno?
      El mismo comerciante que una hora antes había hablado con Urso, se les acercó por detrás y se dirigió, esta vez con tono melifluo y almibarada e hipócrita sonrisa, a Marco mientras le hacía un estúpido amago de reverencia. Urso, a sus ojos, era invisible.
      Marco Galerio no sabía qué responder y el hecho de encontrarse en esa situación tan ridícula hizo renacer su furia. Con la barbilla lanzó un gesto en dirección a la jaula. Debía decir algo para tener la sensación de que controlaba la situación.
      —¿Qué precio tiene?
      La mirada astuta del mercader se dirigió de Marco al esclavo y otra vez al primero, mientras su sonrisa perdía algo de brillo y se transformaba en una mueca casi de asco. Sólo fue un instante y al momento sus dientes brillaron en todo su esplendor. Sus palabras dieron razón de por qué este hombre era comerciante y no otra cosa.
      —Noble señor, esta mujer no es la adecuada. Aquí al lado tengo a unas hermosas hembras… o si tu gusto es otro, a unos tiernos y sumisos efebos. No los he puesto aún en venta…
      Galerio no podía apartar los ojos de Urso y éste no apartaba los ojos de la mujer de la jaula.
      —Te he preguntado por ésta!
      El mercader guardó sus dientes para una mejor ocasión.
      —¡Señor, esto es casi un perro!
      —¿Y para qué la tienes aquí, entonces? —preguntó Urso.
      —Señor —el mercader ignoró a Urso—, la tengo aquí por caridad. Le proporciono los cuidados adecuados y cuando sane…
      —Esta mujer no tiene aspecto de que vaya a sanar —dijo Marco.
      Los ojos del mercader de esclavos amenazaban con salirse de sus cuencas y un sudor frío perlaba su frente y todo su rostro. Era evidente que no le hacía ninguna gracia que se fijaran en la mujer de la jaula. Casi se escuchaba el trabajo que hacía su cabeza por buscar una respuesta acorde con la curiosidad del tribuno.
      —¿De dónde la has sacado? —preguntó nuevamente Urso.
      El nerviosismo del mercader era tan intenso que respondió a la pregunta de Urso. Ignorarlo en ese momento era un esfuerzo demasiado intenso que no se podía permitir. Se secó el sudor de las manos en la túnica al tiempo que contestó:
      —Se la compré a un mercader de Olisipo[1] hace unos días.
      —¿Cuántos?
      —¡No sé, unos seis o siete!
      —¿La marca de hierro de su brazo es de ese mercader?
      El comerciante miró el brazo de la mujer como si lo viera por primera vez. Galerio estaba mudo de asombro. Urso acribillaba al hombre a preguntas y éste se moría con cada nueva cuestión. Era más que evidente que guardaba algo negro en todo este asunto. Decidió dejar hacer a su esclavo. Su instinto era único y decidió esperar a ver dónde le llevaba.
      —¡Sí, es de un mercader lusitano! Cuando se la compré, ya lo tenía. Tengo todos los documentos de la venta en regla, si me acompañáis os los mostraré…
      Urso se acercó al mercader.
      —¡Mientes!
      El mercader se puso blanco, pero aún así reunió fuerzas para apartar con un brazo a Urso y acercarse con tono suplicante a Marco.
      —Tribuno, vuestro esclavo me está insultando y está poniendo en duda mi noble labor y no pienso consentirlo.
