domingo, 30 de octubre de 2011

NUEVA RESEÑA DE SANATIO «CRÍTICA LITERARIA NOVEL"

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El autor del blog, CRITICA LITERARIA NOVEL, ha tenido a bien realizar una nueva reseña de SANATIO, que comparto con vosotros:

«FICHA TÉCNICA:
  • Título: Sanatio
  • Autora: Lola Montalvo Carcelén
  • Género: Novela histórica / Ficción
  • Número de páginas: 742
  • Precio: Papel (22,44 €) / PDF (4 €)
  • Valoración: 10
SENCILLAMENTE BRILLANTE

La llegada de una nueva esclava a la casa de Marco Galerio Celer trastocará no sólo la vida de su propietario, sino también la de todos sus allegados. Porque aunque al principio se le obligue a pasar desapercibida, la descarada y decidida Ana muy pronto dejará claro que los eslavos también tienen su lugar en el mundo. Sobre todo, cuando tienen unos conocimientos tan importantes y decisivos como los suyos.
Ana no es una esclava más. Ya no se debe al hecho de que no recuerde su pasado o que sus conocimientos médicos superen a los de los grandes galenos de Roma, sino también porque, después de tantos años, ha sido la primera mujer en volver a conmover el corazón de Marco Galerio... y el de su fiel e inseparable amigo, el oficial del ejército romano, Cayo Ulpio.
Y hasta aquí el principal hilo argumental de la novela. Existen muchísimos más, como el misterioso origen de Ana o la conspiración orquestada por Marcelo para derribar a los fieles del futuro César Augusto en Hispania... Pero tratar ambas cuestiones significaría destapar una buena parte de la trama. Y eso, en una novela como la que presentamos esta semana, sería algo imperdonable.
Porque tratar de resumir una novela como Sanatio es una tarea harto imposible. Primero, porque se trata de una de las novelas más extensas que hemos reseñado en Crítica Literaria (nada más y nada menos que 750 páginas); segundo, por la profundidad de su argumento, siendo uno de los más currados que nos hemos encontrado hasta la fecha; y tercero, porque no hay palabras para resumir una trabajo tan espléndido como rebosante de originalidad e ingenio. Vale, habrá otros libros de autores amateurs más sobresalientes que Sanatio, pero la novela de Lola Montalvo se lleva la palma. Esto es así y punto. No hay nada mejor. Ya no se trata del hecho de que nuestra autora sepa combinar magistralmente la Historia con la ficción (tarea envidiable y digna de elogio) o de que sus personajes protagonistas parezcan destilar vida (desde el inolvidable y simpático Cayo Ulpio hasta la solícita y amable Hipia). Tampoco se trata de que la trama roce la perfección en algunos momentos o que Lola, con su magristal prosa, sea capaz de mantenernos pegados al asiento durante horas... ¿Qué puñetas? Digámoslo lisa y llanamente: Sanatio es la mejor novela que hemos leído en nuestros dos años de andadura. Fin de la historia.
Porque Sanatio es así, una novela adictiva y extraordinaria. ¿Y qué hace que esta novela sea una obra maestra? ¿El argumento? Casi, casi... ¿Los personajes? Caliente pero no... Lo que hace que Sanatio sea un trabajo capaz de romper moldes es el brillante pulso narrativo que su autora le impregna. No hay nada más. El argumento de Sanatio es apasionante, pero no hay duda que detrás de sus párrafos se esconde una auténtica escritora con un futuro muy prometedor. Creo que Lola podría tener el mismo éxito escribiendo una historia sobre alienígenas enfrentándose contra dinosaurios. La trama puede ser absurda, pero su calidad como autora hará que la obra salga adelante. En resumidas cuentas, Lola Montalvo es una de esas autoras que bien podrían convertir en oro todo cuanto tocan.
Sanatio es tan adictiva como una droga. Mi experiencia con la novela me llevó a sentarme cada mañana de este verano a un lado de la ventana para devorar todos y cada uno de sus capítulos. Y así durante cerca de dos semanas. Si julio había sido el mes de la fantasía épica (véase la crítica que en su momento hicimos de Mystic Crystal) agosto sería el mes de la Historia. Y si bien a la caída de la tarde, en el canal autonómico de turno, podíamos disfrutar de una peli del oeste, todas las mañanas tenía una cita ineludible con Lola para disfrutar de una de romanos. La sesión de lectura incluía muchas veces un segundo pase a partir de las doce de la noche, alargándose hasta eso de las dos de la madrugada. Tal era el espectáculo que tanto Lola como sus personajes me prometían. Y a fe mía que supieron entretenerme y emocionarme como ninguna otra novela amateur lo había hecho hasta el momento.
La novela cuenta con muchos (¡muchísimos!) puntos a favor, entre ellos, una magnífica ambientación, unos personajes carismáticos y convincentes, una narración terriblemente ágil y dinámica y una historia que nos atrapa desde la primera página. Cada uno de estos factores convierten a Sanatio en una joya dentro del campo de la literatura novel. Y puedo afirmar sin miedo que su autora está más que preparada para dar el salto hacia las editoriales tradicionales. Ganas de trabajar y calidad no le faltan.
Dentro del apartado histórico (uno de los pilares fundamentales de la obra), cabe destacar la excelente recreación que la autora hace de la Hispania romana. Ello se ve reflejado cuando nos habla tanto del funcionamiento de las élites de poder (tanto a nivel provincial como metropolitano) como de la candente situación política y militar por la que entonces atravesaba la Península Ibérica. Lola se encarga de recordarnos el decisivo papel que tuvo nuestro país dentro de la Historia de Roma. La guerra que las legiones romanas sostuvieron contra los mauri y las campañas contra los astures en el norte peninsular son una buena muestra de ello. Es precisamente en estos pasajes donde la prosa de nuestra autora bordea la genialidad.
Eso sí, no todo van a ser halagos para la novela. La trama sufre un severo golpe cuando nos enteramos sobre los orígenes de Ana. Ya hemos dicho que la esclava esconde un secreto muy importante. Este enigma empieza a vislumbrarse hacia la mitad de la trama, pues Lola sabe que ya no puede mantener en ascuas al lector durante mucho más tiempo. Como toda buena escritora, Lola sabe que el lector ya se está haciendo una ligera idea sobre el secreto de Ana. Y este último no puede ocultar su aprensión cuando ve que sus sospechas empiezan a confirmarse... hasta que finalmente estallan como si fuera una bomba. El golpe puede ser muy duro para los amantes más fieles del género histórico (entre los que no dudo en incluirme)... hasta el punto de dejar el libro de lado o rebajarle su calificación. Reconozco que tras conocer el misterioso enigma de Ana, la trama perdió varios puntos... Pero el lector de Crítica Literaria no tiene de que preocuparse. Lola era conciente que el bache sería difícil de atravesar, por eso no vacila en regalarnos una nueva subtrama tan apasionante como las anteriores. Y de ese 6,5 que tenía pensado darle en un primer momento, pasamos al Sobresaliente y a la Matrícula de Honor. Además de ser una estupenda historiadora (ya sabes Lola, que aquí tienes a un futuro colega), Montalvo es una excelente tejedora de novelas de intriga y misterio. ¡Bravo!
Como anécdota, añadiremos que Sanatio consiguió rozar el triunfo en el III Concurso de Creación Literaria convocado por Bubok, alcanzando el grado de finalista. Razones como ésta hacen que por primera vez decidamos darle a una novela bubokiana la máxima calificación (10/10). No hay dudas de que nuestra autora se lo merece. Y desde este blog le animamos a seguir adelante. Gracias, Lola, por tu impagable trabajo.»
Muchas gracias, Daniel.




miércoles, 26 de octubre de 2011

SANATIO: Capítulo IV y Capítulo V (1ª parte)