      Galerio con gesto circunspecto observó a la mujer. Estaba herida, moribunda, atada, sucia, mal vestida. No había que entender mucho para ver que le quedaban horas de vida si permanecía más tiempo en esas condiciones. Observó el brazo de la esclava y la quemadura que presentaba como marca propia de un presunto mercader de Olisipo. Urso estaba en lo cierto. El comerciante estaba mintiendo: esa quemadura era reciente. Si hubiera sido de más de una semana estaría casi seca y, sin embargo, se podían apreciar los bordes rosados, aún en carne viva. Marco entendió lo que había pasado y el terror que sentía el comerciante se lo corroboró. No sabía muy bien qué hacer, pero viendo lo afectado que se mostraba Urso, su interés y observando el estado terminal de la mujer, dejó que sus labios pronunciaran sus siguientes palabras:
      —¿Cuánto pides por ella?
      Los ojos del mercader brillaron de alivio y de avaricia.
      —Mil quinientos denarios, noble tribuno.
      A Galerio se le escapó una irónica carcajada por lo ridículo de la cifra y dijo:
      —Mercader, a mí no me vas a robar —el hombre hizo un gesto negativo con la cabeza.
      Marco Galerio perdió la paciencia y se acercó al mercader. Urso, sabiendo lo que iba a pasar, se colocó entre las demás personas que pululaban por el almacén y su amo, un efectivo parapeto visual para que la discreción fuera absoluta. El tribuno agarró al mercader por la túnica con tanta fuerza que éste debió ponerse de puntillas para no perder el equilibrio. Al instante se puso rojo por la mezcla a partes desiguales de indignación, vergüenza y la dificultad para respirar que la ajustada túnica alrededor de su cuello le estaba ocasionando.
      —¡Hijo de mala loba! Ése es el precio de mi esclavo –hizo un discreto gesto dirigido a Urso—. Esta mujer la has robado de algún sitio, estoy convencido de ello. Esa quemadura no tiene más de dos días. Si no quieres que te lleve a la Justicia ahora mismo con una oreja de menos me vas a hacer un precio más que razonable por esta esclava y una rebaja porque te gusta mi cara.
      Galerio soltó al hombre y se limpió la mano en su manto sin ocultar el asco que sentía por haber estado tan cerca de un ser tan miserable.
      El mercader dio su cifra, que hubo de rebajar nuevamente ante la furiosa mirada del tribuno. Al final la cifra definitiva resultó ridícula, pero no se podía pedir más por un cadáver. Mientras Urso le pagaba y recogía los documentos de la transacción, Galerio se le acercó por detrás:
      —Estoy convencido de que esta mujer no se la has comprado a un tratante de Olisipo y estoy más convencido aún de que es una mujer libre a la que le has puesto un hierro para hacerla pasar por esclava. Reza a los dioses para que no se recupere y nos cuente qué le pasó de verdad porque si tú has hecho lo que yo creo, volveré y te arrancaré las tripas con mis propias manos. No sé qué me impide que no haga venir a las autoridades para que revisen tu carga y tus acreditaciones.
      El mercader no tuvo valor para mirar a Marco Galerio a la cara; seguía pálido como la manteca. Mientras el tribuno se marchaba, Urso abrió la jaula y cortó la cuerda que sujetaba la mano de la mujer a los barrotes. Estaba hecha un ovillo en el reducido espacio de su prisión, por lo que tuvo que sacarla sujetándola por las axilas. La mujer gimió quedo. Su piel ardía y estaba seca, como hueca. Urso se quito la paenula y cubrió con ella el quebradizo cuerpo. Entonces la tomó en brazos y se dispuso a marcharse. Escuchó cómo el mercader murmuraba algo por lo bajo a sus espaldas y se giró. El terror volvió al necio rostro del hombre, sobre todo cuando Urso se le acercó nuevamente. Iba a llamar a sus ayudantes, cuando el esclavo le habló:
       — Yo que tú no volvería por aquí nunca más; vengo a Gades con mucha frecuencia.
      No fue necesario añadir nada más.