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Capítulo IV


Cneo Domicio Calvino, era el gobernador de toda Hispania, tanto de la Citerior como de la Ulterior, desde el inicio de ese mismo año 714[1] AVC. Había luchado en el bando cesa- riano durante la Guerra Civil, en el frente oriental, y había partici- pado en la batalla de Farsalia. Tras esta victoria permaneció en la zona y se le adjudicó el cargo de gobernador de Asia. No estaba demasiado orgulloso de sus errores militares, que le llevaron a la aplastante derrota de la batalla de Nicópolis en la que hubo de intervenir el propio César para evitar un irremediable desastre, pero ello no supuso que se le retirara la confianza que en él había depositado el gran militar y estratega. Tras el asesinato de Julio César volvió a ocuparse de importantes cargos. Luchó en la batalla de Filipos contra los asesinos del dictador y volvió a sufrir varios desastres más, incluso la pérdida de dos legiones en el transcurso de una travesía por mar. Ante las desavenencias entre los triunviros permaneció en el bando de Octaviano; aunque fue responsable de varios fiascos estratégicos, se le volvió a premiar con un consulado y después fue enviado a Hispania por el heredero de César para ocuparse del gobierno de tan importante provincia.
      Por todas estas razones el quaestor propretore e inmediato subor- dinado suyo en el gobierno, Sexto Ulpio Marcelo, lo despreciaba sobremanera y lo consideraba un inútil como militar y como político, que había conseguido mantenerse en la cumbre del poder gracias a sus buenas relaciones en Roma y a las influencias de su noble y renombrada familia. Marcelo, a su vez, era un notable militar que había hecho su cursus honorum de forma muy brillante, pero no había llegado a pasar de cuestor y a su edad sabía con certeza que no lo conseguiría. Su ascendiente en Roma le había permitido destacar frente a otros candidatos en diversas responsabilidades en las provincias, pero había tocado techo; esta certeza le llenaba de indignación. Sobre todo al tener como superior a un individuo tan mediocre, según su particular punto de vista, como el que le había tocado en este destino.
      Marcelo llevaba en Hispania bastantes años ya. Desde su última cuestura en la Galia, había desempeñado su cargo en la Citerior durante la guerra civil, y se ocupó de la pretura de la Tarraconense cuando César venció en Munda. Por aquellos días, el gobernador fue llamado a Roma y, entonces, Marcelo ocupó el cargo de forma interina. En su fuero interno estaba convencido de que había llegado su momento, de que tras varios cargos militares en varias legiones como legado, sus cuesturas y su último cargo de pretor se le adjudicaría, por fin, el de gobernador, dado que estaba preparado como el que más. Pero no; a principios de este año enviaron a Cn. Domicio Calvino como procónsul y él volvía a un segundo plano como cuestor. Esto desencadenó que, de forma desesperada y como último recurso, sus filias políticas orbitaran alrededor del herrum- broso espectro de Marco Antonio. Este hecho nunca lo había mani- festado de una forma abierta, aunque era un rumor de importante peso que serpenteaba por los foros hispanos. Marcelo conocía lo que de él se comentaba y no hizo nada por desmentirlo, aunque en sus actividades cotidianas y políticas su seriedad a nadie podía indicar que estuviera más que harto de la gestión en Hispania de Octaviano: era correcto y eficiente, aunque dejaba que germinara esta semilla de duda que le permitiría medrar con algo más de éxito si al final el que descollaba en el tira y afloja era Marco Antonio y no Octaviano. Esta ambigüedad política era un arma peligrosa de manejar, pero para Marcelo merecía la pena el esfuerzo y los frutos podrían superar en gran medida tantos desvelos. Era un hombre paciente y sacrificaría lo que fuera preciso para obtener sus metas.
      El gobernador había partido de Roma por barco y había llegado a Tarraco, la que desde seis años atrás Julio César constituyó como colonia con el incómodo nombre de Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraconenses. Por supuesto, salvo en los documentos legales, nadie se refería a esta importante ciudad de la Citerior con este nombre, sino que todos recurrían al original. Desde allí había recorrido ya varias ciudades y enviado mensajeros a colonia Patricia Corduba, capital aún oficiosa de la Ulterior, y a Hispalis para indicar que se había puesto ya en camino hacia tierras meridionales. Marcelo acompañaba a Domicio Calvino desde su llegada a Ilerda[2] y su actitud solícita a pocos engañaba, aunque en sus maneras y trato nadie podía mostrar queja alguna. Al final de la jornada anterior habían concluido, por fin, el paso de los Mariani Montis y se encontraban cerca ya de Castulo[3]. Se habían visto en la necesidad de conceder una jornada de descanso a los hombres y a los animales que cargaban con los enormes carros, obligados por la desagradable cuestión de que no había cesado de llover en tres días y los caminos estaban casi intransitables. Habían acampado y esperaban que el siguiente día amaneciera algo más benévolo.
      Marcelo estaba recostado en su silla, sobre cómodos cojines, mientras uno de sus esclavos le rasuraba el rostro. De cara redonda y cabello castaño, casi rojizo, tenía unos penetrantes ojos de color verde azulado que no dejaban indiferente a casi nadie. Pasaba holgadamente de los cincuenta y cinco años, pero en su rostro apenas aparecía alguna arruga que la surcara, aunque múltiples cicatrices le proporcionaban un aspecto duro y un poco cruel que él disfrutaba fomentando con su mal carácter y sus explosiones de ira que pocos sabían ver venir. Muchos bulos corrían por ahí con respecto a su persona, como que disfrutaba estrangulando animales domésticos con sus propias manos. Era una leyenda viva, hecho que se veía agigantado porque no permitía a casi nadie que se acercara a él; nadie podía presumir de ser su amigo y Marcelo no dejaba entrever que su persona fuera capaz de ejercer afecto alguno por los que le rodeaban. Por nadie, excepto por Marco Galerio Celer.
      El esclavo finalizó su tarea y le embadurnó el rostro con el aceite perfumado que tomó de un pequeño frasquito. A Marcelo le encantaba que su aroma le precediera y no ahorraba en gastos para obtener los más preciados perfumes que usureros comerciantes le proporcionaban desde lejanas tierras orientales a cambio de pequeñas fortunas.
      Marcelo se levantó y se estiró con pereza. Su imponente musculatura, fruto del constante ejercicio y trabajo, se dejó vislumbrar a través de su delicada túnica de exquisita factura. El esclavo recogió los enseres de aseo y se retiró en silencio. Una vez solo, se sirvió en un vaso un aromático vino de la tierra que le gustaba tomar sin agua y sin especias. Bebió un largo sorbo y lo retuvo unos instantes en la boca, tragándolo después con deleite. Recordó tiempos ya lejanos que siempre se esforzaba por no traer a la memoria; escasos eran los momentos en que se permitía volver a su infancia y a su juventud… No, prefería no recordar. Esos días estaban definitivamente pasados y era muy consciente de que jamás podría volver a ellos; sin embargo, este hecho, lejos de apenarle, le alegraba. Durante su infancia y sus primeros años de juventud pensó que jamás llegaría a destacar en nada, pero un pequeño giro en su destino le proporcionó la posibilidad de llegar a cotas que nunca se podría haber imaginado. Aún así, tras un cursus militar y político impecable, los puestos de más relumbre se le resistían. Sabía, siempre había sido consciente de ello, que con su esfuerzo y con unos dados bien lanzados la diosa Fortuna podría volver a sonreírle. Y bien podían saber los dioses que él no cejaría jamás en su empeño. Jamás.
      Dejó el vaso en la mesa y se sentó. Tomó dos pliegos de papiro y un cálamo y redactó unas pocas palabras en uno y un pequeño texto en el otro. Seguidamente llamó a su esclavo y le pidió que avisara a uno de sus hombres, un centurión de la legión XXVIII, de origen griego, al que llamaban Artemidoro, el único que era de su total y absoluta confianza en un maremágnum de imbéciles y aduladores, alrededor del idiota mayor, que no era otro que el gobernador. El centurión debía de estar cerca de la tienda del cuestor porque tardó apenas un instante en entrar. Marcelo observó cómo el hombre se sacudía el manto y pateaba en el suelo intentando escurrir la lluvia de sus ropas mientras le sonreía. Seguidamente le hizo el saludo de rigor con el brazo. De tez aceitunada, ojos negros y blanquísimos aunque perrunos dientes en una boca enorme de gruesos y lascivos labios rojos, más propios de una hetaira que de un curtido soldado, sonreía seguro de dónde se encontraba y ante quién. Tenía el grado de centurión, un suboficial, pero era el hombre al que Marcelo recurría cuando tenía alguna delicada labor que llevar a cabo. Y ésta lo era sin lugar a dudas.
      Desde Tarraco se habían hecho acompañar de parte de la legión XXVIII a la que el centurión estaba adscrito, dejando el resto repartido entre Tarraco y varios campamentos en tierras de los vascones, en las faldas meridionales de los Montes Pirineos. Cuatro cohortes venían con ellos para reforzar la región meridional de la Península, ante los movimientos militares llevados a cabo en la vecina Mauritania por Bogud. El legado propretor Tito Fabio Buteo había enviado un correo urgente en el que explicaba la delicada situación en el Estrecho.  Desde los años en que Asinio Polión había sido gobernador de las provincias hispanas, esta legión, la XXVIII, más la XXX, reclutada en tiempos de César en Italia para ser utilizada en la guerra civil, habían permanecido como retén permanente en estas tierras.  Bastante trabajo había costado que no se fuesen con Marco Antonio, cuatro años atrás, para participar en la guerra de Mutina[4]; Marco Antonio tentó a los legionarios con una cantidad de quinientos denarios a entregar a cada soldado si resultaban vencedores, pero lo escaso del premio desinfló las voluntades y la legiones se quedaron donde estaban, para satisfacción de Asinio Polión, indiscutiblemente. Por lo tanto, cuatro cohortes de la legión XXVIII, el nuevo gobernador de Hispania y su cuestor se dirigían a Corduba para pasar allí el invierno, aunque Marcelo, de forma unilateral, había decidido seguir camino hacia Hispalis para reunirse con la legión XXX y reponerle la cohorte que se había llevado consigo a la Citerior en su inefable misión de bien- venida. Deseaba encontrarse nuevamente con Marco Galerio, sin contar que desde Hispalis le resultaría más sencillo el poder poner en marcha parte de su plan. Era necesario que estuviera lejos del gobernador y de su grupo particular de lameculos, aunque no demasiado.
      —Artemidoro, entrega estas dos misivas personalmente; ésta, al tribuno Marco Galerio –dijo Marcelo mientras enrollaba y sellaba el documento—. Y ésta, a quien tú ya sabes –el centurión tomó ambos rollos—. Encárgate además de que la ciudad me reciba adecuadamente y que se me proporcione una domus acorde a mi cargo y a mi persona. La última más parecía un establo que otra cosa –sonrió—. Que procuren que no me sienta insultado.
      —No te preocupes, noble Marcelo –los dientes de lobo del centurión iluminaron la penumbrosa tienda—. Yo, personalmente, elegiré tu residencia y si debo patear el culo de algún miembro de la curia o de los magistrados lo haré gustosamente.
      Marcelo rió de buena gana. Le encantaba la fanfarronería que un cuerpo tan pequeño como el de Artemidoro era capaz de exhalar. A veces, al mirarlo, se preguntaba cómo habían podido admitirlo en el ejército. Indiscutiblemente, tantos años de guerras habían esquilma- do a la población; debían de estar muy necesitados de ciudadanos en su día para haber enrolado a alguien tan corto de estatura como este centurión[5]. No se le podía negar que lo que le restaba en físico le sobraba en resolución, arrojo, fortaleza… y discreción.
      —Confío plenamente en tu habilidad, Artemidoro, pero espero que no tengas que recurrir a métodos demasiado expeditivos.
      Sin perder por un solo instante la sonrisa, el centurión se cuadró y saludó a Marcelo, tras lo que abandonó la tienda.
      Marcelo se sirvió un nuevo vaso de vino. Debía prepararse para asistir a la cena que se celebraría en la tienda del gobernador. Un gesto de asco transformó sus ojos en dos grietas verde azuladas. Dio un generoso sorbo a su vino que le hinchó peligrosamente los carrillos. Cerró los ojos y tragó. El cálido néctar recorrió su pecho por dentro y rellenó el doloroso hueco que sentía en sus entrañas. Su plan tenía que funcionar, sin duda. Apuró de dos tragos más su vino y llamó a su esclavo.