Tras dos días de viaje, el barco se acercaba ya al puerto de la colonia Julia Romula Hispal, la Hispalis de sus antiguos moradores. En un máximo de cuatro horas atracarían. El viento les había sido constantemente favorable y se habían ahorrado media jornada. El capitán, que conocía el río tan bien como la palma de su mano, alargaba las jornadas más allá de la puesta del sol para avanzar más rápido y llegar a su destino lo más pronto posible. Por ello, para hacerse ver en medio de la noche, una vez que el sol desaparecía por el horizonte, colocaba lámparas de aceite a proa y a popa. La luna llena hacía el resto. Marco agradecía la pericia de los marinos. Los caballos, sujetos en sus cuadras en la bodega del barco, no llevaban bien este tipo de travesías. Tres habían enfermado y uno había muerto de forma fulminante. Por ello cuanto más pronto llegaran a su destino, mejor.
      En una de las cuadras y acostada sobre una gavilla de paja reposaba la esclava. El calor de la bodega y los cuidados de Urso permitían que aún viviera, aunque según el aspecto que presentaba cuando Galerio la vio por última vez, sólo se trataba de una tregua ante lo irremediable. No murió en Gades, moriría en Hispalis. Aún no se podía explicar el interés de Urso por esa desgraciada. Por supuesto, las condiciones en las que aquel bastardo la tenía, en una jaula y atada, no eran aceptables. Decía que la cuidaba por pena y lo más seguro es que no se había atrevido a darle muerte él mismo. Esperaría que los dioses la subieran a la barca de Caronte y eso sólo era cuestión de tiempo. ¿Por qué Urso se había fijado en esa esclava? No podía responder a eso. Lo que sí supo nada más verla es que el suplicio que debió sufrir para llegar a ese estado, para llegar a tener ese aspecto, debió ser brutal. Pero Marco Galerio estaba acostumbrado a convivir con la violencia y la situación de la esclava moribunda no iba a quitarle el sueño ni a nublar su calma. Sin cerrar los ojos podía ver aún, como si del día anterior se tratara, una empalizada llena de cabezas ensartadas en lanzas en el asedio de Munda, la sangre chorreando, aún caliente, corriendo en ríos y tiñendo los arroyos. Manos cortadas, vísceras.  Sí, la vida era eso: unos matan y otros mueren.
      Suspiró.
      Galerio dejó que sus negros pensamientos se fundieran con la noche. La fría brisa se mezcló con una llovizna inicial que no tardó en desembocar en chaparrón. Se arrebujó en su manto y dejó que las gotas golpearan su rostro. Saludó al piloto, impasible ante el frío y los elementos, apenas una sombra sobre la cubierta, y se dirigió a su camarote. Con esta lluvia seguro que, por esa noche, se daría el viaje por finalizado. Hasta el alba no se pondrían nuevamente en camino.
       Urso era tan invisible como solía ser siempre que lo acompañaba en una de sus misiones militares, sin embargo, esta vez le había visto mucho menos aún. Él, personalmente, había asumido el cuidado de la esclava. La cuestión es qué haría con ella una vez que llegaran a la ciudad. Marco debía permanecer en el campamento un mes más hasta que se agotara su responsabilidad, por lo tanto debería ser Urso quien se ocupara de la mujer. Se imaginaba el asombro general de los que lo conocían. Marco Galerio era conocido por su reticencia a tener esclavos. Sólo tenía dos, a Urso y a Hipia y era consciente de que más pronto que tarde les daría la carta de manumisión. Varias veces había estado a punto de hacerlo, pero su casa no podía prescindir de sus servicios y no disponía de suficientes medios económicos para mantener sirvientes.