Capítulo V


Era ya noche cerrada cuando Marco Galerio entró en su casa. Urso, que lo acompañaba, entró tras él y se dirigió directamente a la cocina. El tribuno se encaminó con paso lento a su aposento; necesitaba asearse y quitarse la ropa embarrada antes de cenar. Al entrar en su cuarto ya llevaba el manto en la mano, que dejó sobre el lecho. Decidió esperar a Urso para poder quitarse el resto del uniforme ya que él sólo no podía desabrocharse las cinchas de la lóriga. La iluminación era muy pobre, apenas una lucerna, dado que al parecer Hipia aún no había preparado el cuarto, aunque tampoco ayudaba mucho el rojizo resplandor de un brasero colocado a un lado de su lecho. En la esquina del dormitorio más alejada de la puerta Galerio vio a alguien; estaba de espaldas, los codos apoyados en una cómoda, con un espejo en la mano. Marco extrajo su pugio de la funda lentamente mientras se aproximaba al extraño con sigilo. En ese instante Urso bramó por el atrio según se acercaba rápidamente:
      —¡Esclava, dónde demonios te has metido!
      Marco y la persona que permanecía en el rincón del cubículo sin haberse apercibido de su presencia se giraron a un tiempo hacia la puerta en el momento en que Urso entraba como una exhalación. La persona en cuestión no era otra que la esclava que se habían traído de Gades. La mujer, al ver que Marco estaba allí con un puñal en la mano, dejó caer el espejo que chocó contra el suelo con un estruendo metálico y se cubrió el rostro con los brazos en evidente actitud defensiva. El vozarrón de Urso cuando estaba enojado era ya de por sí suficiente motivo de miedo. Éste se dirigía como un venablo hacia la mujer, cuando Galerio le sujetó por un brazo y lo retuvo con firmeza, mientras devolvía el puñal a su funda.
      —Déjala –dijo con un susurro.
      Urso, sorprendido miró a Marco como si fuera una aparición.
      —Amo, ella no debería estar aquí.
      Galerio ignoró sus palabras.
      —No me habías dicho que la mujer había mejorado tanto –el tono de Marco mostraba evidente sorpresa.
      —Has estado fuera algunas semanas y muy ocupado –Urso avanzó un par de pasos hacia la mujer—. Parece que los dioses la protegen porque en este tiempo se ha recuperado mucho y casi está bien del todo; sólo cojea un poco y aún no habla.
      La mujer miró a los hombres a través de sus brazos y poco a poco los retiró de su rostro. Con cuidado se agachó y cogió del suelo el espejo, lo limpió con la manga de su vestido y se giró para depositarlo nuevamente encima del mueble con extrema delicadeza, pero antes volvió a echar un nuevo y raudo vistazo a su imagen.
      —¿Hablará? –Marco preguntó sin quitar ojo a la esclava mien- tras avanzaba un paso hacia ella.
      —No lo sabemos, amo –Urso se adelantó y tomó a la mujer de un brazo tirando al mismo tiempo de ella en dirección a la puerta—. Crito dice que recibió un enorme golpe en la garganta y que por eso la tiene hinchada y no puede hablar; puede que, quizá, cuando mejore…
      —¿Sabéis algo de ella? –cortó Galerio.
      El esclavo negó en silencio.
      —¿Entiende lo que hablamos? –insistió Marco.
      —No lo sé, amo –contestó Urso—, no parece estúpida y obede- ce cuando se le da una orden sencilla. Sin embargo, cuando Hipia y yo conversamos la esclava parece ausente.
      Marco Galerio la observó con detenimiento. Era de pequeña estatura y delgada. El cabello, que empezaba a crecer y cubría a duras penas un rosado costurón en su cuero, era oscuro y abundante. Parecía un muchacho excepto por sus senos, que abultaban su túnica con suficiente generosidad, y por su rostro; marcado aún con varias costras y hematomas, se veía propio de una mujer, ovalado, de piel lisa y aceitunada, ojos enormes de color impreciso y un hoyuelo en su barbilla que le daba un toque travieso, según le pareció al tribuno. No era especialmente hermosa, cierto, pero algo en ella hacía que no pudiera dejar de mirarla.
      Urso tomó a la mujer del brazo que le siguió obediente. Al pasar delante de Marco ella lo miró directamente a los ojos y los fijó en él hasta que abandonó la habitación. Esa impertinencia no pasó desapercibida al tribuno que no pudo evitar una media sonrisa por la desfachatez y atrevimiento de la esclava. Su mirada era franca, curiosa más que osada, inteligente.
      Ambos esclavos salieron y se perdieron al fondo de la casa en silencio.
      Marco se sentó en una silla cercana a la lumbre del brasero y se quitó el calzado. Al poco volvió Urso con agua caliente, paños, esponjas y, en silencio, le ayudó a desvestirse. Mientras se aseaba olvidó por completo a la esclava. Un único pensamiento taladraba su cabeza. Ya hacía más de tres semanas que buscaba la forma y manera de informar al legado Fabio Buteo de los rumores que circulaban con respecto a una intriga que se estaba maquinando para acabar con la vida del gobernador. No lo había hecho la jornada de su regreso a Hispalis porque no quería plantear tan delicada cuestión en presencia del duunviro Horatio Víctor. Y menos aún en presencia del tribuno Mario Atilio. No se fiaba de él; no podía explicarse el motivo, pero algo en ese hombre le llevaba a desconfiar totalmente y no era sólo el desagrado que le causaba su persona, sentimiento que, sabía sin lugar a dudas, era mutuo. No. Era algo más y precisamente eso era lo que le impedía plantear tan delicada cuestión delante de él. El problema era que no se separaba ni un instante del legado y no encontraba la forma de abordarlo a solas sin la presencia de tan indeseable testigo. Al no haber informado de todos los datos que traía de Gades como era su obligación, consideraba que no había cumplido correctamente con su misión y que estaba cometiendo una falta, quizá una traición.
      No sabía como solucionarlo y se estaba volviendo loco por la angustia.
      —Puedes retirarte, Urso.
      El esclavo dejó encendida otra lucerna en una mesita de bronce y avivó el picón del brasero, tras lo que salió de la estancia en silencio.
      Marco se sentó en su mullido sillón. Había pertenecido a su padre; aún podía recordarle sentado en ese mueble, sonriendo y saboreando un vaso de vino mientras conversaba alegremente. Sentía que jamás podría llegar a ser como él. Marco Galerio Celer, su padre, siempre sabía lo que era correcto y no habría tenido sus temores ni sus angustias. Habría cumplido con su misión y habría dejado a los altos responsables de su legión que asimilaran la información que su mensaje contenía para que tomaran las medidas oportunas. Jamás se habría dejado llevar por estúpidos recelos originados por una animadversión personal, porque Marco estaba convencido que sus dudas con respecto a Mario Atilio era sólo eso y nada más. A parte, podía estar seguro de que todo lo que le contara a Fabio Buteo terminaría llegando al conocimiento de Mario Atilio, no en balde a sus espaldas le llamaban «la esposa».
      Por otro lado, estaba Marcelo.
      Marco Galerio suspiró con un nudo en la garganta y se pasó ambas manos por el cabello. Las sospechas de Lucio Naevio, sin haberlo dicho a las claras, apuntaban al cuestor Marcelo. Su información no dejaba muchos sospechosos para semejante e infame delito. Algo en su interior le impedía poner en la picota a alguien tan querido para él, su segundo padre. Lo peor de todo, sin embargo, era que Marco le creía capaz de eso y de mucho más. Conocía perfectamente las frustradas aspiraciones políticas de Marcelo y la ira que le poseyó durante semanas cuando fue anunciado el nombramiento de Domicio Calvino para el puesto que él creía que ya le correspondía por derecho. Había visto la crueldad y la violencia que se gastaba cuando consideraba que debía castigar o vengar una afrenta y por ello no le habría extrañado que el asesinato del gobernador pudiera estar entre sus planes. Indiscutiblemente le creía capaz de eso y de más.
        Debía solucionar este asunto y pronto. Ya había dejado pasar demasiado tiempo y eso iba en su contra.
     Escuchó voces en el atrio. Cayo Ulpio ya había llegado para cenar. Se acomodó la túnica y salió a recibirlo con una sonrisa.


[1] Año 39 a.C.
[2] La actual Lérida
[3] Los actuales Sierra Morena y Linares, en la provincia de Jaén, respectivamente.
[4] La actual Módena, Italia.
[5] Se debía tener una estatura mínima de entre 5 pies y 10 pulgadas y 6 pies; traducido a términos actuales, entre 1,70 y 1,77 metros.