      Ya en el camarote, se quitó el manto y lo sacudió, dejándolo después extendido para que se secara con el calor del habitáculo. Su centurión dormía ya en uno de los camastros, roncando suavemente. Se quitó las calcei y se masajeó los pies. Se sacó la túnica mojada y, ya en ropa interior, se acostó. El barco se bamboleaba un poco y perdió el equilibrio. Lanzó un juramento por lo bajo cuando se golpeó la rodilla con una de las tablas de su catre. Con un inmenso suspiró se tumbó boca arriba y se cubrió la cabeza con los brazos. Era muy consciente de que el sueño iba a tardar en llegar aunque el cansancio apenas le permitía moverse. Tenía demasiadas cosas en qué pensar.
      Una altura por debajo del camarote de Marco Galerio, en las bodegas, la esclava dormía sobre una sábana limpia y paja seca y mullida, arropada con una gruesa manta de lana. Los caballos dormitaban con el vaivén de la nave y sólo se oían sus cascos cambiando de postura de vez en vez y algún resoplido aislado. La mujer sudaba profusamente por la fiebre. Urso le había cosido una enorme brecha que presentaba en el lado derecho de la cabeza y le había curado varias magulladuras y cortes menores que tenía repartidos por el resto del cuerpo. Aún lavada y con ropa limpia su aspecto no era halagüeño. Respiraba muy deprisa y superficialmente y sus ojos cerrados, bajo unos párpados tremendamente inflamados, giraban sin pausa de un lado a otro. Urso le daba con frecuencia agua con miel en pequeños sorbitos que dejaba correr por su boca y su garganta, pero la mujer no hacía ningún movimiento para tragar. El esclavo sabía que eso no era buena señal. Llevaban dos días y no había ninguna mejora, más aún, juraría que empeoraba a ojos vista. Urso se acercó a ella y con la mayor delicadeza que pudo le tomó la cabeza, recostándola sobre sus piernas y dejó caer entre sus labios un poco de caldo que se había reservado de su cena. Con suma paciencia acabó el contenido del cuenco y lo dejó a un lado, sosteniéndola sobre su regazo unos instantes más. El rostro deformado de la mujer no dejaba entrever su raza o tribu. Su cabello era oscuro y liso. Al levantar sus inflamados párpados pudo comprobar que tenía los ojos pardos, claros, con un reborde verdoso, quizá bonitos si tuvieran algo más de vida. Los labios estaban rotos por varios sitios, pero se apreciaba que eran carnosos y su boca grande. Los hematomas ocupaban gran parte de su rostro y rodeaban con amplitud los ojos, lo que le confería un aspecto fantasmal. No era su mudo aspecto lo que le intrigaba. Lo que a Urso le obsesionaba es que tenía la sensación de que esa mujer le hablaba dentro de su cabeza, que le pedía desesperadamente ayuda y él se descubrió contestándole y hablándole con palabras que pretendía fueran de consuelo y esperanza. «No te preocupes, ya estás a salvo. Yo cuidaré de ti. Nadie te hará daño». Volvió a dejar a la mujer sobre el suelo y se retiró a descansar a su jergón. Apagó una de las dos lucernas y dirigió una última mirada a la desconocida mujer antes de cerrar los ojos en busca del sueño.
      Dos horas más tarde la mujer tomó aire con profundidad y, de repente, dejó de respirar. Sus manos se crisparon sobre la manta que cubría su cuerpo, pero sólo fue un instante. La respiración volvió, algo más serena aunque rápida aún. Movió la cabeza a uno y otro lado y gimió, probablemente, por el dolor que tan sencillo gesto le producía en su maltrecho cuerpo. Arrugó el rostro y, entonces se abrió una pequeña rendija entre los párpados de uno de sus ojos que liberó su pupila de la oscuridad. Quizá recibió demasiada luz de golpe porque volvió a cerrarlo de nuevo y una lágrima corrió por su rostro, perdiéndose en su cuello. La mujer movió los labios y una palabra salió apenas susurrada. Nadie la escuchó. Otro intenso suspiro arrebató su pecho y el sueño se llevó nuevamente su conciencia a lejanos lugares.