jueves, 20 de octubre de 2011

SANATIO: Capítulo III

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Capítulo III



Crito se incorporó y se enjugó las manos en el paño que le tendía Hipia. El joven médico tenía unos treinta años, aunque a veces aparentaba menos, de complexión fuerte, cabello claro y tez morena, resaltaban en su cara como dos soles sus hermosos ojos color miel, claros y transparentes. Sus manos de dedos largos y delicados dejaban a las claras que sabían buscar y palpar bultos, tumores y costras y los introducía con decisión en cualquier herida para valorar su profundidad y dirección. Urso le había visto trabajar en innumerables ocasiones y a él le había cosido más de un tajo durante la pasada guerra o en las incontables refriegas en las que acompañaba al amo.
      —Es evidente que tiene el cuerpo muy magullado, pero no creo que sea sólo por una paliza —dijo el médico con tono grave.
      Urso le miró como si estuviera loco. Crito sería médico y de los mejores, sin embargo estaba claro que esta vez se equivocaba.
      —¿Pero es que todos esos golpes y magulladuras no son bastante claros, no evidencian que la han maltratado?
      La mujer seguía inconsciente. La habían lavado y cambiado de ropa. También se habían visto en la necesidad de cortarle el pelo por completo, hasta el cuero cabelludo, ya que estaba infestada de piojos; el enorme costurón a un lado de su cabeza parecía sonreír con malicia mostrando unos negros y afilados dientes. La pobre esclava presentaba un estado lamentable, pero por fin estaba en buenas y afectuosas manos que harían lo imposible para que sobreviviera. Urso se había tomado la libertad de ir a buscar al médico de confianza de Marco Galerio, Crito, al que siempre avisaban cuando el amo o uno de ellos enfermaban.
       —Tiene dislocados el tobillo derecho y la muñeca izquierda, fracturadas por lo menos tres costillas y fuertemente dañadas, por lo menos, otras cuatro. Los cardenales que tiene repartidos por todo el cuerpo son extensos y ocupan mucha piel. Aparte del golpe de la cabeza, bastante considerable y grave por sí mismo, presenta una enorme magulladura en el cuello que ha debido ser hecha con algo amplio, duro y me pregunto cómo, sólo por ese golpe, no ha perdido la vida. Su aspecto me hace pensar que ha sido aplastada por algo, como si se le hubiera caído encima un muro o un techo. Tiene cientos de arañazos repartidos por el cuerpo, aunque sólo por la parte delantera, no en la trasera.
      Hipia no podía salir de su asombro. Bastante alarmada se había quedado esa mañana cuando vio aparecer a Urso con una mujer en los brazos, en un estado tan lamentable que parecía un despojo. Su amo, Marco Galerio, nunca había manifestado ningún interés en adquirir más esclavos, pero que hubiera comprado una mujer tan enferma… Entonces Urso le había explicado lo sucedido y se quedó más confusa que al principio. No podía dar crédito: el amo había comprado otra esclava porque Urso se lo había pedido y sospechaba que la mujer no era esclava, que era libre.
      Sentía un afecto sincero por su amo y lo respetaba, pero por Urso lo que sentía era un amor tan intenso que le dolían las entrañas sólo de pensar que él se hubiera fijado en una mujer que no fuera ella, por muy moribunda que estuviera. Al comprobar que la preocupación de Urso era más fruto de la lástima y la caridad que un interés carnal, se relajó lo justo para tomar las riendas de la situación. Cuando observó la envergadura de las lesiones en el cuerpo ajado de la nueva esclava, calentó varias marmitas de agua y lavaron a la mujer retirando todos los restos de sangre y arena de sus heridas, la raparon y le cortaron las uñas que estaban negras de sangre y tierra. La mujer se quejaba por lo bajo y movía los labios aunque no salía de ellos ningún sonido. Entonces la acomodaron en el cuarto de la leña, al lado de la cocina. Hipia consideraba que ya habían hecho todo lo que estaba en sus manos por la pobre mujer, sin embargo, Urso salió a toda velocidad en dirección a la calle mientras indicaba que iba a buscar al médico.
      Crito palpó la piel de la mujer apretando a la altura de la garganta. La esclava se revolvió y entreabrió el único ojo que estaba dispuesto para abrirse. El otro estaba increíblemente inflamado y negro. De su garganta brotó un crujido chirriante en forma de grito.
      —Efectivamente —dijo Crito con tono resuelto—, tiene la gar- ganta muy hinchada. Si se recupera no podrá hablar en un tiempo y es mejor que no lo intente bajo ningún concepto. Hay que permitir que baje la inflamación, si no fuera así podría cerrarse la garganta por completo y moriría asfixiada.
      Hipia abrió los ojos desmesuradamente por el temor mientras se imaginaba lo horrible que sería morir así. Crito palpó su pecho y su abdomen.
      —Sigue con fiebre, pero la respiración no es tan mala como me contabas, Urso. Seguid dándole líquidos tibios con frecuencia y arropadla bien, parece algo más despierta y con un poco de suerte tragará —miró a Urso e Hipia—. No sé si os habéis dado cuenta, pero parece una mujer fuerte y bien alimentada. Si no sube más la fiebre y no se complica con nada, puede que salga de ésta.
      —Pero es que no despierta —dijo Urso con tono angustiado.
      Los celos de Hipia resurgieron nuevamente y la golpearon como una vara. Urso mostraba tanta preocupación por esta desconocida que no creía poder soportarlo por más tiempo.
      —El golpe que tiene en la cabeza es muy severo. Los hematomas que tiene en la cara son resultado de ese mismo golpe. Quizá se ha roto el cráneo y por ello sólo queda esperar a ver qué pasa. Si hay fractura habrá que esperar que el hueso se suelde de nuevo. No la mováis mucho.
      El médico se levantó nuevamente y suspiró.
      —Yo he visto golpes en la cabeza más o menos como éste –dijo Urso—. Los hombres que lo sufrieron, cuando se despertaron, no estaban como antes; o no podían mover los brazos o las piernas o estaban como tontos, babeando y meándose encima.
      Hipia hizo un enorme esfuerzo por no salir corriendo de allí. No podía imaginarse lo que sería esa casa con una retrasada a su cuidado; para eso mejor que los dioses la dejaran morir.
      —Sí, Urso, yo también he visto personas como tú cuentas —Crito hablaba casi en un susurro—, aunque no sabremos qué pasará hasta que mejore y se despierte… o quizá, no llegue a hacerlo y se muera.
      «Sí –pensó Hipia—, eso es lo mejor que le puede pasar»
      Crito se marchó y Urso miró a la mujer con pena mientras salía y se sentaba en una banca, en la cocina. No quitaba la vista de la entrada de la leñera. Hipia le siguió y comprobó con ira cómo, su amado Urso, no apartaba los ojos del cuarto en el que descansaba la extraña. El esclavo estaba tan enfrascado en sus pensamientos que no se dio cuenta que Hipia salía con un cesto lleno de ropa camino del arroyo para lavar, al tiempo que se enjugaba unas amargas lágri- mas de rabia e indignación.

Sintió cómo emergía de una especie de profundo pozo, aunque todo seguía siendo oscuridad. Un enorme dolor le cortó de golpe toda posibilidad de poder respirar; estaba localizado en su pecho. Sintió cómo algo presionaba después sus piernas y brazos. Sí, sin duda eran unas manos, que la tocaban y apretaban como buscando algo, manos cálidas, suaves y firmes. Voces. Creía escuchar voces pero no estaba segura. Tenía la sensación de tener metida la cabeza dentro de un almohadón y los sonidos le llegaban amortiguados, lejanos, como a través del agua. Sí, sin duda eran voces. No entendía lo que decían. Intentó abrir los ojos, pero algo se lo impedía. Quizá ya los tenía abiertos y resulta que estaba ciega. Una mano le apretó la garganta y creyó morir por la punzada que recorrió como un frío cuchillo toda su piel. Un dolor permanente le latía en todo el cuerpo. Intentó moverse, levantar una mano para suplicar que dejaran de torturarla pero no tuvo fuerzas.
      Las manos abandonaron su cuerpo y las voces se alejaron hasta desaparecer.
      Sintió ganas de llorar, aunque cedieron tan rápido como volvió a sumergirse en el profundo pozo tras un efímero instante de vértigo.

Hipia aseaba a la extraña una vez más. Había pasado una semana desde su llegada. Las heridas cicatrizaban bien y ninguna se le había infectado. Su piel aparecía menos caliente y todo indicaba que la fiebre iba remitiendo. Pero poco más.
      La esclava era una carga inmensa en la casa. No se la podía dejar sola, por lo menos Urso no lo permitía porque decía que podría necesitar algo o decir algo en cualquier momento. Menos mal que por esos días el amo pasaba casi todo su tiempo en el campamento; incluso se había tenido que ausentar unos cuatro días en una misión de exploración de rutina. El resto del tiempo iba y venía, sin permanecer demasiado en la casa. Esa era la ventaja de estar acuartelado cerca de su hogar, no como el resto de los legionarios oriundos de Italia que, lejos de sus casas y de sus esposas, incluso se amancebaban con mujeres viudas buscando lo más parecido a un hogar. Cuando sus legiones eran movilizadas y los alejaban definitivamente del campamento y de la ciudad llegaban los problemas. Algunos, incapaces de volver a una vida tan dura y sacrificada, obligados a dejar definitivamente lo que habían construido durante años y teniendo que abandonar a una mujer y a varios hijos no legales a los ojos de la administración romana, desertaban, con el riesgo de pena muerte y deshonra que eso suponía. Sí, sin duda éste no era el problema de Marco Galerio que tenía casa y una parcela de tierra heredada de su padre. Desde entonces había tenido la suerte de que su legión siempre hubiera estado destinada en la Ulterior y, los dos últimos años, en Hispalis.
      Urso no era el mismo desde que habían vuelto de Gades; estaba constantemente pendiente de la extraña y se ocupaba de darle de comer con una paciencia desconocida en él. La mujer no era joven. Hipia estaba segura que habría superado holgadamente los treinta; era una vieja, no como ella, que apenas tendría unos veintiséis y era bastante hermosa, según decían los que la conocían, su piel era blanca y lechosa, sin imperfecciones, aún sometida al duro trabajo diario que estaba obligada a realizar. La de la otra, la extraña, era aceitunada y basta. No entendía por qué Urso estaba tan fascinado con ella.
      Recogió la sábana sucia y el jarro con el que había traído el agua caliente. Había tenido que asear ella sola a la extraña porque Urso estaba realizando unas gestiones para el amo en Astigi[1] y no volvería hasta el día siguiente. Le había venido la menstruación y eso suponía lavarla y cambiarla con más frecuencia. Más trabajo. Empezaba a sentir algo que desde hacía tiempo creía desterrado definitivamente de su sencillo corazón. Odio. Sí, no había tenido un sentimiento tan fuerte desde que perdió de vista definitivamente a su padrastro, el día que la vendió a aquél tratante de Heraclea Lincestis[2] y dejó, por fin, de sufrir sus vejaciones y abusos; él creía que la estaba castigando al venderla, pero le había proporcionado un pasaje hacia una vida mejor y llena de placidez. Los dioses cuidaron de su destino cuando desembarcó en Carteia y, tras un largo viaje, acabó en un mercado de Corduba donde la compró la que, años más tarde, llegaría a ser la segunda esposa de Marco Galerio padre. De eso hacía ya quince años. Desde entonces había recibido un trato justo a cambio de un duro e intenso trabajo; dormía en una cama cómoda y caliente, comía bien, nadie le pegaba sin motivo. Se acostaba sorprendida de no tener que preocuparse por si alguien se metía en su lecho en mitad de la noche. Fue ella, por decisión propia, la que se metió en el lecho de Urso seis meses después de la boda de su señora Marcia y de su llegada a la nueva casa de Hispalis, arrebolada por los ojos de ese enorme esclavo, por su fuerza y su bondad y desde entonces no lo había abandonado. No estaban casados dado que ese era un derecho que a ambos como esclavos les estaba vedado, pero se sentía su esposa y él, su esposo. Nunca había mirado a ninguna otra mujer ni había hecho ningún comentario lascivo referente a otra delante de ella. Lo amaba, se sentía correspondida y había llegado un día en que creía que su vida era plena y tranquila y que así sería hasta el día de su muerte.
      Hasta que Urso regresó de Gades con esa esclava.
      Ya no era el mismo, estaba distraído, ausente. Y se quedaba mirando a esa mujer fijamente como si fuera una diosa durmiente y no una moribunda babeante.
      Hipia contuvo el llanto una vez más. Era humillante sentirse celosa de una mujer como esa, sin embargo, también se sentía mezquina y sucia por sus pensamientos.
      Se dirigió a la cocina. Estaba preparando un guiso a base de cordero y verduras con cuyo caldo daría de comer a la mujer. La estancia estaba deliciosamente impregnada de los aromas del potaje. Cortaba en trozos pequeños una cebolla y varios dientes de ajo cuando un pensamiento se le pasó por la cabeza. Si la nueva esclava moría, y ella sabía muy bien cómo hacerlo sin que se notara que no era por causas propias de su mal, todo volvería a ser como antes. Tomó aire con fuerza. De lo más profundo de su garganta surgió un quejido fruto del llanto que luchaba con todas sus fuerzas por contener. Miró sus manos y vio el cuchillo que sostenía con la derecha. Un arrebato de furia le hizo lanzarlo con todas sus fuerzas contra la chimenea; el impacto al golpear la piedra del hogar hizo saltar chispas.
      Entonces escuchó un gruñido.
      Hipia contuvo el aire en los pulmones. Sí, había escuchado un gruñido animal, pero no estaba segura de su procedencia. Miró hacia la puerta que daba al patio de atrás. Rápidamente se agachó y recuperó el cuchillo del suelo enarbolándolo en actitud defensiva.
      El gruñido volvió a escucharse, esta vez un poco más alto y supo con absoluta certeza de donde procedía. Sin soltar el cuchillo se asomó a la leñera y miró sobre el jergón de paja.
      La mujer se había incorporado un poco y se apoyaba sobre el brazo sano, el derecho, mientras extendía el otro que aún tenía entablillado con gesto suplicante hacia Hipia al tiempo que gemía. El ojo menos malo lo tenía abierto por completo y fijó la vista en su rostro, pero inmediatamente la bajó hacia su mano y hacia su cuchillo. La esclava dejó de gruñir y bajó la mano, echándose instintivamente hacia atrás. La mirada dejó de suplicar y mostró miedo, las lágrimas rodaron por su amoratado rostro. Hipia se dio cuenta de que la mujer hacía verdaderos esfuerzos por huir e inmediatamente fue consciente de que la temía a ella. Soltó el cuchillo, que cayó al suelo, y mostró sus manos desnudas en dirección a la mujer.
      —No temas –le dijo a duras penas, conteniendo su propio llanto—, es un cuchillo para cortar verduras. No te voy a hacer daño, no temas.
      Se agachó y se acercó a ella despacio.
      —¿Me entiendes?
      La mujer miraba a Hipia con gesto inteligente, aunque no parecía entenderla.
      —Mi nombre es Hipia –se puso una mano en el pecho señalán- dose—, Hipia. ¿Comprendes?
      La esclava siguió escudriñando el rostro de Hipia con su ojo sano y el ceño fruncido. «Quizá no comprende mi lengua», pensó. La mujer levantó la mirada y observó el cuarto en el que reposaba, miró el jergón. Entonces examinó sus manos y con la sana se palpó el rostro, la garganta, los vendajes que sujetaban sus costillas rotas. Volvió a mirar a Hipia con gesto suplicante.
      —Tienes varias costillas rotas, la mano dislocada y el tobillo también –era consciente de que probablemente no le entendía, pero de repente tenía la necesidad de hablar y explicar—. No puedes hablar porque algo te golpeó la garganta y te la lastimó. Además, tienes una enorme herida en la cabeza.
      Hipia posó su mano con cuidado en el costurón del cuero cabelludo. La mujer puso también sus dedos en su herida y palpó la sutura con detenimiento. En ningún momento apartó su ojo de los de Hipia. Estaba desconcertada, pero no parecía que se hubiera quedado imbécil por los golpes de la cabeza o por sus heridas. Hipia se levantó y entró rauda en la cocina, apareciendo al poco con un cuenco medio lleno de un aromático caldo de carne y verduras que le ofreció. La mujer negó con un gesto de su cabeza y señaló una jarra que había en el suelo con un vaso de cerámica al lado, mientras se tocaba los labios. Hipia, sin soltar el cuenco, llenó el vaso y se lo acercó a los labios. La mujer dio un sorbo y arrugó el semblante en señal de desagrado.
      —Es vino con agua y especias. Es bueno para reconfortar y para recuperar la sangre perdida –dejó el vaso a un lado.
      La mujer se dejó caer lentamente en el lecho de nuevo y cerró el ojo. Hipia la arropó.
      —Descansa, eso hará que te recuperes más pronto.
      Hipia recogió su cuchillo del suelo y lo limpió en su manga. Miró una vez más a la mujer y salió. Entonces ésta abrió el ojo sano y volvió a examinar el habitáculo con extrañeza, la sábana, sus vendajes. Se palpó el rostro y el pecho. Se observó una extraña herida en forma de quemadura que tenía en el brazo.
      Cerró nuevamente el ojo y tras un breve instante se quedó dormida. El sueño relajó su cuerpo herido, pero no borró el gesto interrogante que fruncía su ceño.

Cayo Ulpio saboreaba el vino mientras miraba a la esclava desde la puerta de la leñera. La mujer parecía dormir plácidamente recostada de lado, aunque la cabeza la tenía vuelta hacia arriba. Urso estaba sentado a la mesa de la cocina cortando queso.
      —Increíble que haya sobrevivido con tales heridas –dijo sonriendo Ulpio.
      —Sí, aunque Crito asegura que si aún vive es porque está bien alimentada y es fuerte, si no estaría ya muerta –Urso levantó la vista de su tarea sin dejar de cortar.
      —Y dices que no sabéis nada de ella ni su nombre.
      —Efectivamente, señor, en los papeles no se indica el nombre o su procedencia. Son falsos y mal elaborados. Si el amo Marco hubiera querido…
      —Marco probablemente ya ha hecho bastante con sacarla de aquella jaula. Todo el dinero que haya pagado por ella siempre será demasiado.
      Ulpio apuró su vino y dejó el vaso sobre la mesa de la cocina. Entró en la leñera y se colocó a los pies del jergón.
      —Su aspecto es lamentable, pero tantas heridas y hematomas no esconde el hecho de que es fea y evidentemente vieja. Esperemos que cuando despierte y se mejore sirva para algo.
      Urso no pudo contener una carcajada. Ulpio le hizo coro al tiempo que se giraba y volvía a la cocina. Se sentó en un banco ante la mesa y con tono amable se dirigió a Hipia:
      —Querida macedonia, ponme ya de comer –Hipia rió de buena gana mientras servía un cuenco de una marmita al fuego del que procedía un delicioso aroma—. No te puedes imaginar lo mucho que he recordado tus guisos allí por donde iba.
      —Señor, ¿no deseas mejor comer en el triclinium? –Urso le servía otro vaso de vino con especias—. Ya sabes lo que opina el amo Marco de que te demos de comer en la cocina.
      —Urso, Marco no está por aquí, ¿no es cierto? Pues yo prefiero comer en la cocina, se está mas a gusto y más calentito. Antes siempre comía aquí. Me gusta. No te preocupes que por mí no se va a enterar.
      Hipia le sirvió un cuenco con una buena ración de guiso de huevos y verduras que Ulpio no tardó en probar humeante como estaba.
      —Delicioso, Hipia, como siempre esto está delicioso.
      La esclava que descansaba en la leñera abrió los ojos; el que tenía peor iba deshinchándose poco a poco y era ya una rendija considerable que le permitía ver con bastante amplitud. El aroma que procedía de la cocina le hizo crujir las tripas. Estaba hambrienta, aunque prefirió no dar señales de que estaba despierta. Ya hacía dos días que había recuperado la conciencia y que había conocido a Hipia, pero desde ese momento fingía su sueño. No podía hablar y estaba muy dolorida, el pecho era una brasa y el pie le latía mortalmente. Sí, su cuerpo estaba maltrecho, sin embargo no era eso lo que más le preocupaba. Lo que más le mortificaba era que no recordaba su nombre; por más vueltas que le daba no conseguía recordarlo. La joven que vio cuando se despertó, se señalo a sí misma y dijo claramente «Hipia», pero no entendía su lengua aunque le resultaba vagamente familiar, un acento conocido. Tampoco sabía dónde estaba. Eso, probablemente, podía resultar algo lógico, pero tenía la extraña sensación de que se encontraba donde no esperaba estar. No podía explicárselo a sí misma con claridad, estaba confundida, mas estaba en un lugar y en un ambiente que no esperaba. No era su sitio.
      Escuchó atentamente la conversación de la cocina. Se descubrió entendiendo palabras sueltas. Sí, era una lengua familiar, pero estaba completamente convencida de que no era la suya. Pensaba en su cabeza con su propio idioma y no era el que utilizaban estas gentes. Sus ropas también le resultaban fuera de lugar, aunque no podía comprender por qué.
      Con mucho cuidado se incorporó. Apenas le costó trabajo dado que llevaba haciéndolo desde que despertó y sabía cómo ponerse para que las costillas lastimadas no le dieran un latigazo de dolor. Sintió un leve mareo que cesó al instante. No tenía ni idea de lo que pensaba hacer, pero flexionó la pierna buena y, ya de rodillas, intentó levantarse. Perdió el equilibrio y tuvo que apoyar las dos manos en el suelo para no caer. Para su sorpresa la mano dañada respondió bien y sólo sintió una leve punzada de dolor. Iba mejorando. Al final, consiguió ponerse en pie. Apoyó lentamente el que tenía entablillado y, de inmediato, hubo de levantarlo otra vez. No, este pie tardaría en recuperarse y poder sujetar su peso. Apoyó las manos en la pared y se miró; llevaba una especie de camisa que le llegaba algo por debajo de las rodillas y le dejaba los brazos desnudos; era de tela basta y gruesa, pero se veía que lo habían lavado muchas veces y su tacto era suave y agradable. Suspiró profundamente mientras cerraba los ojos. La sensación de estar fuera de lugar era más fuerte cada vez. Nerviosa, se pasó una mano por la pelada cabeza. Un mareíllo nubló su vista y su pierna sana tembló. No tenía donde agarrarse y trastabilló; sus oídos zumbaron mientras caía de rodillas.
      En la cocina se escuchó un ruido procedente de la leñera. Urso se levantó como una exhalación mientras Ulpio levantaba las cejas en un gesto irónico y divertido.
      —La barca parece ser que está llegando por fin a su puerto –dijo Ulpio sin soltar su cuchara al tiempo que miraba a Hipia, cuyo ceño arrugado indicaba que no estaba tan divertida como él.
      «La compra inesperada de Marco no tiene a todo el mundo contento, sin duda», pensó Ulpio.
      —Debes permanecer acostada hasta que mejores –El tono de Urso era afectuoso—. Estamos aquí al lado. Te pondré algo de comer.
      Urso volvió a aparecer en la cocina y cogió un cuenco de madera de un estante. Hipia le miró con evidente gesto de enojo, se levantó bruscamente y le quitó con un zarpazo el cuenco de las manos. Ulpio siguió comiendo mientras no les quitaba ojo. Era obvio que el enfado que flotaba en el aire era espeso y opresivo, pero a él le divertía. Hipia llenó el cuenco con el potaje de la marmita que estaba al fuego.
      —La mujer tendrá que comer ¿no crees Hipia?
      Ulpio bajó la vista y la fijó en su plato.
      —Este no es el momento más adecuado para discutir, Urso –el tono de voz de Hipia era contenido.
      Urso tomó el cuenco de manos de Hipia y una cuchara y regresó a la leñera. Se escuchó cómo Urso ayudaba a la esclava a incorporarse. Al poco volvió y se sentó nuevamente en el banco, a la mesa.
      —Ha mejorado mucho en poco tiempo –dijo mientras se servía otro vaso de vino—. Está comiendo sola.
      El resto de la comida transcurrió en el más absoluto y tenso de los silencios, pero la sonrisa no se borró de los labios de Ulpio.