 Capítulo II

Hispalis

La antigua ciudad turdetana de Ispal o Hispal, que durante siglo y medio había sido una ciudad hispano romana ya conocida con el nombre de Hispalis, había obtenido la condición de colonia por iniciativa de Julio César tras la victoria en Munda sobre los pompeyanos, recibiendo entonces el nombre romano de Colonia Iulia Romula Hispalis, aunque casi toda la población seguía refiriéndose a ella con su nombre antiguo. Todos los colonos de la ciudad, eran ciudadanos romanos optimo iure, es decir, de pleno derecho; por supuesto, también residían en la misma otros tipos de habitantes que, aunque libres, no disfrutaban de tales derechos, eran indígenas o estaban de paso. En los pocos años que habían transcurrido desde lo que se conocía como deductio y que había dado origen a la colonia, había llegado a ser una gran ciudad dentro de la Ulterior, con un importante puerto fluvial que poco tenía que envidiar a otros como los de Gades o Carteia, al que arribaban grandes naves de importancia no sólo militar, sino comercial. Su estructura interna, siguiendo las pautas de todas las grandes ciudades romanas, presentaba un modelo de plano cuadrangular con una muralla que la circundaba y cuyos ejes eran las calles principales: cardo maximus y decumanus. Como gran ciudad romana que era, disponía de elementos urbanos indispensables para el buen vivir de sus gentes: un gran foro, termas, mercados, templos, talleres, tiendas y, de vital importancia comercial y de comunicación, su gran río navegable, el río Betis. La organización municipal permitía su propio gobierno y estaba constituida por dos duunviros, como mando supremo de la ciudad; dos ediles, responsables de los lugares públicos, mercados y abastos y dos cuestores, responsables de las finanzas de la ciudad, todos ellos asistidos por un gran cuerpo de funcionarios y auxiliares, tanto libres, como libertos y no pocos de los que se conocía como esclavos públicos. Complementando estos puestos de responsabilidad se encontraba el elemento consultivo por excelencia, es decir, la Curia, un pequeño senado de ámbito local. Hispalis era una pequeña joya en la provincia Ulterior.
      Las tropas de la Legión XXX, en la que estaba destinado Marco Galerio, se habían instalado en un campamento fijo, fuera de los muros de la ciudad, desde la partida de Julio César de Hispania hacia Roma. Su función fue facilitar el buen orden de las diferentes deducciones, como la de Vrso, que pasó a ser Colonia Genetiua Iulia[2], como Vcubi[3] o la misma Hispalis. Desde esta zona era asequible controlar la región occidental de la Provincia Ulterior y facilitar además su defensa, sobre todo de pueblos no siempre amistosos como los lusitanos, que durante años sintieron por el dictador una enorme animadversión, fruto de las incursiones de Julio César por sus territorios durante sus años como cuestor de la provincia de Hispania. La Península era casi en su totalidad romana, pero aún quedaban ciertos territorios por anexionar que podían dar ciertos problemas. De ahí derivaba la necesidad de que permaneciera una o dos legiones en sus tierras a cargo de su gobernador.
      La legión XXX llevaba varios años apostada extramuros de la ciudad y por ello, con el tiempo, muchos de sus legionarios se establecieron en las ciudades que poseían carta de municipalidad o eran ya colonias, como Ilipa, Itálica, Carmo[4] o Hispalis. Muchos de sus soldados auxiliares procedían de la región, por lo que para ahorrar gastos y facilitar los trabajos estacionales de las tierras de labor, se optaba por una medida eminentemente práctica que pasaba por licenciar a los auxilia, soldados indígenas —no ciudadanos romanos— que luchaban como cuerpos especializados junto a las legiones, todos oriundos de la zona, en las estaciones invernales, volviendo a reunirlos a partir de la primavera. Los legionarios  —ciudadanos romanos—, por ley, tenían prohibido contraer matrimo- nio durante el largo periodo que suponía su servicio militar, que oscilaba entre los 20 y los 25 años, aunque en la práctica casi todos los soldados tenían esposa e hijos no legales, a los ojos de Roma, en las poblaciones próximas; los legionarios de la legión XXX llevaban una media de cinco años en la Ulterior y esta práctica de aman- cebamiento con mujeres del lugar era algo que sucedía con bastante frecuencia. Muchos de ellos pernoctaban con sus familias cuando no tenían obligaciones en el campamento. Por esas fechas, en el campamento estable de las afueras de Hispalis, permanecía un mínimo retén tanto de infantería como de caballería, lo justo para mantener su funcionalidad y permitir las actividades de control de las vías de comunicación, formación de reclutas y defensa, así como la construcción de diversas infraestructuras como puentes o vías.
      Los oficiales de la legión, por regla general, se hacían construir casas adecuadamente cómodas conforme a su categoría dentro de los muros del campamento, sobre todo el legado y los diferentes tribunos, así como el praefectus castrorum, tercero en el mando del campamento. A los oficiales no les estaba vedado contraer matrimonio, por lo que, en el caso de las altas jerarquías, no era extraño que se hicieran acompañar de sus esposas y familias. El hecho de que la legión XXX estuviera establecida tan cerca de la ciudad llevó a su legado, Tito Fabio Buteo a hacerse con una domus en la ciudad en la que vivía su esposa y a la que él acudía siempre que sus obligaciones se lo permitían.
      Marco Galerio Celer, a su vez, disponía de una propiedad en la ciudad, un terreno resultante de la deducción que se llevó a cabo tras la derrota de los pompeyanos y de que la ciudad obtuviera la consideración de colonia. El padre de Galerio se licenció por esos días y recibió del dictador un terreno acorde a su condición en el que se hizo construir una gran casa donde vivió con su segunda esposa, Marcia. Durante los siguientes años a la derrota de Munda, las tropas rebeldes pompeyanas continuaron con su atosigamiento al gobierno oficial y a sus legiones. Ello supuso que Galerio Celer, padre, se reincorporara voluntariamente al servicio activo a los pocos meses de retirarse. En una de esas incursiones rebeldes sus hombres y él fueron víctimas de una emboscada en el transcurso de la cual perdió la vida. Su hijo, Marco Galerio, se ocupó de la herencia y de la tutela de la esposa de su padre hasta que ésta falleció, un año y medio después. Gracias a este desafortunado episodio, disponía de una residencia personal en la que pasaba los cortos periodos de tiempo en los que sus servicios como oficial de caballería no eran precisos. Se trataba de una gran domus que se había realizado al gusto de la esposa de su padre, casa de la que éste apenas pudo disfrutar, con muchas habitaciones y grandes estancias que él consideraba excesivas para sus necesidades de soldado y de hombre soltero. Su casa tenía el mínimo servicio posible formado por dos esclavos. Sus posibilidades económicas eran reducidas, limitadas a su salario como tribuno de caballería, lo que imposibilitaba más aspiraciones, aunque Galerio consideraba que con lo que tenía era más que suficiente.


[1] La actual ciudad de Lisboa, en Portugal
[2] La actual Osuna, Sevilla.
[3] La actual Espejo, Córdoba.
[4] Las actuales Alcalá de Río, Santiponce y Carmona, respectivamente, todas en la provincia de Sevilla.

4 comentarios:

  1. Seguiré leyendo, puedes estar segura... comienza a ponerse interesante.

    Por cierto, ten cuidado con los guiones, la aplicación de blogspot los pone un poco "donde le da la gana".

    Gracias por compartir esta novela, Lola. Y a ver si en seguida puedes caminar y bailar con normalidad. Mejórate.

    Un abrazo.

    Salud.

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  2. Muchas gracias Javier... y no soy capaz de domar a la aplicación de blogspot!!
    Besos miles

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  3. Enhorabuena Lola por tu blog. El tuyo ya lo conocía desde hace tiempo.

    Un saludo,

    José Antonio Rodríguez Salas
    Alcalde de Jun

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  4. Muchas gracias, me alegro que te guste.
    Un abrazo y gracias por ser tan cercano.

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