[1] La actual Écija, en la provincia de Sevilla.
[2] Antigua Macedonia

RESEÑA DE SANATIO: Universo Delta

Relación de Capítulos publicados hasta ahora con sus enlaces en la barra lateral del blog

Comparto con vosotros la reseña que han hecho de SANATIO en el blog dedicado a ello, conocido como UNIVERSO DELTA, Copio y pego, con permiso de su autor:


Sanatio ( http://www.bubok.es/libros/190193/SANATIO ) es la última obra de Lola Montalvo Carcelén ( http://lolamontalvo.bubok.es/ )


Unos meses atrás, la autora Lola Montalvo, muy valorada en círculos de escritores independientes, publicaba Sanatio, una novela histórica. Es un género en el cual no estoy muy versado, ya que suelo dedicar mis horas de lectura a otros tipos de ficción. Sin embargo, este es un libro que me ha fascinado, ambientado en una época tan oscura y poco documentada (39 AC, cuando los romanos iban ultimando la invasión de la península ibérica) como atractiva. Para descubrir por qué lo vi tan especial, pasemos al análisis por puntos: 

ARGUMENTO 9/10

Habiéndome cautivado como no creí que pudiera hacerlo, el argumento de Sanatio me mantuvo pegado al libro en todo momento. Durante la mayor parte de la trama, nos envuelve una continua sensación de misterio. ¿Quién es la protagonista y de dónde viene? ¿Quiénes son los verdaderos "buenos" y "malos"? ¿Hasta qué punto son legítimas las acciones de los personajes, y por qué actúan así? He de decir que al principio del libro quizás la trama tarda un poco en engancharnos, por dividirse claramente (la parte de la protagonista, que es sumamente intrigante, por una parte; la trama política paralela, menos amena, por otra), y presentar mucha información en poco tiempo, pero muy pronto nos olvidamos de esto y nos dejamos absorber totalmente por los hechos, que se entremezclan y avanzan mediante constantes cambios inesperados y situaciones críticas de todo tipo que nos mantienen el alma en vilo. Eso sí, hay un aspecto delicado de la trama: en cierto punto, se produce un giro inesperado tan tremendamente radical, que probablemente dividirá bastante a los lectores entre los que creen que ese giro hace del libro una obra maestra o los que crean que se ha arruinado por completo. La verdad es que yo sentí un poco de ambas sensaciones, pero claramente gana la primera.

AMBIENTACIÓN 9,5/10

Lola nos cuenta, en su bio, que es enfermera y licenciada en historia, y eso se nota. El libro se nutre ricamente de fuentes de documentación tanto médicas como históricas, lo cual nos permite introducirnos profundamente en los hechos narrados y, más de una vez, nos descubrimos fascinados aprendiendo datos tan reales como la vida misma (algunas veces, incluso mediante anotaciones a pie de página). La forma de introducirnos en la Hispania de hace más de dos mil años es simplemente exquisita.

PERSONAJES 8/10

Los personajes de Sanatio, al igual que la ambientación, responden fielmente a lo que se esperaría en una sociedad como la de la Roma precristiana. Lola enfatiza mucho las malinterpretaciones y las relaciones conflictivas entre ellos, dotando a la interacción de una dimensión muy psicológica aunque, a veces (he de admitirlo), con más credibilidad que otras. Claro que hemos de tener en cuenta en todo momento que estamos ante gentes cuyas mentes, culturalmente muy distanciadas, nadie llegará nunca a entender por completo. Como punto negativo, cabe mencionar que a veces parece que se introduce un número excesivo de personajes, de manera que muchos quedan algo desdibujados y/o no tienen apenas relevancia en la trama aunque el lector pueda esperarse lo contrario (por ejemplo, Magón, que en cierto momento se hace amigo de la protagonista).


RITMO / DURACIÓN (9/10)

Sanatio es un "tochaco", sin duda, con sus 740 páginas. Viendo tal número, cabría esperar que este no es uno de esos libros que se podría leer de un tirón... pero, si tienes todo un día libre y te apetece, adelante, porque seguramente te motives para terminarlo. Su único punto débil es que, tras las primeras 30 páginas aproximadamente, llega un momento en que la trama política se empieza a desarrollar de forma muy densa, presentando mucha información y con muy escasa acción, lo cual puede ser peligroso a la hora de consolidar el "enganche" del lector, pero una vez superada esa pequeña parte, todo va como la seda, con continuos momentos de tensión, penurias y alegrías, y misterios y sus resoluciones. Como dato, puedo decir que me encontraba las últimas cien páginas de este libro en el momento en que, por primera vez en mi vida (y voy cada día en tren desde hace años, leyendo libros en el proceso), me salté mi parada sin darme cuenta de absolutamente nada, y tuve que volver a coger otro tren para volver.

NOTA GLOBAL (no necesariamente una media de las anteriores): 9/10

Mi conclusión es clara: Sanatio es una obra magnífica, exquisita, sorprendente. Su autora, mediante un estilo sencillo y accesible equiparable a cualquier profesional de los best seller, nos introduce en una historia que, tal vez, a priori no llama mucho la atención; pero, si nos adentramos en ella, con sus misterios y enredos, sus personajes de lo más intrigantes y su ambientación rica y de la cual vamos también a aprender mucho (lo cual me recordó a las novelas de Noah Gordon), descubriremos que es toda una joya. Muy recomendable.

viernes, 14 de octubre de 2011

SANATIO. Capítulo II (cont.) Hispalis

Relación de Capítulos publicados hasta ahora con sus enlaces en la barra lateral del blog
El desembarco en el puerto de Hispalis se llevó a cabo sin ningún tipo de incidente. Los caballos enfermos seguían algo débiles pero se recuperarían. Urso debió salir sin que Marco Galerio lo viera. Esa mañana, al alba, habían intercambiado unas pocas palabras. El esclavo le indicó que la mujer seguía viva, aunque su situación no había cambiado prácticamente; le aseguró que se ocuparía de su traslado y que la acomodaría en la casa de Galerio. Urso se perdió nuevamente en las profundidades del barco e instantes después Marco apenas recordaba la conversación, enfrascado como estaba en la supervisión de los caballos y su desembarco. 
El campamento permanente de la Legión XXX se encontraba en la zona norte, cercano al río Betis. Marco Galerio y sus hombres debían, por tanto, rodear parte de la ciudad para llegar a su destino, porque estaba prohibido transitar a caballo o mediante otro tipo de montura por sus calles. Esto no supondría mayor problema dado que el legado de su campamento, a través del praefectus castrorum, había enviado a varios auxiliares, caballistas expertos, que se ocuparían de tan engorrosa tarea.

      Marco Galerio se entretuvo casi una hora en las oficinas del puerto resolviendo ciertas tareas administrativas mientras tomaba un sencillo refrigerio, compuesto por un poco de pan, aceitunas y vino, acompañado por el capitán de la nave que los había transportado y por el funcionario encargado del puerto. El refrigerio consiguió devolver a su cuerpo las fuerzas, pero no ayudó a que su mente recobrara el sosiego. Quizá necesitaría muchos vasos de vino para que pudiera dejar de pensar y de darle vueltas a sus necios presentimientos. Por supuesto, la vuelta a la rutina del campamento sería el bálsamo más idóneo para que se le pasaran sus angustias y se liberara de la losa de sospechas que las palabras del duunviro Naevio Balbo habían cargado sobre sus hombros.

      Terminó sus gestiones y salió de las oficinas. Emilio Paullo y sus hombres le esperaban con su caballo ya listo. Los auxiliares del campamento se habían ocupado de hacerles traer a cada uno de ellos su montura habitual. Los nuevos caballos, de exquisita y escogida raza, sin duda magníficos, irían destinados al legado, al tribuno laticlavio y a los cinco tribunos angusticlavios de su legión; él, como tribuno de la caballería, precisaba una montura no sólo rápida, sino fuerte y resistente, requisitos que los animales que había traído de Gades no cumplían. La mañana había amanecido cubierta de un manto grisáceo de nubes y un frío húmedo que calaba los huesos hasta llegar a doler. Miró al cielo: por lo menos no llovía. Galerio se ajustó el manto, se colocó el yelmo y tomó las riendas que uno de sus legionarios le alargaba. Se disponía a montar cuando una voz le detuvo.

      —¡Marco Galerio Celer! ¡Qué casualidad!

      Marco se giró sorprendido al reconocer la estruendosa voz. Conteniendo su alegría hizo un gesto a sus hombres, mientras les indicaba que se adelantaran sin él. Un mudo asentimiento conjunto de sus hombres, el saludo de rigor y los soldados salieron a un trote ligero en sus monturas, alejándose del arenal del puerto.

      Un hombre de cerca de cuarenta años, un palmo más bajo que él y de cabello castaño claro, casi rojizo, se acercaba sonriendo de oreja a oreja a Marco. Iba vestido con una túnica sencilla de color verde claro y manto de color crudo, ropas de civil aunque el calzado que portaba era igual que el suyo, unas calcei del ejército. Marco Galerio le devolvió la sonrisa. Se alegraba de verlo aunque su ceño se frunció levemente ante la sorpresa de encontrarlo justo donde no esperaba.

      —¡Cayo Ulpio, qué sorpresa verte aquí! Te hacía en la Narbonense.

      Se dieron un discreto y breve abrazo y seguidamente se tomaron por las muñecas con ímpetu, sin perder ni por un instante sus respectivas sonrisas de alegría.

      —Llegué la pasada noche. Vengo de Roma, pero desembarqué en Carteia y me he tomado unos días hasta llegar.

      Los ojos verdes, casi azules, de Ulpio brillaban contenidos. Marco lo conocía de sobra y sabía qué suponía cuando le miraba de esa manera, pero estaba muy contento de volver a verlo y prefería no hacer más conjeturas.

      —Por supuesto no estás de visita.

      Ulpio rió a carcajadas.

      —Por supuesto, Marco, por supuesto que no.

      —¿Has sido destinado aquí?

      —Esta zona está costando un poco más de esfuerzo del esperado para su control —Marco asintió—. Desde que Octaviano se hizo cargo de Hispania no ha perdido la esperanza de llegar a dominar todo su territorio, por lo que está reforzando las legiones que tiene destacadas y no descarta reclutar alguna nueva para hacerla llegar a estas tierras. Como hablo algunas lenguas de los indígenas y chapurreo otras pues era el hombre indicado para venir aquí e incorporarme. Vengo a tu legión.

      Galerio palmeó los hombros de su amigo y lo zarandeó con cariño mientras reía lleno de satisfacción.

      —¡Ulpio, como en los viejos tiempos!

      —Claro, con unos cuantos años más y con el cuero roto por varios sitios nuevos —apuntó socarrón, Ulpio.

      Ambos, casi de la misma edad, se habían alistado en la legión al mismo tiempo. Hicieron juntos la instrucción y su primer destino fue Hispania, en las tropas del ya mítico Julio César, al que los eruditos e historiadores equiparaban con el mejor general de todos los tiempos, Alejandro Magno. Posteriormente su legión fue destinada en la Galia, hasta el inicio de la guerra civil contra el gran Pompeyo, en que fueron trasladados nuevamente a Hispania, a la Citerior, primero y a la Ulterior, más tarde. La guerra finalizó en el 708 AVC y, un par de años después, su legión fue disuelta; entonces ambos fueron destinados a distintos destacamentos. Ninguno de los dos se planteó jamás volver a la vida civil y medrar en política, lo que hacían casi todos los que estaban en su misma posición social. La condición de aristócrata de Cayo Ulpio le había permitido ascender algo más deprisa que Marco, aunque era dos años menor, y por ello, se incorporaba al destacamento de Hispalis con el grado de tribuno angusticlavio, un escalón por encima del tribuno sexmenstris de caballería, cargo que detentaba Marco Galerio. El mando de dos cohortes de legionarios de infantería era un grado más en la jerarquía militar, en el cual la caballería tenía la condición casi como de un cuerpo auxiliar.

      —Llegué la pasada noche pero no debo presentarme hasta hoy, por lo que he decidido abrir mi casa e irme instalando, que los inviernos por aquí son peores de lo que podrían hacer pensar sus calurosos estíos.

      —Me alegro mucho de tenerte por aquí cerca, amigo —dijo Galerio.

      Marco, aún sonriente, tomó las riendas de su caballo y Ulpio entendió al instante.

      —Ambos tenemos cosas que hacer y tú estás de servicio.

      —Yo también acabo de llegar de viaje, de Gades, y aún debo presentarme ante el legado. Nos vemos allí.

      Se tomaron nuevamente de las muñecas. Marco Galerio se subió a su montura y, tras dirigir un mudo saludo a su amigo, partió con un trote ligero.

      Ulpio vio alejarse a su amigo con gesto grave. Sí, muchas cosas habían sucedido en todos esos años. Aún recordaba el día en que se separaron por última vez. Hoy las apariencias indicaban que todo había quedado atrás, que el dolor estaba enterrado. Se giró y se dirigió hacia donde se encontraba su esclavo, Chiprio. En cuatro años él no había conseguido cerrar la herida que le corroía las entrañas. Esperaba que Marco Galerio hubiera tenido más éxito.



Tito Fabio Buteo, legado propretor de la Legión XXX, había sido siempre conocido como Craso, dado el exceso de peso que había arrastrado desde su más tierna infancia. Nadie le había retirado el apodo más de quince años después de su primer destino, cuando su aspecto era ya huesudo más que musculoso, aunque su fuerza no tenía nada que envidiar a la de otros hombres de más envergadura. Procedente de una familia del orden ecuestre, había luchado en la guerra en el bando cesariano, pero no había estado destinado en Hispania, sino en el frente oriental, combatiendo contra las tropas que dirigía personalmente Pompeyo Magno. Seguidamente, estuvo destinado en Egipto junto a Julio César. Llevaba en la Península dos años, el tiempo que hacía que Octaviano se había repartido el poder con Marco Antonio, reservándose el poder de las provincias hispanas, descartando a Emilio Lépido de cualquier acuerdo con los otros dos triunviros y dejándole apenas las sobras en el reparto territorial. El cargo de Fabio Buteo había sido respetado por Octaviano y era de los pocos legados que habían llegado a este puesto escalando en la jerarquía y no nombrados directamente entre la clase senatorial, como se estaba llevando a cabo en los tres últimos años. Eso le llenaba especialmente de orgullo, dado que suponía que las altas jerarquías de Roma reconocían la fidelidad y el respeto que recibía de sus tropas por una carrera llena de triunfos y valor.

      Sentado en una cómoda silla de piel y sobre unos cálidos cojines, el aspecto de Fabio Buteo era más regio que castrense y así lo reflejaba la decoración de su habitáculo en la que abundaban los enseres dirigidos a facilitar la vida cotidiana. Observaba con ojos de halcón a Marco Galerio al que había enviado a Gades a una misión mucho más importante que el intrascendental traslado a Hispalis de una recua de caballos mauritanos. La amistad personal del tribuno de caballería con uno de los duunviros de la ciudad, el mejor relacionado de la zona, hacía imprescindible que se entrevistara con él con el objeto de recabar parte de la valiosa información que los espías, que Lucio Naevio Balbo tenía repartidos a ambos lados del Estrecho, le iban suministrando con regular frecuencia. Las dificultades por las que atravesaba el gobierno de Roma afectaban el devenir político y militar de todas y cada una de sus provincias y, desde los seis años que habían transcurrido tras el reciente conflicto civil, Hispania, como territorio de gran trascendencia económica y estratégica, había alcanzado un papel de suma importancia política que ninguna de las otras provincias que orbitaban alrededor de la metrópoli había alcanzado aún; incluso, su grado de romanización estaba a tales niveles que sus ciudades más grandes e importantes la hacían casi tan romana como la propia Roma.

      En la residencia del legado, aparte de éste y Marco Galerio, sólo había otras dos personas de la más absoluta confianza y fidelidad hacia su persona: uno de los duunviros de Hispalis, Lucio Horatio Victor y uno de los tribunos angusticlavios a las órdenes de Fabio Buteo, concretamente el de más edad, Mario Atilio Varo, cuñado del legado y su mejor amigo, tras haberle salvado la vida cargándolo en sus hombros al ser herido en una emboscada; lo rescató y caminó unas diez millas con él, a cuestas, hasta que le pudo facilitar ayuda de un médico, en el transcurso de la batalla de Farsalia. Desde entonces, formaba parte de su cuadro de mando y le era absolutamente fiel. Los otros altos cargos de la legión, es decir, el prefecto del campamento, el primus pilus o primipilo[1], el tribuno laticlavio y los otros tres tribunos angusticlavios no estaban convocados ni conocían tal reunión. Los dos primeros, Cneo Decio Aquila y Decimo Junio Silano, estaban ausentes, en una misión de exploración en tierras del Algarve y organizando la inminente llegada del Gobernador, respectivamente. El último tribuno, Sexto Poncio Silano, no estaba porque sencillamente no era de la confianza del legado y no había sido avisado. Se podía considerar ésta una reunión oficiosa y la información que Marco Galerio debía transmitir en el transcurso de la misma, confidencial y, como tal, de suma importancia. No era una actitud muy ortodoxa, cierto, pero Fabio Buteo entendía que la seguridad primaba por encima de todo.

      Fabio Buteo comía uvas y los otros dos bebían vino sentados alrededor de la mesa de los mapas, mientras Marco Galerio permanecía de pie frente a ellos; algún observador externo podría entender desde fuera que se trataba de una reunión casi informal. Un esclavo le ofreció vino, pero él lo rechazó con un escueto gesto. Al legado no le gustaba que los oficiales de menor rango, como era su caso, se sintieran cómodos en su tienda y Marco sabía que, aunque se lo ofrecieran por cortesía, debía rechazarlo. Estaba de servicio y cuando se estaba de servicio ni se bebía ni se comía; por supuesto, él no formaba parte de la reunión de amigos de Buteo.

      —El rey Bogud de Mauritania no se molesta en ocultar su predi- lección por Marco Antonio —Fabio comía y hablaba con la boca llena ignorando la presencia de Marco—. Todos sabemos los teje- manejes que el hermano del noble Marco, Lucio Antonio, se llevó con los colaboradores de Bogud hace dos años para que atacase la Ulterior y a nuestro querido amigo Carrinas, gobernador de Hispania por esos días, para acabar con los intereses de Octaviano en esta provincia.

      Todos asintieron excepto Marco Galerio que permanecía en pie, con las piernas algo separadas, las manos a la espalda y la mirada fija en algún punto del techo de la tienda. Mientras no se dirigieran directamente a él no debía mediar palabra en la conversación. Tenía mucha sed y se le pegaba la lengua al paladar cada vez que escuchaba cómo alguno de los presentes daba un sorbo de su copa.

      —Lucio Naevio tiene destacados varios espías, speculatoris, a ambos lados del Estrecho —dijo Horatio Victor.

      Silencio.

      Marco Galerio bajó la vista del techo y se encontró a los tres hombres mirándolo fijamente. El legado le hizo un gesto con una mano llena de uvas invitándolo a tomar la palabra. Le fastidiaba enormemente esa actitud por parte de sus superiores que lo transformaba de un plumazo en un simple legionario en lugar de en un tribuno. Sin duda su procedencia de una aristocracia rural, menor en relación a los que procedían de la ciudad y del senado, le producía un enorme malestar. Sin ir más lejos a Atilio Varo no le había hecho gracia el ascenso de Marco Galerio, pero las órdenes habían procedido directamente de Roma y ante eso no existía réplica posible. Las lenguas malintencionadas hablaban de que Marcelo había tenido mucho que ver en ello y que su ascenso había sido fruto de una recomendación. Eso no era en sí nada malo ni vergonzante, de hecho era algo bastante común y un recurso al cual muchos no dudaban en hacer uso para facilitar un cursus honorum más brillante, pero a Marco Galerio le avinagraba la sangre que pocos recordaran que sus hombres, sus jinetes, y dos cohortes, las del desaparecido Cn. Claudio Dento, tribuno angusticlavio, le aclamaran tras la batalla que les había enfrentado a indígenas lusitanos la primavera pasada, al norte de Olisipo, en la que él había puesto su vida al filo de una daga por salvar y proteger el avance de los legionarios a pie y de los auxilia.

      Tomó aire procurando que la indignación que le abrasaba por dentro no se evidenciara por el temblor de su voz. Evitó la mirada de Atilio y la fijó en Fabio Buteo el cual, aunque como persona podía llegar a ser un autentico engreído, como soldado y como estratega era de los mejores y un general justo.

      —El duunviro Lucio Naevio Balbo dispone de varios speculatoris infiltrados entre las tropas de ambos soberanos de Mauritania, los hermanos Bogud y Boco II. Las noticias que llegan indican que, efectivamente, Bogud está reforzando su ejército y su armamento, alistando hombres en las fronteras y disponiendo naves rápidas y de transporte en diversos puertos.

      —¿La disposición nos indica desde dónde se puede producir el ataque? —Fabio masticaba a dos carrillos y al hablar se le escapó un poco de jugo de frutas por las comisuras hacia su barbilla—. Qué nos dicen sus hombres a este respecto.

      —No existen datos suficientes para asegurarlo, pero no sería descabellado considerar que se buscará la ruta más rápida. Naevio cree que elegirá una plaza en nuestras costas que le permita desembarcar con facilidad y rapidez y ésta podría ser Onubo, Carteia[2]

      —Y de Boco, ¿qué podemos esperar de él? —Atilio Varo miraba el fondo de su vaso.

      —El rey Boco está deseando unificar nuevamente el reino, tal como lo tuvo su padre, y por ello prefiere apoyar al triunviro a quien considera que va a resultar más beneficiado en la política de Roma…

      Marco supo que su comentario había sido un error, justo en el momento en que empezó a hablar.

      —¿Y quien considera Boco que va a resultar vencedor? —Atilio seguía sin mirarle directamente a la cara.

      Marco Galerio guardó silencio. La prudencia era un arma de la que se valía en las situaciones más embarazosas, cuando una respuesta podía estar cargada del más ponzoñoso de los venenos; era una de las pocas cosas que su padre había podido enseñarle en los escasos años que pudo estar junto a él, eso y manejar la gladius con mortífera habilidad. Hispania estaba a cargo de Octaviano y éste jugaba muy bien sus bazas, resultado de las cuales ganaba terreno en el control de las diversas provincias dominadas por Roma, pero si en un futuro los dioses ya no le sonreían y Fortuna dejaba de acariciarle el corazón…

      —En la guerra civil Boco apoyó a Pompeyo y Bogud a Julio César  —Marco se sorprendió de la firmeza de su propia voz—. En la situación actual Boco ha modificado su criterio dado que apoya al sucesor legal del dictator, que no es otro que Octaviano, su sobrino e hijo adoptivo. Según los espías de Naevio, ambos han cambiado de bando y las intenciones beligerantes de Bogud están justificadas por su deseo de apartar a su hermano del trono y adueñarse de todo el territorio mauritano. Y éste confía en que Marco Antonio cumpla sus expectativas. Ambos soberanos reniegan del reparto que en su día el padre de ambos, Boco I, hizo del reino mauritano. Ambos buscan el apoyo que creen más adecuado para hacerse con el territorio del otro.

      Marco miró fijamente a Atilio Varo. Éste, que seguía absorto en su bebida, levantó la vista y le dirigió una socarrona mirada que el tribuno interpretó como de satisfacción. Sin poder explicar por qué, tuvo la sensación de que había pasado con éxito algún tipo de prueba. Ya no tuvo ninguna duda cuando el legado y el duunviro le miraron a su vez con idéntico gesto en sus sonrientes semblantes.

      El duunviro de Hispalis, Horatio Víctor, dejó su vaso en la mesa con gesto nuevamente grave y miró a Fabio Buteo. Dijo:

      —Estimado legado, no pongo en duda la información que nos proporcionan los speculatoris del noble Naevio Balbo. Pero si no me equivoco, algo similar se supo cuando Lucio Antonio, hermano de Marco Antonio, instigó desde su puesto de cónsul a Bogud para que dos años atrás atacara esta provincia y al final no pasó nada.

      —Cierto, cierto, Horatio, pero es que dos años atrás Bogud no tenía los recursos que tiene hoy. No pierde la esperanza de que su ataque le traerá el apoyo del bando de los Antonios y que ello le proporcionará el apoyo militar y político necesario para controlar todo el país mauritano y echar de una vez a su hermano —Fabio suspiró con hastío—. Esta vez creo que el ataque sí se va a llevar a cabo. Los indicios así lo muestran y por ello debemos estar preparados.

      —¿Qué haremos con nuestras tropas? —Atilio Varo se puso en pie—. No es descabellado pensar que, si entre los mauritanos hay espías nuestros recabando información, en nuestras tierras pasará algo similar —hizo un gesto con los brazos, abarcando nada en particular—. Seguro que algunos de los que nos rodean les venden información a ellos.

      —Haremos como que no pasa nada y cuando llegue el gober- nador que él decida lo que se puede hacer. Es su responsabilidad —dijo Fabio Buteo.

      —Creo que cuando afirmas que alguien les está vendiendo información, Atilio, estás pensando en alguien en concreto –Horatio se levantó y se acercó a Fabio, que asintió en silencio.

      Atilio Varo se quedó con la palabra varada en sus labios. Dudaba si contar o no sus sospechas. Marco Galerio se dio cuenta de que le echaba un vistazo de reojo, mostrando recelo, antes de mirar abiertamente a Fabio y a Horatio y sintió que ya no podía contener más la furia, la indignación. ¡Era el colmo! Ni siquiera Hércules habría soportado más pruebas. Estaba harto de que se dudara de él por una u otra razón y sabía que ello estaba motivado por su relación personal con el cuestor Marcelo.

       Galerio se cuadró y colocó su brazo derecho sobre el pecho al tiempo que miraba al frente.

      —Legado, con tu permiso, debo atender mis obligaciones…

      —¡Tribuno sexmenstris Marco Galerio Celer, sólo yo te diré cuando debes abandonar esta reunión y cuales son tus obligaciones! —la voz del legado parecía brotar de una roca.

      Marco permaneció en la misma postura mientras respondía:

      —¡Legado! —se golpeó el pecho.

      Atilio Varo volvió a mirar con recelo a Marco que mantuvo la postura sin pestañear. Fabio Buteo se levantó y se acercó a los otros dos con las manos entrelazadas a su espalda. Indiscutiblemente su aspecto flaco, nervudo, podría poner en duda su capacidad y su fuerza; casi se le podría clasificar como de enclenque, salvo cuando uno se cruzaba con sus ojos. Negros, fuertes, amenazadores.

      —Mario Atilio, habla de una vez —el tono de voz de Fabio Buteo volvía a ser grave pero cordial—. Efectivamente por tus palabras se puede pensar con facilidad que sospechas de alguien cercano a nosotros.

      —No me gusta el centurión Aulo Emilio Paullo –tronó ya sin titubear, Atilio.

      El silencio que se hizo en la tienda fue sepulcral. Marco Galerio odió más aún, si eso era posible, al tribuno. Nada en la actitud del centurión Aulo Emilio podía hacer dudar de su fidelidad a Roma y de su buen hacer, según el parecer de Marco. Hacer pasar a un centurión por espía era acusarle de un delito de traición.

      —¿Ha hecho algo que te haga poner en duda su fidelidad a Roma? —el tono de voz de Fabio dejaba bien claro qué grado de jerarquía existía dentro de esa tienda.

      —No, legado –contestó Atilio sin apartar sus ojos de los pozos negros de Fabio.

      —Entonces no entiendo tu acusación.

      —Es familia indirecta del triunviro Emilio Lepido, al cual Octaviano ha arrebatado el control de Hispania y lo ha convertido en poco más que un mequetrefe en el gobierno de Roma, al contar sólo con Marco Antonio y dejarle a él las migajas. La fidelidad familiar muchas veces es antepuesta a la fidelidad a Roma y no creo que sea muy descabellado suponer que el tener entre nuestras filas a alguien tan cercano y directo al triunviro menospreciado pueda ser un riesgo que no deberíamos correr.

      «Eres mezquino, Mario Atilio», pensó con ira contenida Marco Galerio, procurando que su rostro no reflejara sus pensamientos.

      En ese momento un legionario pidió permiso para entrar, al tiempo que saludaba. El legado le hizo un gesto y el soldado se acercó, hablándole tan próximo a su cara y tan bajo que Galerio no escuchó lo que le decía. Fabio asintió en silencio; el legionario lo saludó levantando el brazo e idéntico gesto hizo dirigido a los demás presentes, como superiores suyos, y se marchó.

      El legado se dirigió al duunviro.

      —Lucio Horatio, nuestras obligaciones cotidianas nos reclaman.

      Marco permaneció en la misma posición mientras el duunviro se despedía de sus dos amigos y se marchaba. Fabio volvió a la mesa y sirvió un vaso de vino, se acercó a Marco y se lo tendió. Eran casi de la misma estatura y sus negros ojos le taladraban a la altura misma de los suyos. Marco dudó.

      —Marco Galerio, he de suponer que debes de estar cansado de tu largo viaje y sediento —le tendió el vino, nuevamente—. Bebe y descansa un momento antes de marcharte.

      Marco dudó un instante y tomó la bebida. Le dio un pequeño sorbo y esperó.

      —Acaba de llegar un nuevo tribuno, alguien a quien tú conoces sobradamente —Atilio le miró fijamente mientras se acercaba y se colocaba a un paso de él, junto a Fabio. Marco le sacaba bastante estatura por lo que debía bajar la cabeza para mirarle de frente—.Para nuestra sorpresa nos han enviado a Cayo Ulpio para ocupar el quinto puesto de tribuno angusticlavio.

      En ese momento el soldado de guardia lo anunció. Ulpio entró vestido de uniforme con el yelmo sobre el antebrazo izquierdo, mientras saludaba con el brazo derecho.

      Cuando vio entrar a su amigo Ulpio, Marco Galerio Celer supo que una puerta de su pasado se abría de par en par dejando salir recuerdos que creía definitivamente enterrados.



[1] El primer centurión de la primera cohorte de una legión. Formaba parte del cuadro de mando de la misma.
[2] Las actuales Huelva y Algeciras, en Cádiz, respectivamente.